Se habla de los sueños como única realidad, un axioma de Edgar Allan Poe plasmado en páginas cósmicas y filosóficas, caminos líricos, conocimiento, verdad, lógica, emociones tan ancestrales como el hombre mismo, catacumbas, féretros, paisajes luctuosos, moradas definitivas. Una muestra de ese universo puede leerse en la bellísima edición de ‘Narraciones extraordinarias’, de autoría del gran romántico norteamericano, publicada por Panamericana Editorial. Oscuridad y amor, panteones y psicologías trastornadas, sí, en efecto, los cuentos de Poe son largos sueños, delirantes, brutales, de opio.
Es realmente asombroso dar cuenta de cómo sus descripciones espaciales, sus decoraciones, sus arquitecturas exuberantes estaban solo cimentadas en su exacerbado ingenio, ya que su vida precaria no le dio para la experiencia real con los lugares que describió. Es su imaginación la que nos pone a vivir en los escenarios que nunca habitó. Prodigio de la tinta, de la tinta negra, como debe ser.
Tenía a la muerte leída en el rostro de su amada, por eso se anticipó a escribir en sus cuentos lo que en su corazón ya lamentaba, escritor profético y luminoso. Vivió un duelo desde antes e hizo la catarsis inversa en la escritura. La vio morirse varias veces en la tinta y, sin embargo, en la última, en la real, el dolor le fue superlativo. Al respecto es bueno rememorar a Cortázar cuando dijo: “Virginia murió a fines de enero de 1847. Los amigos recordaban cómo Poe siguió el cortejo envuelto en su vieja capa de cadete, que durante meses había sido el único abrigo de la cama de Virginia. Después de semanas de semiinconsciencia y delirio, volvió a despertar frente a ese mundo en el que ella faltaba. Y su conducta desde entonces fue la del que ha perdido su escudo y ataca, desesperado, para compensar de alguna manera su desnudez, su misteriosa vulnerabilidad”. Yo siempre he querido pensar que se murió de amor, o más triste aún, de la ausencia definitiva de este.
Poe es un escritor de terror: es el mismo lector quien, cual Fortunato, desde su psicología e imaginación va generando, a partir de elementos, alusiones y sobreentendidos, esos miedos, esos clamores de luz, esa necesidad desesperada de vivir ad portas de la muerte que nos va marcando el autor; eso es lo que hace que su literatura sea más honda y profunda, más reveladora y vinculante. El horror es gráfico, digerible, construido desde lo explícito por el que escribe, no por el que lee, he ahí la gran diferencia. El terror es el padre del horror, así este último les parezca a muchos más espeluznante.
Los cuentos de Poe en su gran mayoría nacen de la muerte, ¡oh!, bello oxímoron, y ella, al ser la musa, es paradójicamente también quien le imposibilita amar o seguir amando. El drama del romántico se da en él por la muerte, maravilloso y, no obstante, luctuoso a la vez. El olor del féretro es un olor ya muy evidente, es un aroma de barniz, de flores finales, de color morado, transición al negro definitivo.
Las imágenes que recrea en sus páginas son brutales; en gran parte, los entornos que recrea hieden, se quedan pegados a los dedos como el salitre, se respira la humedad, falta el aire y el lector lo siente, lo huele, lo toca, lo ve, le es perceptible a todos los sentidos. Eso, amarrado a la noche totalizante y fantasmagórica que está generalmente de fondo, nos termina haciendo noctámbulos inconscientemente.
Viajaremos, pues, a castillos de apellidos antiquísimos, a casas desoladas, a puertos precarios, a paisajes ensombrecidos, a locuras de la memoria, a mazmorras medievales, a centros de tortura física y psicológica, rondaremos la Thule, el lugar más recóndito y septentrional del mundo habitado y nos dejaremos llevar por remolinos marinos al centro mismo de lo desconocido y terrible. Sí, estamos frente a un narrador excelso y oscuro, brutal e iridiscente.
La prosa de Poe es poética, nos sumerge en ríos interiores y nos hace vivir y morir en otros espacios de los que es difícil salir ileso. Hace un par de años la editorial Mirada de pájaro publicó el poemario Miscelánea, en el que aporté un poema para este genio y con el que creo que es muy propicio cerrar esta nota luctuosa, pero a la par vital y potente con la que se pretende motivar su lectura. Yo lo llevo en la piel y en la sangre, y así a algunos no les parezca, aquí reina la subjetividad, y tenemos que aceptar que, en materia de literatura contemporánea, todos somos herederos de Poe.
Para no marcharse jamás, sus líneas llegaron una noche de carreteras oscuras, una luna cenicienta trataba de hacerse visible en el tachón plomizo del firmamento, ese negro gris que se nos mete por las yemas de los dedos y empezamos a sentir cómo nos recorre las venas hasta el cerebro. Todo se nubla, y piramos, y los siglos se invierten, y los andenes de las calles nos confunden, y el material de las casas y de los bares ya no es el mismo, y nos sentimos ajenos en un lugar que no obstante empezamos a recordar, y las botellas en las manos, los cigarros encendidos, todo cambiando de marcas, y nos encontramos vestidos de otra manera, la confusión en el encéfalo, jugando cartas en mesas de casino mortuorias, pinchando con sevicia ojos de gatos delatores, desenterrando muertas, coleccionando piececitas dentales impecables, prestándonos la locura entre todos, esperando que la catalepsia se vaya de los cuerpos que adoramos y sintiendo cómo nos morimos proyectando al amor en el abismo, podrida la carne de la amada sobre nuestras rodillas, y después todo perdido, agonizando en camillas de hospitales miserables, extinguiendo para siempre las lucecitas románticas, volviendo a ser nosotros mismos mientras los genitales nos pesan y la muerte se lleva a los que amamos, y se nos va apagando esta mierdita que llevamos por dentro.