Por Mario Andrés Lozada Tezna
En el corazón del barrio San Fernando, en Cali, a las afueras del santuario de la Medalla Milagrosa, el tiempo parece transcurrir a un ritmo distinto. No es solo el eco de las campanas ni el aroma a incienso lo que define este espacio, sino la presencia inamovible de los vendedores de artículos religiosos. Estos hombres y mujeres no son simples comerciantes: son herederos de una tradición que ha sobrevivido a las transformaciones urbanas de la ciudad por más de 40 años.
Para muchos, sus puestos de venta son extensiones de sus propios hogares. Algunos llegaron en la década de los 80, instalándose con apenas unos cuantos escapularios, veladoras y algunos cuadros alusivos a la Virgen. Hoy, cuatro décadas después, sus inventarios son un catálogo vivo de la fe popular: camándulas de madera, denarios, escapularios, imágenes religiosas de diversos tamaños, pulseras y otros objetos de devoción que, en muchos casos, ellos mismos elaboran.
“Empezamos a ver que esto era bueno y con mi esposo trajimos una mesa con más escapularios; así fuimos haciendo clientela”, dice Yolanda Muñoz, quien junto a su esposo Jaime no solo ha dedicado su vida a la venta de objetos religiosos, sino que también logró sacar adelante la educación de sus dos hijas.
Lo extraordinario de esta labor no es solo su permanencia, sino el impacto social que se teje detrás de las vitrinas. Estos puestos han sido el motor económico que permitió a familias enteras salir adelante. “Las jornadas son duras: nos levantamos a las cuatro de la mañana y a las seis ya estamos aquí, para las personas que madrugan a misa. A las cinco de la tarde nos vamos, gracias a Dios, con la ganancia”, afirma Doris Pacheco, quien desde el barrio Mojica se desplaza hasta La Milagrosa para ofrecer sus productos.
Más que objetos, un vínculo espiritual
El vendedor de La Milagrosa cumple un rol que roza lo pastoral. A menudo, el cliente no busca solo un objeto, sino también consejo o una palabra de aliento. “Llevo cuarenta años viendo a la gente venir con sus penas y salir con un poquito de esperanza en el bolsillo”, comenta don Jaime Espada, quien junto a su esposa Yolanda agradece la fidelidad y la relación que han construido con clientes y peregrinos. Ellos conocen historias de sanación, agradecimientos por favores recibidos y promesas que se cumplen frente al altar.
El camino, sin embargo, no ha estado exento de retos. Han enfrentado cambios en las normas de espacio público, la competencia de productos industriales y, más recientemente, el impacto de la digitalización. Aun así, la experiencia de elegir una vela y recibir una bendición del vendedor sigue siendo un ritual difícil de reemplazar para caleños y peregrinos que, desde distintas partes del mundo, visitan la tradicional capilla de la Milagrosa a lo largo del año.
La Semana Santa representa para ellos un repunte en las ventas. Aseguran que el fervor no se pierde y que no son solo los adultos mayores quienes compran: muchos jóvenes también pasan por los puestos y adquieren velas, denarios y camándulas para fortalecer su fe.