De todos los elementos que identifican la Feria de Cali y a la ciudad, la música tiene lugar de preferencia. Y dentro de esa característica, escoger cuál es el disco que simboliza una celebración dispuesta para compartir alrededor del baile.

La música y el baile son la magia que une a la urbe, la que hace que la gente se sienta en su casa . Es la alegría que identifica a quienes viven en la Sultana del Valle, forma poética de definir la Capital del Departa - mento.

Cuando suena en cualquiera de las más de 100 emisoras que existen o han existido aquí, usted se siente en Cali, un lugar donde a nadie se le niega la posibilidad de discutir sobre qué orquesta suena, acerca de cuál es el intérprete o el pianista o el timbalero o la trompeta o el compositor.

Y a su lado está siempre el baile como expresión de la sensualidad y de fusión cultural. Cuando usted detalla lo que ocurre en una pista, en una caseta, en un concierto, usted ve allí la fusión de todas las culturas e in - fluencias posibles.

Usted ve al Pacífico, se le aparece el Caribe en todas sus expresiones, encuentra al tango argentino, le llegan las imágenes de los pachucos mexicanos de los años 50.

Sume esos dos elementos y podrá apreciar el imaginario que se ha elaborado en esta ciudad desde los inicios de los años 30. Fue entonces cuando la apertura del canal de Panamá y la construcción del ferrocarril del Pacífico, que llegaba a Cali, al Barrio Obrero, frente al cual estaba la estación del tren, conspiraron para convertir a la zona más popular de la ciudad en el laboratorio donde se produjo la amalgama que desde hace sesenta años identifica a la capital de la alegría.

Después, esa feliz combinación se regó por toda la ciudad, transformó a Juanchito, aquel paraje frente a Puerto Mallarino por donde, antes de la aparición del tren, llegaban todas las influencias foráneas.

Entonces el río Cauca, que nos traía los bambucos, las guabinas y uno que otro movimiento de la costa atlántica, fue testigo de lo que significó el disco de 78 revoluciones por minuto para los bailadores de entonces.

Y convirtió a Cali en emblema de la rumba con un toque diferente. El toque original de una comunidad que disfruta de la música en todas sus expresiones, convirtiéndola en danza eterna que expresa originalidad, independencia, alegría, deseo de conquista y atractivo irresistible.

Es por eso que cuando nace la Feria de Cali, la música y su compañero el baile son los primeros invitados. En menos de dos años empezaron a aparecer las casetas, en las cuales se reunían cuatro mil o más personas a bailar hasta que amaneciera. Sitios donde llegaban los artistas, los conjuntos y las orquestas de moda a mostrar lo que tenían y a cautivar a la audiencia en maratones memorables, donde la diversión era la consigna.

Y Cali creó un concurso sin premio y sin jurado, pero con ganadores. En ninguna parte del mundo como aquí se estableció el Disco de la Feria, y sólo aquí eran los ciudadanos del común los que designaban al ganador.

Su voto se originaba a través de su escogencia en el dial de sus radios y
en las explosiones de júbilo que se producían cada que el disco ganador sonaba en las verbenas, en los clubes, en la radio y, cómo no, en las casetas.

Lo curioso es que el disco, aquella pasta negra que tenía carátulas llamativas y hoy está en el recuerdo porque lo reemplazó la tecnología, fue parte fundamental de toda la celebración. Incluso, llevó a polémicas y en ocasiones a decisiones que no fueron compartidas por todos los caleños.

La selección del disco de la Feria no obedece a ningún patrón musical. En sus inicios pudieron ser el Palo Bonito de Lita Nelson, el merecumbé
Quiero Amanecer de Pacho Galán, o el ritmo casi frenético de La Pollera Colorá de Wilson Choperena. Y aconteció que los Corraleros de Majagual hicieran de las suyas con La Banda Borracha y los Sabanales, así como Lizandro Meza se convirtió en estrella a partir de sus discos de Feria en Cali, y del éxito que consiguieron temas como El Polvorete en 1971 y Las Tapas en 1980, auténticas muestras de la picaresca vallenata.

En 1968, la llegada de la banda de Richie Ray y Bobby Cruz fue la irrupción oficial de la Salsa. Pero la música tropical, la que surgió del Caribe colombiano, siguió mandando, debido entre otras razones al empuje de las casas disqueras, que usaban su poder para hacer sonar sus artistas en las emisoras.

Y se escucharon joyas como Mi Cali Bella, de la Billos Caracas Boys, la primera canción dedicada a la ciudad que fue elegida por los bailadores como la más emblemática de la Feria de 1971. Ya a medidados de los años 70, la Salsa empezó a mandar con Piper Pimienta Díaz y Las Caleñas son como las Flores.

Luego, en 1984, irrumpió el mensaje de Jairo Varela y el Grupo Niche con Cali Pachanguero, y en 1986 apareció Juanita Aé, de La Misma Gente. En 1996, Oiga, Mire, Vea, de la Orquesta Guayacán puso la nota, de la mano de Alexis Lozano.

Sin embargo, entreverados en ese dominio de la Salsa que tenía en Cali cinco emisoras 24 horas al día, llegaron La Gota Fria de Carlos Vives en 1993, o La Camisa Negra de Juanes, en el 2012.

Capítulo aparte merecen los discos que mostraron en todo su esplendor la música del Pacífico: La Vamo a Tumbá del Grupo Saboreo en el año 2000, Vos Me debés de Son de Cali en el 2010 y muchos otros.

Aunque, oportuno es reconocerlo, hubo épocas en las cuales algunos declaraban un ganador mientras los bailadores y los radioescuchas re conocían como favorito otro tema.

Es la mejor forma de reconocer el espíritu libre de la ciudad. Es el testimonio del recorrido enorme que ha sido la música bailable en Cali. Puede decirse que en muchas ocasiones las preferencias del público se hicieron sentir en otros temas, demostrando que el matrimonio de la
música y el baile han sido y siguen siendo la esencia de la vida que durante el último siglo se ha ido construyendo en la ciudad.

Es la Capital de la Alegría que respira música, que vive música y que se comunica con la música. Cali es música.