Carlos Andrés Castro y Lorenza Ramírez Salgado llegaron a Pereira con la intención de viajar a Bogotá para asistir a una ceremonia académica; dos meses después siguen separados por las secuelas del terremoto que el 10 de agosto sacudió la ciudad y provocó el colapso parcial del techo del aeropuerto Matecaña y en Noticias Caracol tuvieron una conmovedora charla.

Lo que debía ser un viaje corto se convirtió en una emergencia que dejó a la pareja, con 16 años de matrimonio y tres hijos, enfrentando procesos de recuperación distintos y la espera de un reencuentro que hoy es su principal objetivo.

La pareja se encontraba en la sala 3 de la terminal cuando el movimiento sísmico de magnitud 7,4 comenzó. Según el relato de Lorenza, al sentir el temblor intentó protegerse debajo de una silla y luego sujetarse de una columna cuando los vidrios estallaron.

En esos segundos críticos notó que parte de la estructura del techo se desprendía y, al tirar de su esposo para alejarlo, ambos fueron golpeados por los elementos que cayeron. Carlos Andrés, quien reconoce que el miedo lo paralizó en los primeros instantes, atribuye a la reacción de su esposa el hecho de seguir con vida: “Gracias a ella me salvó la vida”, dijo desde la unidad de cuidados intensivos donde permanece hospitalizado.

Las lesiones que sufrieron son de distinta gravedad y han marcado la forma en que transcurren sus días. Carlos Andrés, de 50 años y profesional en ingeniería industrial, ha pasado por varias intervenciones quirúrgicas y presenta afectaciones en el hígado, fracturas y heridas en el lado derecho del cuerpo, una lesión en el tórax, fractura de columna y una intervención pendiente en la cadera.

Desde la UCI, el hombre expresa su deseo de salir del hospital para volver a casa y reencontrarse con Lorenza y sus hijos, aunque reconoce que por ahora no puede hacerlo: “Si por mí fuera, me paraba de aquí, me iba para la casa, a ver a Lorenza y a ver a mis hijos, pero no puedo”.

Lorenza, por su parte, continúa la recuperación en su vivienda bajo hospitalización domiciliaria. Las secuelas le impiden caminar con normalidad y los médicos le han indicado que el proceso de rehabilitación podría extenderse hasta un año.

Aeropuerto Internacional Matecaña, Pereira. | Foto: NO

Ella, sin embargo, se ha fijado una meta más ambiciosa: en seis meses quiere estar lo suficientemente recuperada como para sentarse en una silla de ruedas y visitar a su esposo en el hospital. Para lograrlo, realiza las terapias indicadas y cuenta con el apoyo de su hermana y otros familiares. “Mi meta son seis meses. Mi meta es sentarme en una silla de ruedas e ir al hospital muy pronto”, relató.

La separación forzada ha tenido también un impacto emocional profundo. Ambos coinciden en que la experiencia les ha cambiado la manera de valorar el tiempo en familia y la importancia de expresar afecto.

Lorenza dijo que quiere abrazar, besar y decirle a su esposo cuánto lo ama en persona; Carlos Andrés sueña con el momento en que el primero de los dos que se recupere pueda visitar al otro para “besar y abrazar” después de semanas en las que solo han podido verse a través de una pantalla.