Para Rosemberg Quiñones, director de proyectos de la Fundación Mi Oportunidad, los territorios suelen ser vistos desde perspectivas que no siempre reflejan las capacidades de quienes los habitan.
Por eso, insiste en que lugares como El Retiro deben entenderse como escenarios donde existen oportunidades para construir proyectos de vida y generar transformaciones. “Para muchos son lugares de desesperanza, para nosotros son lugares de oportunidades”, afirma.
Según explica, en estos contextos existen personas con capacidades para destacarse en diferentes áreas y aportar al desarrollo de sus comunidades. Aunque reconoce que también hay desafíos asociados a condiciones de pobreza, considera que la generación de oportunidades puede marcar una diferencia en la vida de muchas personas.
Esa visión es la que orienta el trabajo que desarrolla la Fundación Mi Oportunidad en el barrio El Retiro y que, de acuerdo con sus voceros, se ha fortalecido a través de la articulación con Compromiso Valle.
Rosemberg Quiñones señala que uno de los principales aprendizajes del proceso ha sido entender que la educación cumple un papel fundamental en el mejoramiento de la calidad de vida. “Nosotros hemos entendido que la educación es central para el mejoramiento de la calidad de vida”, sostiene.
A partir de esta premisa, la organización ha impulsado procesos de formación que incluyen robótica, programación e inglés, dirigidos a niños, jóvenes y también adultos mayores.
De acuerdo con Quiñones, estas herramientas se han convertido en espacios de aprendizaje e inspiración para los participantes, quienes tienen la posibilidad de explorar nuevas habilidades y conocimientos.
“Programación y robótica es un motivo de inspiración para nuestros jóvenes y también para nuestros adultos mayores”, explica.
Añade que estos procesos permiten a las personas aprender, crear y descubrir nuevas posibilidades para su desarrollo personal.
El fortalecimiento de estas iniciativas también está relacionado con el acompañamiento de Compromiso Valle.
Rosemberg Quiñones, esta articulación permitió ampliar el alcance de los procesos formativos y acercar nuevas oportunidades a la comunidad.
La estrategia también incluye el deporte como una herramienta de transformación social.
A través del proyecto ‘Un gol por la vida y la paz’, la fundación trabaja con niños y adolescentes bajo la premisa de que el fútbol puede convertirse en un espacio para construir oportunidades y fortalecer capacidades.
“Entendemos que la pelota es una excusa para construir paz”, afirma Quiñones.
En ese mismo sentido, Wigberth Quiñones, formador deportivo de Mi Oportunidad, señala que el propósito del programa trasciende la formación deportiva.
“Por medio del fútbol no solamente formamos jugadores, formamos personas”, asegura.
De acuerdo con el entrenador, el objetivo es brindar herramientas para la vida y generar espacios donde los jóvenes puedan fortalecer valores y desarrollar nuevas perspectivas para su futuro.
La historia de estos procesos también está ligada a la experiencia de Orlando Quiñones, fundador de Mi Oportunidad, quien recuerda que el trabajo comunitario surgió en respuesta a distintas necesidades identificadas en el territorio.
Asegura que uno de los momentos que marcó el inicio de esta labor ocurrió cuando encontró a varios jóvenes que manifestaban tener hambre. A partir de esa experiencia comenzó a construir una iniciativa orientada a generar alternativas para niños y jóvenes de la comunidad.
Posteriormente, el trabajo se extendió a otros espacios del barrio, incluyendo la recuperación de una cancha que se convirtió en un punto de encuentro para las actividades deportivas y comunitarias.
Don Orlando también recuerda que durante los primeros años el proceso enfrentó limitaciones y dificultades, pero decidió continuar porque veía que los niños encontraban oportunidades de crecimiento y formación.
Los resultados de este trabajo también son percibidos por las familias que participan en las actividades de la fundación.
Angie Urrea, madre de uno de los beneficiarios, asegura que ha observado cambios positivos en los niños vinculados a los programas. “Ha mejorado mucho”, asegura al referirse al impacto que ha visto en los participantes.
Explica que los menores permanecen menos tiempo en las calles y tienen acceso a espacios donde fortalecen valores como el respeto.
Además, destaca el interés que han despertado áreas como el inglés y la robótica entre los niños y jóvenes. “Yo vivo muy agradecida con la fundación”, confiesa.
Para los voceros de Mi Oportunidad, la articulación con Compromiso Valle ha permitido fortalecer procesos que buscan ampliar oportunidades en el territorio a través de la educación, el deporte y la formación en nuevas habilidades.
Una apuesta que, según resume Rosemberg Quiñones, parte de una convicción sencilla: “Se vale creer, se vale soñar y seguimos rompiendo brechas”.