Abrir un libro, perderse entre sus páginas, dejar que la fuerza del amor y la desazón de la tragedia inunden cada espacio del ser, permitirle a la tristeza entrar en el alma y “descorrer el velo tembloroso con que el tiempo oculta a nuestros ojos los parajes encantados de la niñez”. Todo esto y mucho más es lo que sucede cuando nos encontramos y nos dejamos atrapar por las letras del bogotano José María Vargas Vila, quien desde el primer momento logra integrar en sus obras la pasión por la escritura, la ambición por crear una estética bastante particular y una ideología predominantemente liberal y revolucionaria con el dulzor de los amores eternos, la magia que contiene el recuerdo de los días pasados y la añoranza de un consuelo en los tiempos de adversidad.
En esta oportunidad, Panamericana Editorial agrega a su colección Letras latinoamericanas una nueva publicación, en la cual será posible encontrar dos de las más bellas y recordadas creaciones de este escritor, ‘Aura o las violetas’ (1889) y ‘Emma’ (1898). Dos novelas cortas en las cuales se resalta el papel de la mujer en la sociedad de la época, la figura materna y esa intimidad que se esconde en los corazones de los seres que, perdidos en los lejanos juegos de infancia, vieron nacer el cariño, la complicidad y la pasión. Emociones que se encuentran destinadas a perecer en la flor de la juventud y los pétalos de la enfermedad, las mismas que hoy solo pueden ser comprendidas verdaderamente por quienes las han vivido de primera mano y que no pudieron haber sido retratadas de una mejor manera.
‘Aura o las violetas’ es la primera obra publicada de Vargas Vila, la cual fue escrita en los albores del exilio y la censura; una novela narrada en primera persona, que por años estuvo prohibida y que se encuentra profundamente marcada por la ausencia. Hasta el punto de llegar a omitir y mantener en el misterio el nombre de este protagonista que nos narra el amor adolescente existente entre él y su vecina, su cómplice, su amiga de toda la vida, Aura.
Un vínculo tan entrañable y profundo que, a pesar de la distancia que se establece gracias a las obligaciones académicas del joven, logra mantenerse a través de las cartas, el recuerdo y las flores, las mismas que fueron testigo de los días de felicidad y de las sonrisas más sinceras, violetas que a su vez hacen las veces de todas esas palabras que se escapan de las manos y los labios cuando se sabe que se acerca una despedida, pero se guarda en el pecho la esperanza de que no sea definitiva.
Ilusión que, tiempo después, se ve interrumpida por la necesidad y la conveniencia, por una decisión que parece ser la única existente y que les obliga a comenzar a caminar por sendas diferentes, a renunciar a toda voluntad de estar juntos y a dejar que la tristeza de saberse lejanos marque el pasar de las horas y los días. Esta es entonces la historia de dos almas que son forzadas a permitir que el destino los separe, que la muerte, a pesar de encontrarse cargada de revelaciones y arrepentimientos, sea, quizá, la única manera de volver a acompañarse y de forjar este vínculo, con la calidez del último beso y el color de las flores que le vieron nacer, como un lazo que va mucho más allá de lo terrenal, como un amor eterno.
Años después, ‘Emma’ parece no abandonar estos sentimientos, pues en esta novela el autor también deja al descubierto una historia que se mueve entre el cariño más profundo, la pena y la muerte, que sigue impactando por su calidad narrativa y el cuidado que hay en sus palabras, en su sencillez y en esa prosa que no se encuentra muy alejada de los tonos poéticos, de la tristeza o de la melancolía.
Aquí nos encontramos con una de las relaciones más fuertes que existen en la historia, en la vida y en la literatura, nos encontramos con ese cariño sincero que únicamente se puede dar entre quienes no solo comparten lazos sanguíneos y recuerdos de la niñez, sino que también vieron nacer la primavera en sus corazones y alimentaron uno de los afectos más puros y nobles. Quienes en nombre de la distancia, la muerte, la enfermedad y de Dios, también estarán destinados a hacer sacrificios, a saber que ese caminar juntos, que solo debería darse entre risas, abrazos y violetas ya no existirá, que deberán renunciar a despertar cada día con la compañía del otro y hacerse a la idea de que con esa vida que allí acaba nace un amor que va mucho más allá de lo físico, que estará eternamente correspondido, para finalmente verse arrebatado y destinado a no ser.
Emma es entonces la historia de aquel amor de la infancia y de la vida que prevalece ante las adversidades y las desdichas, que se sella con las lágrimas y el adiós que cae ante el cadáver del ser amado, y que se dio entre las miradas y las esperanzas de aquellos que sólo deberían nombrarse como primos, pero siempre se comprendieron como mucho más.
Es así como esta nueva edición de Panamericana Editorial se convierte en la oportunidad perfecta para seguir conociendo a los autores de nuestro país, para mantener vigente, mediante la literatura, a ese revolucionario y maravilloso Varga Vila, a quien tantas veces intentaron borrar de la memoria y catalogar de inmoral. Este libro es la excusa ideal para robarle a la vida los lugares destinados al olvido y la ausencia, para conocer, por medio de las historias de amor, algunos de los problemas de la sociedad de la época y esos particulares conflictos de la iglesia que se dejan entrever en las líneas de estas dos apasionantes y destacadas novelas.
Y es también el momento preciso para seguir encontrando en los rastros que la escritura de José María Vargas Vila ha dejado en el corazón de los lectores, en los rayos de la luz que no muere nunca a pesar de la sombra que hace la ceguera, en el perfil de esos relatos que, pese a su antigüedad, siguen dando motivos para ser leídos, e incluso, en las violetas marchitas que han quedado de los intentos de hacerle caer en el olvido, el ferviente deseo de traer de regreso a las calles de esa Bogotá que le vio nacer, formarse y partir a aquel escritor que fue forzado a hablar y triunfar en medio del destierro.