En su consultorio del barrio Ciudad Jardín, en Cali, la psicóloga clínica y especialista en adicciones Tatiana Valencia lo ha notado con preocupación: cada vez son más los menores de edad que llegan buscando ayuda por una adicción a las apuestas deportivas en línea.
— En algunos casos son muchachos endeudados con gota a gota para apostar durante el Mundial. Solo les cuentan la verdad a sus padres cuando ya los han amenazado de muerte. Conozco una familia que tuvo que vender su casa para salvar la vida de su hijo.
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El video se hizo viral: un ecuatoriano que al parecer apostó sus ahorros a que Alemania no perdía contra Ecuador en el Mundial, fue el único en su país que no celebró el gol de Gonzalo Plata con el que la selección derrotó a los teutones y se clasificó a la segunda ronda. En una plaza, mientras miles de ecuatorianos saltaban, el joven estaba al borde del llanto.
En otro caso, el más extremo, un apostador perdió nueve millones de dólares. Según Bloomberg, sucedió en el partido entre Bélgica y Egipto. La apuesta estaba en la victoria de Bélgica, pero el partido terminó 1-1.
Lo mismo ocurrió con un español que apostó un millón de dólares a que España le ganaba a Cabo Verde, y el juego terminó en tablas. El ‘influenciador’ colombiano Yeferson Cossio, por su parte, ganó una fortuna después de apostar otro millón de dólares a la victoria de Colombia en el debut contra Uzbekistán. Un trozo de las ganancias, anunció, la donará a una fundación de cuidado animal.
El Mundial de 2026 será recordado por los goles de Lionel Messi y Kylian Mbappé, por el gol anulado a Davinson Sánchez frente a Portugal y por las pausas de hidratación que interrumpen el ritmo de los partidos a cambio de millones de dólares en publicidad. Pero también por otra razón: terminó de convertir las apuestas deportivas en un fenómeno masivo.
Solo Flutter, considerada la mayor empresa de apuestas del planeta, calcula que durante las fases definitivas del torneo diez millones de usuarios realizarán 100.000 apuestas por minuto.
Estas plataformas, además, patrocinan ligas, como sucede en Colombia, equipos, aparecen en las transmisiones, inundan las redes sociales y convierten cada partido en una invitación permanente a jugar, lo que puede ser peligroso para muchos.
Kylyan Mbpappe, quien lidera las apuestas por el botín de oro del Mundial, lo dijo: “Muchos de nosotros venimos de barrios donde las apuestas destruyeron a mucha gente”.
Mientras el negocio celebra cifras récord, en los consultorios de psicología comienza a verse el otro lado del fenómeno.
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Fernando —nombre cambiado por petición suya— resume la ludopatía en una frase.
— Es el papá de los vicios.
Hace una pausa y continúa.
- Destruye más familias que el alcohol o las drogas. La diferencia es que aquí la sobredosis no se nota. Si alguien se emborracha o consume drogas, la familia puede darse cuenta. En cambio, un ludópata sigue aparentando que todo está bien mientras por dentro está vuelto mierda, desesperado, pensando cómo pagar las deudas, cómo recuperar lo perdido... y vuelve a apostar. Y vuelve a perder.
Cuando comenzaron las apuestas deportivas en línea, Fernando ya tenía un diagnóstico de ludopatía. Trabajaba como asesor comercial de un banco y pasaba buena parte del día visitando clientes. Entre una cita y otra, terminaba sentado frente a las máquinas de los casinos del centro de Cali.
Las pérdidas fueron creciendo hasta acumular cerca de veinte millones de pesos en tarjetas de crédito, pese a que su salario rondaba los cuatro millones mensuales.
— Empezaron los problemas.
Su familia acudió al rescate con nuevos préstamos bancarios para pagar las deudas. Fernando incluso firmó una solicitud de autoexclusión para que no le permitiera volver a entrar a los casinos. Entregó una fotografía y autorizó que le prohibieran el ingreso. Hasta que aparecieron las apuestas deportivas en línea. Se enganchó a ellas gracias a los bonos de iniciación que obsequian las casas de apuestas; una pequeña cantidad de dinero para hacer la primera ‘polla’. Es el anzuelo en el que caen muchos. Ya no necesitaba desplazarse a ningún casino. Bastaban un celular y conexión a internet.
