Cuando era niña, Ángela Becerra estaba de pie ante un auditorio lleno, en su colegio. Y a causa de los nervios olvidó la poesía que recitaría. Las monjas rieron, quizá de ternura, pero se sintió tan avergonzada que lloró delante de todos.

Esta semana, durante el lanzamiento en Cali de su más reciente novela ‘Algún día, hoy’, regresó al colegio causante de aquella y otras experiencias amargas de la infancia. Su esposo y su hija la alentaron a subir de nuevo al escenario de marras, que ahora parecía tan chico y tan poco intimidante, y Ángela Becerra declamó poesía mientras su familia la aplaudía a rabiar y celebraba su dominio escénico.

Cali, para la escritora hispana más leída del mundo después de Gabriel García Márquez, está llena de recuerdos y añoranzas que se cuelan en sus novelas. Superado el pánico escénico de la infancia, como demostró una vez más en el lanzamiento de su más reciente novela en Cali, esta semana, hablamos con ella.

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¿Qué recuerdos tiene de su infancia y su colegio en Cali?

Los primeros siete años de la existencia cimientan nuestra vida. No me lo creí hasta que ese universo empezó a aparecer en mis novelas.

Mis recuerdos son de color verde, de olor a humedad, cilantro, mazorca asada y sancocho ajeno hirviendo. De cantos de chicharras, bichofués, sapos y grillos. De escuchar y ver fluir el río. De sentir la brisa y ver palmeras, árboles de mango y guaduales bailando el viento. De los colegios tengo recuerdos dulces y amargos. Estudié con monjas durante años que se convirtieron, salvo alguna excepción, en mis pesadillas. Fueron crueles, se burlaban de mí y se ensañaron conmigo porque no entendían ni mi sensibilidad ni mi pobreza.

¿En su más reciente novela ajustó cuentas con la educación de corte religioso que recibió?

No se trataba de ajustar cuentas. Sólo de hacer visible las injusticias que viví y con las que me identifiqué con la protagonista. El tema de las clases sociales se manifestaba de forma fehaciente en las congregaciones religiosas. Era increíble constatar las diferencias y cómo a las pobres se nos castigaba con la burla y el menosprecio, como si fuésemos apestadas.

¿Cómo es ser una escritora latina en Europa?

Siempre he pensado que por encima de las nacionalidades, las razas y los sexos está el ser humano. Nunca he trabajado o escrito pensando en que soy latinoamericana, colombiana o una inmigrante. Si algo he aprendido en la vida es a ser fiel y consecuente conmigo misma y aunque adoro mi país y también a España, amo algo que está por encima de todo y es la vida. Soy una afortunada porque siento la vida a fondo. La carrera… ¿qué significa eso de la carrera? La carrera es no perderse el estar en este mundo, con todas sus luces y sus sombras.

Se casó muy joven, ¿qué reflexiones hace hoy sobre esa decisión?

Tenía 16 años. A esa edad no tienes conciencia de lo que haces. Te mueves por rebeldías y porque crees que eres adulta y tus padres son unos retrógrados. Yo me fui huyendo de una cárcel, la que me impedía ser una adolescente. Mi padre tenía cinco hijas preciosas a las que debía proteger de los “depredadores”.

Me fui, creyendo que el amor era un cuento de hadas y la vida me aterrizó en la cruda realidad. Me equivoqué, pero aquello me enseñó muchísimo y me regaló una hija maravillosa a la que adoro. Maduré a marchas forzadas.

¿Cómo la marcó la maternidad?

Ser madre es sin duda lo más hermoso que me ha sucedido en la vida. Cada día aprendo de mis hijas y ellas aprenden de mí. Hay en ese acto una especie de simbiosis que, cuando les enseñas y aconsejas, en el fondo estás restaurando tus heridas. No deseas que sufran y, si pudieras, volverías a vivir tus calvarios y los suyos para salvarlas. 

Ser la escritora colombiana más leída después de Gabo es un gran mérito y responsabilidad, ¿imaginó que sus historias resonarían de esta manera con sus millones de lectores? 

Escribo porque no puedo no escribir. Para mí es sentir y vivir la vida con todas sus notas musicales. Me he trabajado mucho a nivel interior y ahora no me desvío. Todo lo que hago lo realizo por el placer de caminarlo. El fin es el camino. Jamás imaginé recibir el amor de quienes me leen, pero me hace inmensamente feliz saber que puedo estar unida a seres que no conozco, sólo porque sienten mis novelas.

¿Qué hábitos tiene a la hora de la escritura?

