A la 1:07 de la madrugada del 7 de agosto de 1956, Cali dormía. Cerca de la antigua estación del Ferrocarril del Pacífico quedaban luces encendidas. Entonces la noche se abrió con un estruendo.

Siete camiones que transportaban 1.053 cajas con cerca de 42 toneladas de dinamita habían quedado estacionados en San Nicolás. La detonación afectó decenas de manzanas y alcanzó barrios como El Porvenir, El Hoyo, El Piloto, Jorge Isaacs y Fátima. Las cifras nunca cerraron aquella herida: los registros más prudentes hablan de más de 1300 personas fallecidas y 4000 heridas. Miles de familias amanecieron con la vida dividida en dos: antes y después del estallido.

La explosión no solo devastó el barrio San Nicolás y sus alrededores, sino que afectó profundamente al Cementerio Central. | Foto: El País.

Entre el miedo y las preguntas apareció un joven sacerdote de 31 años. Se llamaba Jesús Alfonso Hurtado Galvis y era capellán del Batallón Pichincha. Salió hacia la zona afectada, acompañó a los equipos de socorro y ayudó a los sobrevivientes. En una ciudad que parecía haber perdido la voz, él decidió convertirse en escucha.

Una luz con voz de radio

El padre Alfonso había nacido en Cali el 5 de septiembre de 1924. Estudió Derecho, fue ordenado sacerdote en 1950 y entendió que su misión no cabía solamente entre los muros de un templo. Visitó enfermos y cárceles, enseñó, escribió y descubrió en la radio un púlpito capaz de llegar a toda la ciudad.

Así nació La Voz del Prójimo, el programa que durante casi cuatro décadas convirtió las ondas radiales en una red de solidaridad. Allí se buscaban empleos, medicamentos, donantes de sangre, alimentos y familiares desaparecidos. Su frase se volvió parte de la memoria sentimental caleña: “Nadie se acuesta en Cali sin escuchar La Voz del Prójimo”. Era una manera de recordar que nadie debía sentirse solo mientras hubiera otro dispuesto a tenderle la mano.

Por eso, al cumplirse setenta años de la tragedia, el Cementerio Central levantará el 7 de agosto una estatua de tres metros en su honor. El monumento no pretende congelarlo en el bronce, sino devolverlo a la conversación de la ciudad: mostrarlo como el sacerdote que, cuando Cali necesitó consuelo, caminó hacia el dolor en lugar de alejarse.

Como declaración propuesta para su aprobación, monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, Arzobispo de Cali, expresó: “Esta estatua no solo busca exaltar la memoria y la labor pastoral del padre Alfonso Hurtado Galvis. Quiere ser un recordatorio permanente de que Cali sabe levantarse de las adversidades y de que, como Iglesia, siempre estaremos dispuestos a servir al prójimo cuando más lo necesite”.

El camposanto que guardó la herida

El Cementerio Central fue protagonista silencioso de aquella madrugada. Instalado oficialmente en su ubicación actual en 1852, es uno de los archivos vivos de Cali. Sus rejas, que antes rodearon la Plaza de Cayzedo, llegaron al camposanto en 1936. Allí reposan ciudadanos y personajes cuyas vidas forman el relato colectivo de la ciudad.

La explosión alcanzó este lugar con una fuerza difícil de imaginar: uno de los motores de los camiones cayó detrás de la iglesia y la destruyó. En el cementerio fueron sepultadas en una fosa común numerosas víctimas que no pudieron ser identificadas. Desde entonces, sus senderos custodian una ausencia compartida, una página que Cali no puede arrancar de su historia.

Pero la ciudad eligió no quedarse detenida. Un año después, en 1957, nació la primera Feria de la Caña de Azúcar, antecedente de la Feria de Cali. La celebración tuvo varios orígenes, pero la memoria popular y los relatos institucionales la reconocen también como un impulso para recuperar el ánimo, reencontrarse y reactivar una ciudad golpeada. Cali no bailó para olvidar: bailó para demostrar que el dolor no tendría la última palabra.

Diez voces para caminar por Cali

Desde este 7 de agosto, los visitantes podrán realizar además un recorrido interactivo por diez personajes que marcaron la historia local. Mediante códigos QR instalados en distintos puntos, cada persona podrá escanear y escuchar relatos narrados en primera persona, como si la memoria saliera a su encuentro entre los jardines.

El padre Alfonso compartirá la ruta con Adolfo Aristizábal, Benito López, Benjamín Martínez, Elisa Eder, Emile Bizot, Fidel Lalinde, Ignacio Palau, Jovita Becerra y Michell Saudhdy. Empresarios, artesanos, comunicadores, soñadores y figuras de la devoción popular contarán cómo ayudaron, desde lugares distintos, a construir la Cali que hoy conocemos.

El proyecto transforma la visita al camposanto en una conversación entre generaciones. Los jóvenes descubrirán que la historia no es una colección de fechas lejanas; los mayores encontrarán voces y recuerdos que acompañaron su vida. Cada código será una pequeña puerta, y detrás de ella habrá una ciudad hablando.

Setenta años después, Cali regresa al Cementerio Central no para vivir otra vez la tragedia, sino para honrar a quienes partieron y agradecer a quienes sirvieron. La estatua del padre Alfonso se levantará como una lámpara sobre la memoria. Y quizá, al terminar el recorrido, cada visitante comprenda que una ciudad se reconstruye con ladrillos, pero también con relatos; que la esperanza necesita voces y manos; y que Cali, aun después de la noche más larga, siempre encuentra una manera de amanecer.