— Podía estar a las tres de la mañana viendo un partido del fútbol árabe y apostando por equipos que jamás había oído nombrar. Veía unos minutos del partido. Si un equipo estaba dominando, apostaba por ese. En el fútbol colombiano casi nunca jugaba porque es demasiado impredecible. Cualquiera le gana a cualquiera.
Había noches en las que podía ganar cinco millones de pesos en un solo partido. Y había otras en las que los perdía con la misma rapidez. Las tarjetas de crédito terminaron convirtiéndose en una especie de castillo de naipes. Sacaba avances de una para pagar la otra, hasta que la deuda terminó por desbordarlo.
Hoy Fernando habla desde el exterior, donde decidió empezar de nuevo, lejos de los casinos y de las aplicaciones de apuestas. Todavía puede sentarse a jugar cartas con amigos o aceptar una apuesta pequeña, de treinta dólares si acaso. Más de eso no.
— Cuando uno es ludópata pierde el valor del dinero y también del trabajo. ¿Para qué iba a buscar un empleo donde me pagaran cinco millones al mes si en 90 minutos de un partido podía ganar esa misma plata? El problema era que también podía perderla en esos mismos 90 minutos. Recuerdo un partido de Copa Libertadores: aposté por un equipo brasileño que era favorito y terminó empatando. Perdí una cantidad absurda de plata.
Para Tatiana Valencia, una de las principales trampas consiste precisamente en creer que apostar puede convertirse en un proyecto de vida.
— Las apuestas son una actividad recreativa, nada más. El dinero que una persona decide jugar debería asumirse como el costo de un entretenimiento, nunca como una inversión.
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La mayoría de quienes desarrollan ludopatía son hombres.
— Los hombres suelen asumir riesgos con mayor facilidad y apostar cantidades más altas. Pero detrás de la adicción siempre hay algo más profundo que el deseo de ganar dinero rápido —explica Tatiana Valencia.
Para la psicóloga, las apuestas rara vez son el verdadero problema: son el refugio.
— Cuando hablamos de una conducta adictiva, hablamos de una persona que usa esa conducta para afrontar un malestar, aliviar un sufrimiento o, simplemente, volver a sentir emoción. Hay personas que llegan a un punto en el que nada les produce entusiasmo. Apostar genera la expectativa de que algo bueno está por pasar.
Esa expectativa tiene una explicación biológica: cada apuesta activa el sistema de recompensa del cerebro y provoca una descarga de dopamina, el neurotransmisor asociado con el placer y la motivación. Durante unos segundos aparece una sensación de bienestar. El problema comienza cuando el cerebro quiere repetirla una y otra vez.
— Cada vez necesita una descarga mayor. Ahí empieza la dependencia.
En las apuestas deportivas existe un ingrediente adicional que las vuelve muy atractivas: el fútbol. No es lo mismo apostar al resultado de una ruleta que hacerlo por el equipo del que se es hincha desde niño. En el Mundial, el fenómeno se multiplica, se normaliza. En la oficina; la universidad, el grupo de amigos, las reuniones familiares o el restaurante donde proyectan el partido, todos hacen parte de una polla, de una apuesta.
— Un ludópata cuenta que ganó dinero en determinado partido, y enseguida aparecen el primo, el hermano o los amigos queriendo hacer lo mismo. La conducta termina normalizándose y eso hace mucho más difícil que quien tiene un problema logre salir de él – comenta Tatiana.
La publicidad también juega su propio partido, por supuesto. Las plataformas de apuestas aparecen en las vallas de los estadios, en las transmisiones, contratan exfutbolistas, influenciadores y periodistas, convierten cada encuentro deportivo en una invitación permanente a apostar; una aparente oportunidad de ganar plata de forma rápida.
— Todo el tiempo recibimos el mensaje de que apostar hace parte de la experiencia de ver fútbol. Incluso durante las transmisiones, los comentaristas hacen pronósticos o hablan de cuotas. Es una conducta que termina viéndose muy normal – sigue Tatiana.
Pero no toda persona que apuesta desarrolla una adicción. En psicología existe una diferencia entre el “uso” de una determinada sustancia o actividad, y la dependencia.