Soy de rituales. Después de caminar 8 kilómetros en medio del bosque —tengo la suerte de vivir en él—, me baño, desayuno y empiezo mi día en mi estudio, en medio de recuerdos que están a punto de tragarme. Me gusta crear una atmósfera especial donde tenga presencia aquello que amo. Las fotos de mis seres queridos acompañan piedras, arenas y hojas de todo el mundo. Vírgenes, sapos y Fridas de colores. Enciendo velas e incienso con aroma a sándalo y, cuando quiero y mi interior lo pide, escucho a Chopin. Son seis horas de inmersión en esa otra vida creada. De nueve de la mañana a tres de la tarde.

¿Cómo nació en usted la pasión por la escritura?

Mi escritura nace de la frustración de no poder vivir la vida que deseaba y de sentirme menos en el mundo. Eso ocurre a muy temprana edad.

Después, cuando leí mi primer cuento ‘Peter y Wendy’ de J. M. Berrie, mi alma cambió. Descubrí que todo era posible por obra y gracia de la fantasía. Empecé a escribir pequeñas historias donde a la protagonista, una pobre niña como yo, le sucedían cosas extraordinarias.

Al estar el escritor expuesto a la mirada de los críticos, siempre habrá escrutinio sobre lo que se espera que escriba una mujer, ¿ha tenido que luchar contra el machismo literario o, en su caso, no ha percibido que se haga diferencia?

Claro que he sentido la discriminación y el azote de los críticos, sobre todo en mi país. Ya sabes el dicho de que nadie es profeta en su tierra… jaja. Hubo uno, que ya murió, que incluso de forma despectiva me llamaba “la ricitos de oro”. ¡Pobre hombre!

¿Cómo conoció a Joaquín, su esposo actual, y cómo compagina su vida familiar con la artística?

Cuando lo conocí yo llevaba cuatro meses separada de mi primer marido y ya no creía en nada de nada. Estaba cerrada al amor. Sólo vivía para mi hija y para sacarla adelante. Pero creo que nada sucede porque sí; eso lo tengo más que comprobado con lo que ha ido sucediendo cada vez que escribo una novela. Las historias por escribir aparecen en el momento justo. Así sucedió con mi actual marido. Lo conocí y supe que era mi destino. Joaquín me ha acompañado en todo y vibra con cada una de mis historias.

En frases

¿Principal rasgo de su carácter?

La tenacidad.

¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

La honestidad.

¿Y en una mujer?

La honestidad.

¿Qué espera de sus amigos?

Que estén.

¿Principal defecto?

El perfeccionismo.

¿Su ocupación favorita?

El ocio pensante.

¿Su ideal de felicidad?

El silencio.

¿Cuál sería su mayor desgracia?

No encontrar salidas a la desgracia.

¿Qué le gustaría ser?

Ángela Becerra.

¿En qué país desearía vivir?

En el país del nunca jamás.

¿Su color favorito?

El blanco, porque en él están todos.

¿La flor que más le gusta?

Por sencilla, la margarita. Por sensual, la orquídea.

¿El pájaro que prefiere?

El águila blanca.

¿Sus autores favoritos en prosa?

Tolstoi, Pessoa, Woolf, Cortázar, Chejov, Coeetze.

¿Sus poetas?

Salinas, Neruda, Juarroz, Pizarnik, Withman, Pessoa.

¿Un héroe de ficción?

El Quijote.

¿Una heroína?

Mi madre.

¿Su compositor favorito?

Mozart.

¿Su pintor preferido?

Modigliani.

¿Su héroe de la vida real?

Los defensores de la libertad.

¿Qué hábito ajeno no soporta?

La falta de palabra.

¿Qué es lo que más detesta?

Los mentirosos con poder.

¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

Hitler, Stalin, Mao, Castro, Trump, Putin, Maduro…

Publicista en fuga

Estudió diseño publicitario y comunicación y hasta 1988 trabajó en agencias de publicidad de Cali y de Bogotá, primero como redactora y años después como directora creativa. Ese mismo año se fue a vivir a Barcelona donde durante 13 años fue vicepresidente creativa de una de las agencias de publicidad más relevantes de España y obtuvo numerosos premios por sus trabajos creativos.

Sin embargo, en abril del 2000, cuando precisamente vivía el climax de su éxito, dejó su carrera publicitaria de dos décadas para dedicarse por completo a la literatura.

Entre los premios que han reconocido la literatura de Becerra figuran el Latino Literary Award 2004, el Premio a Mejor Libro Colombiano de Ficción (2005), el Premio Azorín, el Planeta-Casa de América (2009) y el Premio Fernando Lara de Novela (2019).

