Mario Andrés Lozada Tezna / El País

En una de las tribunas del Estadio Olímpico Pascual Guerrero, un grupo de aficionados del América de Cali ha convertido cada partido en una declaración de resiliencia. Se desplazan en silla de ruedas, sortean obstáculos urbanos y estructurales, y aún así llegan puntuales para alentar al equipo rojo con una energía que desafía cualquier estereotipo sobre discapacidad y deporte.

En un país donde la infraestructura accesible avanza, pero aún enfrenta importantes retos, asistir a un estadio de fútbol puede implicar una logística compleja. Rampas insuficientes, transporte público limitado y accesos congestionados forman parte del recorrido habitual. Sin embargo, para estos hinchas, la dificultad no eclipsa la motivación. “Venimos por amor al club”, resume uno de ellos mientras acomoda una bandera escarlata sobre sus piernas.

Pasión sin barreras: los hinchas en silla de ruedas que sostienen al América de Cali desde la tribuna. | Foto: Mario Andrés Lozada Tezna / El País

El grupo se organiza con antelación. Coordinan rutas, compran entradas en zonas habilitadas y gestionan acompañamientos cuando es necesario, aunque argumentan que los acompañantes deben comprar boleta, por lo que en muchas ocasiones les toca asistir solos al estadio.

Una vez en la tribuna, la narrativa cambia. Cantan, agitan banderas y siguen cada jugada con intensidad. Cuando el América ataca, se inclinan hacia adelante; cuando defiende, aprietan los puños. El gol se celebra con abrazos y euforia como en cualquier otra grada del estadio. La diferencia no está en la pasión, sino en el trayecto que deben recorrer para ejercerla.

Su presencia tiene una dimensión simbólica. En América Latina, el fútbol es un fenómeno cultural que trasciende lo deportivo: es identidad, memoria y pertenencia. Para este grupo, ocupar un espacio visible en el estadio también es una forma de reivindicación. No buscan trato preferencial, sino condiciones equitativas que les permitan disfrutar del espectáculo con autonomía y seguridad. “No queremos que nos vean como excepción, sino como parte de la hinchada”, explica otra integrante.

En una de las tribunas del Estadio Olímpico Pascual Guerrero, un grupo de aficionados del América de Cali ha convertido cada partido en una declaración de resiliencia | Foto: Mario Andrés Lozada Tezna / El País

En la cancha, el rendimiento del equipo marca el pulso emocional. Pero incluso en temporadas irregulares, la lealtad se mantiene intacta. Cuando el marcador es adverso, las gargantas no paran de cantar y la consigna es clara: apoyar hasta el último minuto.

Al final del encuentro, mientras la multitud se dispersa por las calles de Cali, ellos emprenden el regreso con la misma organización con la que llegaron. El cansancio físico contrasta con la satisfacción colectiva. Han cumplido, una vez más, con el ritual de alentar al equipo que forma parte de su identidad.

En tiempos en que el debate sobre inclusión gana espacio en la agenda pública, este grupo de hinchas ofrece una imagen poderosa: la pasión no entiende de barreras arquitectónicas. Desde sus sillas de ruedas, en una tribuna teñida de rojo, recuerdan que el fútbol —en su esencia más profunda— pertenece a todos.