Si el fútbol tuviera sus diez mandamientos escritos sobre piedra, el primero y más importante sería, sin ningún tipo de discusión: “No subestimarás a tu adversario, por muy pequeño que parezca”.

Mandamiento, o, más bien, una moraleja comprobada a través de la evolución del deporte más hermoso del planeta. En el Mundial de 1950, jugado en Brasil, la selección anfitriona era tan favorita al título, que el día de la final los periódicos publicaron en sus portadas mensajes de felicitaciones para la ‘Canarinha’, a la cual solo le bastaba con un empate para dar la vuelta olímpica.

Pero al frente estaba el aguerrido equipo uruguayo, que con nada más que la fe propia y no se sabe cuántos litros de sudor, pudo dar la sorpresa más monumental de todos los tiempos: derrotó 2-1 a Brasil frente a las 200.000 personas que asistieron al estadio Maracaná de Río de Janeiro pensando que ese partido iba a ser una extensión en tiempo suplementario de su tradicional carnaval.

Lección universal que décadas después, específicamente el domingo 13 de septiembre del 2009, tuvo que aprender José Eugenio el Cheché Hernández, en ese entonces técnico del Deportivo Cali, cuando Anthony el ‘Pitufo’ de Ávila le marcó un gol en un clásico vallecaucano con 46 años.

“A mí un viejito no me puede hacer gol”, había dicho Cheché en la semana previa al partido por la novena fecha de la Liga frente al América para calentar un clásico en el que parecía que los verdes tenían todo a favor: estaban por encima en la tabla, tenían una mejor nómina que su rival e iban a enfrentar a un equipo escarlata sumido en la oscuridad, con ocho partidos sin conocer la victoria y una cruda crisis económica.

La única luz que encendía la tímida llama roja era la presencia en el plantel del ‘Pitufo’, su goleador histórico, que decidió regresar a las canchas luego de diez años como parte de una estrategia de la directiva roja y del técnico Diego Umaña para llevar hinchas a la grada del Pascual Guerrero. Días antes, el samario ya le había marcado un gol a Santa Fe, y ese domingo les iba a regalar a los fanáticos escarlatas más fieles, una noche histórica, de esas que son recordadas con el mismo cariño con el que se rememora una estrella.

El reloj marcaba 38 minutos de juego y el clásico lo dominaba al Cali, que con jugadores como Juan Carlos Mariño y Michael Ortega no solo manejaba la pelota, sino que atacaba con peligro.

Hasta que en un contragolpe la historia del clásico iba a cambiar. Los verdes se habían quedado momentáneamente con diez jugadores por la lesión del defensa Pablo Escobar, y esa ausencia la supo aprovechar el ‘Pitufo’ para colarse en el área y rematar de zurda un centro perfecto de costado que le había mandado un joven ‘Riflecito’ Andrade.

De Ávila le dio al balón con fuerza, dejando sin opciones al portero Jáiber Cardona, para segundos después arrodillarse y levantar sus manos hacia el cielo, quizá recordando los años ochenta y noventa, cuando sus actuaciones hacían vibrar al hincha en otros tiempos más dulces, con menos dramas y más aire en la divisa escarlata.

Fue poético: un jugador de otros tiempos corriendo como atrapado en el bucle de la actualidad con el número siete en la espalda, mostrando que la calidad se sobrepone a las décadas y que el talento no olvida.

El resultado final del juego fue 3-1 a favor de los rojos, que no habían ganado en ese torneo y que tampoco iban a ganar más ese año luego de ese domingo lleno de la atemporalidad que tienen los buenos romances, como ese de Anthony con el balón, siempre con el destino claro del gol.

“No subestimarás a tu rival, por muy pequeño que parezca”, diría el primer mandamiento del fútbol escrito sobre piedra.