Cuando los bailarines se elevan sobre las puntas al ritmo de la música y cuentan una historia con sus cuerpos, mientras los tutús deslumbran sobre el escenario, el público se enamora del arte, de la danza, del ballet. Saber que el resultado de su trabajo como maestro puede producir esa emoción en los espectadores hace que el pecho de Juan Carlos Peñuela se llene de sentimientos, “algunas veces hasta las lágrimas”.
Peñuela es uno de los bailarines caleños que ha conquistado con su talento algunos de los escenarios más importantes del mundo y que hoy regresa a Cali como parte del grupo de maestros invitados al Festival Internacional de Ballet (FINBA) 2026.
- A través del arte, el FINBA busca levantarse con los caleños y aportar a la reconstrucción de la esperanza. Por eso, este año desarrolla actividades como los talleres de formación pedagógica, artística y social, dirigidos por el maestro argentino Jorge Holovatuck, que brindarán herramientas a artistas de la ciudad para desarrollar posteriormente procesos en sus propias comunidades, en sintonía con el propósito “CALI SE ALZA CON LA DANZA”.
En esa misma línea, este 9 de septiembre, el maestro Earl Mosley presentará en el Manhattan Movement and Arts Center una muestra del trabajo que llevará a Cali en noviembre, en una función que además busca recaudar fondos para apoyar a artistas afectados por el terremoto.
Llevar la danza de un lugar a otro, compartir conocimientos y abrir caminos es, precisamente, parte de una historia que comenzó hace varias décadas en Cali. Es la historia de Juan Carlos Peñuela.
INICIÓ EL SUEÑO
Juan Carlos tenía 12 años cuando llegó a Incolballet. No había soñado con ser bailarín; fueron las circunstancias las que lo llevaron hasta allí. “Una prima le habló a mi mamá de la escuela y, antes de la audición, comenzó a prepararme”. Tenía condiciones naturales para la danza y, cuando le preguntaron si creía que quedaría, respondió con seguridad: “Sí”.
Se graduó en 1986 y durante siete años bailó con el Ballet de Cali, donde interpretó papeles principales y participó en las coreografías de la maestra Gloria Castro.
Pero hubo una experiencia, cuando apenas llevaba dos años en la escuela, que le mostró que detrás de la danza había un mundo que quería conocer. Viajó a Bogotá para participar en la ópera Aida, dirigida por el maestro italiano Hugo de Lara. “Era mi primer vuelo, mi primera vez en un hotel y también la primera vez que salía de Cali para bailar. Fue como descubrir otra vida y yo la quería”, recuerda.
La meta ya estaba fija. Y, sin saberlo, aquel joven comenzó a construir hábitos que décadas después seguirían acompañándolo como maestro. Hace algún tiempo, mientras buscaba unos documentos, encontró unas notas de una clase de pedagogía que había tomado en 1988 con la maestra Alejandra Muñoz. Las había escrito cuando todavía era bailarín y no imaginaba que algún día se dedicaría a enseñar.
En la danza, Peñuela aprendió que nunca se termina de aprender. Hay que mantenerse atento, escuchar y estar dispuesto a absorber nuevos conocimientos.
“Uno tiene que ser como una esponja, estar abierto a todo el conocimiento nuevo. La danza va cambiando, va evolucionando y uno no puede quedarse con lo que aprendió en 1980 y pensar que eso es todo. Hay que seguir tomando clases, hay que aprender de diferentes maestros, hay que estar abierto a todo lo que viene”.
UNA MALETA Y 500 DÓLARES
En 1993, a los 27 años, decidió probar suerte en Estados Unidos. Para un bailarín, comenzar de nuevo a esa edad no era sencillo. Llegó el primero de julio con una maleta y 500 dólares en el bolsillo. El dinero le alcanzó apenas unas semanas. “Después vinieron los sofás de los amigos caleños, las dificultades y hasta algunos días comiendo solo arroz. Pero regresar no estaba entre mis planes. Yo iba a cumplir mis sueños”.
Consiguió una beca en una escuela donde limpiaba los pisos a cambio de tomar clases. Allí descubrió el jazz y la danza contemporánea, dos lenguajes que ampliarían su manera de entender el movimiento. Pero el inglés era otra historia. No sabía una palabra. Suele recordar con gracia una de sus primeras audiciones: “Cuando escuché “go to the corner”, no sabía qué significaba. Así que hice lo más práctico: seguía a los demás”. Hoy dirige en inglés a cientos de estudiantes.
