El escritor cubano, autor de novelas policíacas, fue uno de los invitados al Hay Festival.

Leonardo, usted siempre ha dicho que fue un lector tardío, que fue en su juventud que adoptó el hábito de leer. Es cierto. No solo fui un lector tardío sino caótico. En mi casa había pocos libros, yo no pensaba siquiera en escribir, y durante toda mi niñez, adolescencia y primera juventud lo que más hice fue jugar béisbol, que es una de las grandes pasiones de mi vida.¿Cuáles fueron, entonces, esas primeras lecturas fundamentales que lo llevaron, posteriormente, a la escritura? De muchacho leí lo imprescindible: Verne, Salgari y… ‘El Conde de Montecristo’, de Dumas, que me conmovió muchísimo. Luego, ya en el preuniversitario, además de las lecturas obligatorias, hacía otras por mi cuenta, sobre todo de autores e historias de la antigüedad; libros como ‘La Eneida’, que era posible encontrar en la biblioteca de mi preuniversitario. No es hasta que ingreso a la Universidad, para estudiar Letras, que me convierto en un verdadero lector.¿Qué lecturas recuerda de esa época?El primer gran descubrimiento, del que todavía conservo una huella y una gran influencia, fue la novela norteamericana de entreguerras, con Hemingway como ídolo máximo, pero con gran admiración por Carson, McCullers, Faulkner, Fitzgerald, Dos Passos… Y los dos maestros del policial, Hammett y Chandler, en buena medida culpables del escritor que he sido.Con eso se refiere al género policíaco, ese en el que está escrita buena parte de su obra. ¿Cómo llega a la novela negra? ¿Acaso tuvieron algo que ver los suecos? El primer impulso se debió a lo mucho que me gustaba el género (ya culpé a Hammett y a Chandler, pero también había descubierto a Vázquez Montalbán, Sciacia, Rubem Fonseca y otros escritores contemporáneos, pero en 1990… de suecos, nada). Descubrí que la novela policíaca era un vehículo magnífico para la novela social que necesitaba y quería escribir. La novela policial me permitió, además, hacer una narrativa muy literaria y mostrar a la vez la parte más complicada o sórdida de la sociedad cubana.Usted es, esencialmente, un periodista. ¿Cómo ha sido la convivencia de ese oficio con el de novelista? Siempre he sido periodista. Por 15 años viví del periodismo, vinculado a dos revistas culturales y un periódico vespertino. Y desde 1996 escribo crónicas para la agencia IP. Creo que el momento más importante de ese trabajo fue el de los años del periódico Juventud Rebelde, donde estuve entre 1983 y 1989, haciendo propiamente periodismo. No era un trabajo reporteril sino periodismo de investigación histórica. Escribí largos reportajes sobre personajes y lugares de la historia no oficial cubana: el Barrio Chino, la historia del ron Bacardí, los colonos francohaitianos en las montañas del Oriente. Fue esencial para mi escritura narrativa pues me entrené para escribir un periodismo muy literario y narrativo. Ese período específico es el que marca la distancia entre un aprendiz de escritor que era en 1983, y un escritor con capacidades más profesionales en 1990, cuando comienzo a escribir mis novelas de la serie de Mario Conde.Imposible no preguntarle, justamete, por Mario Conde, su personaje estrella. Un policía, y esto es quizás los más conmovedor de todo, que es un escritor frustrado.Hace 20 años, cuando la historia daba una de sus más inesperadas volteretas y todavía retumbaban en el mundo los golpes que echaban abajo el Muro de Berlín, engendré a Mario Conde. Unas semanas más tarde advertí sus primeras palpitaciones, convertidas en exigencias literarias y biográficas que le darían peso y entidad al personaje. Luego vendría su visita a México, donde nació esa historia fascinante que es ‘El hombre que amaba a los perros’, novela que además de apoyarse en un hecho histórico (el asesinato de Trostki) reflexiona sobre el comunismo y esa Cuba que su generación.Visité México por primera vez, curiosamente invitado a un encuentro de escritores policíacos, cuando aún yo no había escrito ninguna novela policíaca. Allí puse todo mi empeño en conocer un lugar altamente simbólico e histórico pero que, para mi generación en Cuba, había solo sido un silencioso misterio, y más aún, peligroso, tabú: la casa de Coyoacán donde había vivido y muerto (asesinado) León Trotski, ‘el renegado’.¿Y la pudo conocer?Aún recuerdo la conmoción que me provocó visitar esa casa-fortaleza (devenida Museo del Derecho de Asilo) y ver las paredes casi carcelarias entre las que se encerró a sí mismo uno de los líderes de la Revolución de Octubre para salvar su vida de la saña asesina de Stalin de la cual no escapó. Pero la huella más visceral que me dejó aquella visita fue percibir que el drama ocurrido en aquel lugar sombrío me susurraba al oído un mensaje alarmante: ¿Son necesarios el crimen, el engaño, el poder absoluto y la sustracción de la libertad individual para que todos tengamos acceso a la más hermosa pero utópica de las libertades colectivas? ¿Hasta dónde pueden llevar a un hombre la fe y la obediencia en una ideología? Pocos días después, caía en muro de Berlín. Fue allí, en esa conjunción de acontecimientos, donde nació mi literatura.