— Tomarse una cerveza no convierte a alguien en alcohólico. El problema aparece cuando ya no puede dejar de hacerlo. Con las apuestas ocurre lo mismo. Hay quienes juegan de manera ocasional, fijan un presupuesto, aceptan perder y siguen con su vida. Otros empiezan a sentir ansiedad cuando no pueden apostar. Piensan en eso durante el trabajo. Revisan constantemente las aplicaciones. Esperan con desesperación el siguiente partido. Hay quienes realmente quieren dejar de apostar y no pueden. Cuando lo hacen, aparece la abstinencia: ansiedad, desesperación, sensación de que están perdiendo una oportunidad. El cerebro ya aprendió que esa conducta le produce una descarga importante de dopamina y empieza a reclamarla una y otra vez.
La adicción deja entonces de girar alrededor del dinero. Lo que la persona termina persiguiendo es la sensación de bienestar, la emoción transitoria, aunque disponible de nuevo en el siguiente partido.
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Marcela —nombre cambiado— lleva más de diez años apostando. Comenzó cuando era estudiante universitaria y nunca ha sentido que el juego controle su vida.
Es empresaria, hincha del América y acostumbra a apostar durante los partidos importantes: una final de la Champions League, un clásico o, ahora, en el Mundial.
Tiene una regla inquebrantable, explica: nunca apuesta dinero que necesite. Las cifras oscilan entre $ 50.000 y $ 200.000 y, casi siempre, utiliza las ganancias acumuladas de apuestas anteriores.
— La semana pasada estábamos celebrando el cumpleaños de un amigo. Todos somos futboleros y pusimos un videobeam para ver Alemania contra Costa de Marfil. Cuando Costa de Marfil iba ganando 1-0, les propuse apostar $ 50.000 cada uno a que Alemania remontaba. Al final hizo un gol en el minuto 95. Nos ganamos $ 1.100.000 y esa misma noche nos gastamos la plata en un parrandón.
Para ella, las apuestas son una manera de hacer emocionante un partido que, de otro modo, probablemente ni siquiera vería; un ingrediente adicional al fútbol. Como el perro caliente en el cine.
— Una apuesta pequeña le pone adrenalina a un Congo contra Senegal, por ejemplo. Si pierdo, no pasa nada. Si gano, tampoco cambia mi vida. En mi grupo todos entendemos que es un entretenimiento. Hay que tener claro que, al final, la casa siempre tiene más probabilidades de ganar. Nadie se hace millonario apostando.
Ese comportamiento es justamente el que la psicóloga Tatiana Valencia describe como responsable. La diferencia para que apostar no implique desarrollar una adicción está en los límites: definir un presupuesto; una frecuencia; no jugar con la plata destinada al arriendo, al mercado o a las obligaciones familiares.
También aceptar las pérdidas sin intentar recuperarlas de inmediato con una nueva apuesta. Y, sobre todo, entender que ninguna apuesta es una inversión.
—El problema comienza cuando una persona siente que necesita apostar para sentirse bien o cree que recuperará todo lo perdido haciendo una apuesta más. Ese suele ser el inicio de un círculo muy difícil de romper.
En el consultorio de Tatiana, sin embargo, las historias rara vez tienen que ver con una apuesta de $ 50.000. Hace apenas unos días atendió a un hombre que había apostado el patrimonio de su familia. Perdió. No solo desapareció el negocio que había construido durante años, sino que acumulaba una deuda de $300 millones. No sabía cómo decírselo a su esposa.
Para la psicóloga, ese silencio es una de las consecuencias más peligrosas de la ludopatía.
- Muchos hombres crecieron convencidos de que deben resolver solos cualquier problema, proveer a su familia y no mostrar vulnerabilidad. Pedir ayuda les parece una derrota. Por eso esconden las pérdidas. No hablan, se endeudan. Y, cuando sienten que ya no hay salida, algunos llegan incluso a contemplar el suicidio. Muchas personas creen que esa es la única solución, y no lo es. Siempre existe otra salida. El primer paso es reconocer que hay un problema. El segundo es hablarlo y buscar ayuda profesional. Cuando entendemos qué vacío está intentando llenar esa conducta, es posible encontrar otras actividades que también produzcan bienestar, pero sin destruir la vida de quien las practica.
Mientras el Mundial sigue sumando goles y millones de apuestas cada minuto, en los consultorios comienzan a aparecer las historias de un fenómeno peligroso que destruye personas, familias, sin que nos demos cuenta.