Aquella etapa estuvo llena de dificultades, pero también de oportunidades. Llegaron nuevas compañías, nuevos maestros y escenarios que ampliaron su mundo.
En Dance Theatre of Harlem y posteriormente en Pennsylvania Ballet consolidó una carrera que lo llevó a trabajar con importantes coreógrafos y a explorar distintas formas de entender la danza. Permaneció ocho años en Pennsylvania Ballet, hasta que en 2004, a los 37 años, recibió una noticia que no esperaba: su contrato no sería renovado.
Fue un golpe. Y, como había ocurrido tantas veces, buscó una salida. Llamó a la maestra Gloria Castro, quien siempre ha extendido sus brazos con generosidad para ayudarle a construir su camino. Ella lo invitó a ser parte del Festival y por varios años trabajó durante temporadas en Cali y en Estados Unidos.
Para Peñuela, Gloria Castro representa mucho más que la maestra que acompañó buena parte de su carrera. Ha sido una mujer que ha dedicado su vida a formar bailarines y a abrirles caminos.
“La maestra ha dedicado buena parte de su vida a formar bailarines y a abrirles caminos que antes parecían lejanos”. Él recuerda que el Festival nació precisamente de ese deseo: que los artistas de Cali pudieran conocer otras maneras de hacer danza, compartir con bailarines de otros lugares y nutrirse de lo que estaba pasando en el mundo.
“Gloria quería que nosotros viéramos otras cosas, que pudiéramos compartir escenario con otros bailarines, aprender de ellos y que ellos también vinieran a enseñarnos”.
Después de tantos años, Juan Carlos sigue viendo en ella a una mujer que ha hecho de la danza un proyecto de vida y que continúa buscando oportunidades para los bailarines y para la ciudad.
“Ella ha ayudado a muchísima gente. Yo creo que eso es lo bonito de Gloria, que siempre ha querido que los bailarines tengan oportunidades y que puedan salir adelante y le ha apostado a la ciudad, para que el mundo vea a Cali como un epicentro de danza y del ballet”, cuenta.
Hoy, Peñuela encuentra buena parte de su satisfacción en enseñar. Estudió pedagogía y siente que la vida le dio “el don y los ojos” para identificar aquello que otro bailarín necesita corregir. Lo que más disfruta es ver el resultado: que un bailarín escuche, aplique una indicación, mejore y después salga al escenario.
“Eso para mí es una satisfacción muy grande, porque yo veo que el bailarín está haciendo lo que yo le dije, que está mejorando y después lo veo en el escenario y digo: bueno, como que hice parte del espectáculo, aunque no estaba en escena”.
Su carrera, dice, ha sido una combinación de talento, disciplina, perseverancia y decisión. Hubo momentos en los que pudo haber escogido otro camino, pero siempre tuvo claro lo que quería. También quería que Gloria Castro estuviera orgullosa de él.
Hoy se siente en el lugar que alguna vez imaginó: ser ensayador de una compañía prestigiosa. Y aunque piensa que algún día llegará el momento de bajar el ritmo, enseñar en diferentes escuelas y llevar una vida más tranquila, todavía no se imagina dejando de aprender.
A los jóvenes les habla de perseverancia, disciplina, objetivos y de saber hacia dónde quieren ir. También les recuerda que una corrección no debe recibirse como un fracaso, “porque cuando un profesor te corrige muchas veces no lo hace por mal, es porque ve talento, es una forma de ayudar a otro bailarín a llegar más lejos”.
Quizás por eso, cuando encontró aquellas notas de pedagogía que había escrito en 1988, entendió que algunas cosas empiezan mucho antes de que podamos reconocerlas. En ese momento era un bailarín que apenas construía su camino y que todavía no sabía que algún día estaría al frente de una compañía, enseñando a otros lo que había aprendido.
Hoy, después de recorrer escenarios, ciudades y compañías, de aprender de maestros y de enseñar a nuevas generaciones, Peñuela mira hacia atrás y encuentra una secuencia de decisiones, encuentros y oportunidades que fueron llevando su vida de un lugar a otro. “Todo fue como un camino”.