La autora caleña asegura que “la escritura siempre fue mi amiga secreta en la que volcaba mis frustraciones y sueños. Como se me daba muy fácil escribir, cuando estaba a punto de acabar mi carrera de comunicación entré a hacer prácticas en una agencia de publicidad. Necesitaban a una redactora, y yo escribía poemas y cuentos. Terminé dentro y finalicé mi carrera con campañas de publicidad aprobadas y con un jefe maravilloso, Edgar Agudelo, que creyó en mí”.

Posterior a esto, cuenta la autora, se convirtió en directora creativa y, luego de siete años de vivir esta experiencia, se radicó en Barcelona como Vicepresidenta Creativa de la primera agencia de publicidad independiente, “liderada por uno de los mejores creativos que hay en España: mi esposo”, recuerda Becerra.

Sobre cómo tomó la decisión de dejar de lado la publicidad para dedicarse de lleno a la escritura, la autora dijo que siempre ha creído que en la vida “nada sucede porque sí “porque sí. La literatura permanecía latente en mi vida a la espera de aflorar. Llegó un momento en que la publicidad, a la que debo mucho, empezó a hacerme daño. Estaba en un mundo de estrés y lucha continua que no correspondía a mi forma de ser. Yo soy una persona tranquila, silenciosa y pacífica, y me veía obligada a mandar e impostar una posición rígida y hostil para que me respetaran. Así que volvió a aparecer esa ventana de palabras, donde la imaginación era la reina, que para mí era libertad”.

Su relación con sus lectores, dice, logra funcionar muy bien porque tiene la plena consciencia de que “una novela no está acabada hasta que el lector no la abre.

Ese instante mágico no tiene precio. Es como si, al hacerlo, ellos activaran un mecanismo mágico que permitiera que escaparan de él las letras contenidas, con toda su música. En ese momento escritor y lector empiezan a bailar”.

Becerra confiesa que no cree que nada está hecho porque sí, y esa es una de las enseñanzas que le dejan el día a día. “Tus palabras, que llevan reflexiones y vienen de no sabes dónde, a veces tienen el poder de restaurar vidas. Eso no tiene precio. Yo solo sé que narro desde el alma y ella ha vivido mucho”.

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En sus palabras

¿Un hecho de armas que admire? Ninguno.

“Nada a la fuerza”.

¿Qué don de la naturaleza desearía poseer?

Volar.

¿Cómo le gustaría morir?

Soñando.

¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Cielo despejado, temperatura en ascenso, mar en calma.

¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

Las equivocaciones sin premeditación ni alevosía.

¿Tiene un lema?

“Aquí y ahora”.

'Algún día, hoy'

Mucho antes de que el mundo hablara de las reivindicaciones del feminismo, o del movimiento #metoo que visibilizó por ejemplo el abuso y el acoso sexual contra las mujeres en los entornos laborales, una colombiana se levantó contra las terribles condiciones que una famosa fábrica textil de Bello, Antioquia, imponía a sus empleadas, o habría que decir a sus “esclavas” modernas, en los años 20.

En esta fábrica, como en tantas otras en Colombia por aquellos tiempos, las obreras eran sometidas a un lavado cerebral religioso que las orientaba hacia la sumisión y la obediencia callada, sumado a un entorno laboral no regulado que abusaba de las horas de trabajo.

La novela describe la desproporción del pago entre hombres y mujeres para el mismo oficio, el salario de miseria, el confinamiento, los castigos físicos, el abuso sexual por parte de los capataces, y la amenaza de despido para las mujeres que no aceptaran los deseos de sus superiores jerárquicos, además de los embarazos no deseados que se daban por esta razón, y que luego hacía que estas mujeres fueran despedidas y condenadas a trabajar como prostitutas para poder sostener al hijo fruto de su propia violación.

Indignantes condiciones como estas, históricas, rastreables, hicieron que la escritora caleña Ángela Becerra decidiera escribir ‘Algún día, hoy’, sobre la primera líder sindical que tuvo Colombia, y una de las pioneras de América, Betsabé Espinal.

Durante el lanzamiento de la novela en la Librería Nacional del Oeste, Becerra explicó que le donó a Betsabé mucho de su propia historia, de su infancia, de su adolescencia en Cali, para convertir a esta líder de los años 20 en un personaje muy real, tridimensional y complejo. Su historia ya no quedará en el anonimato, o en el conocimiento de unos cuantos estudiosos.

Becerra aborda en la novela otros espacios de confinamiento de la mujer en los años 20, el manicomio, el monasterio, la casa y las labores del hogar, la fábrica que en lugar de dignidad entregaba esclavitud. Su novela proclama: la mujer ahora tiene la palabra.

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