Por Luis Guillermo Restrepo
Germán Patiño Ossa (1948-2015) fue un hombre sin protagonismos egoístas que prestó un servicio invaluable. Su huella está en los rincones del Valle por donde pasó su inquieto espíritu de promotor cultural, buscando la razón de ser de una región producto de razas, fusiones y sincretismos que hacen posible la convivencia pacífica.
Su formación fue producto de un amplio viaje por el conocimiento, la geografía, la literatura y la historia. Vivió en Brasil apoyado por su tío Ernesto Patiño y María Thereza Negreiros, una de las grandes pintoras de América, depositaria del espíritu del Amazonas. Ecléctico e irreverente, pasó por la Escuela Naval de Cartagena, montó un bar de salsa en la Cartagena de los años 60 y estudió Antropología en la Universidad de los Andes e Historia en la Universidad del Valle.
Tuvo preferencias políticas a las cuales dedicó una parte de su existencia y le ayudaron a conocer nuestro país. Superó los sectarismos y los dogmas que destruyen la fraternidad e imponen la confrontación estéril de las doctrinas.
Al Valle volvió en los 90, llamado por Germán Villegas Villegas, con quien tuvo una fructífera amistad y comunidad de propósitos.
Una vez Villegas fue elegido Gobernador del Valle en 1995, Patiño se convirtió en promotor de las más diversas iniciativas. Festivales como Bandola en Sevilla, el encuentro nacional de bandas en San Pedro, o el respaldo permanente al festival de danza de Guacarí, así como el apoyo a las casas de cultura en todo el departamento, tuvieron, en el entonces Gerente Cultural y asesor del Gobernador, la mano que los acompañaba en su labor.
Hasta convertir a Cali en el epicentro de las culturas que durante siglos se amalgamaron en el Litoral del Pacífico colombiano, ese mundo que se instaló desde el Urabá hasta el Ecuador, construido por indígenas, blancos y negros libertos, por palenques y poblaciones que crecieron al lado del mar y en el interior de sus selvas, mezclando creencias, religiones, sabidurías y tradiciones.
Ese es el mundo del que se enamoró Patiño, quien encontró parte de su razón de ser en los músicos y las historias que investigó y vivió con pasión. De ello quedan testimonios como el libro ‘Fogón de Negros’, o las tertulias musicales y gastronómicas donde Maura Caldas, en la sevichería Guapi.
El más importante aporte fue el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que denominó así en honor al maquinista del ferrocarril del Pacífico que compuso “Mi Buenaventura”. Su argumento fue sabio cuando le cuestionaron por qué no realizarlo en la ciudad del Pacífico vallecaucano: muchas veces se habían realizado intentos que se desvanecían una vez terminada la fiesta y no trascendía como el escenario que demandaba la cultura de una región y unos pueblos ignorados de Colombia y el mismo Valle del Cauca.
Había que traerlos a Cali y darles el sitio que merecen donde se concentra la mayor población de afroamericanos de Colombia. La capital del suroccidente que, si bien se había rebelado contra el centralismo colombiano abrazando la salsa que venía del Caribe, es ante todo una ciudad con corazón abierto al palpitar de la cultura negra y a su influencia que se vive a diario en las mesas y las costumbres vallecaucanas.
En viajes silenciosos, Patiño se adentró por ríos, esteros o trochas invitando a esos protagonistas inéditos, a venir a Cali. Y lo logró. Así lo hicieron grupos de viejos, de cantaoras, de jóvenes, de orquestas y chirimías que llegaron, algunos después de cinco días en barcos, canoas o buses, para enseñar su vida, su cultura, su alegría.
Y no se dijo más. En 1996, el 9 de agosto y en el Teatro al Aire Libre Los Cristales, Germán Patiño y quienes lo acompañaron iniciaron el Festival Petronio Álvarez, la vitrina donde Colombia y el mundo se enamoraron de ese universo que vive en el Litoral Pacífico, de esas cantaoras, agrupaciones, chirimías, cununos, tamboras, marimbas, violines, alabaos, aguabajos y cuanta expresión hay en la región.
Telepacífico, nuestro canal regional, fue el socio que desde entonces ha hecho posible la divulgación de lo que parecía exótico, la cultura del Chocó, de Nariño, del Patía, del Cauca, del Ecuador, del Brasil, de África, del mundo entero.
Hoy, el Petronio Álvarez arrastra muchedumbres. Todo ello lo hizo posible Germán Patiño Ossa. Él se lo inventó y lo hizo real. Como nos reunió para que Cali tuviera el Gato de Hernando Tejada, la Mariamulata de Enrique Grau y las aves de Ómar Rayo. Esa es la huella de un hombre universal que, sin protagonismos egoístas, vio en la cultura la posibilidad de unir la comunidad vallecaucana, descubrirle sus raíces y darle sentido.