Helcías Martán, el poeta

Noviembre 12, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Caminaba por Cali como uno de los últimos poetas románticos, con boina castellana y un andar cansino en sus últimos años, mientras repartía su revista Esparavel. Una de las últimas que la recibí, en el Café de Los Turcos, tenía en su portada la efigie de Bolívar, a quien admiraba. Quería hacer una antología de poetas del Pacífico y me pidió unos versos. Con la generosidad que lo caracterizaba, me incluyó ahí y me llamó “El Benjamín de los Hijos del Mar Negro…”, título que todavía conservo, como una medalla.Andaba alborozado con la adopción y escribió para su pequeño hijo un libro de canciones de cuna que en su título tenía la sonoridad de una campana: “Las Nanas de Martín Martán”. Su poema, ‘Berejú’ fue musicalizado por Esteban Cabezas, para la voz de Leonor González Mina: “No tengo plata en baúles, ni en las venas sangre azul/ currulao, makerule/ makerule, berejú…” (Humano litoral, 1954).Helcías era un purista del lenguaje, en comunicación permanente con poetas de la península. Me parece verlo, hace 35 años, en la velada poética que se llevó a cabo en Aguasabrosa, la finca de Oscar Echeverry Mejía, donde no sólo leyó algunos de sus poemas, sino que disertó acerca de las hagiografías de Sor Juana Inés de la Cruz. Cervantes, Góngora, Quevedo, Benavente, Fernando de Rojas, no le eran ajenos, pues parte de su vida la consagró a develar los entresijos de La Celestina, a hurgar en los giros más castizos del Siglo de Oro, a fraternizar con Alberti, Lorca, Cernuda, Altolaguirre.El único antecedente literario que se tuvo durante muchísimo años de la “existencia” del Pacífico colombiano, fueron los brevísimos ensayos del político Sofonías Yacup, en su libro ‘Litoral recóndito’ (1934), sólo precedido por los escritos de Gaspar Theodore Mollien, quien publicó en París, en 1824, su libro ‘Voyage dans la République de Colombie’ y las memorias del viajero francés Jean Baptiste Boussingault, entre 1822 y 1832. Pionero de la literatura del litoral Pacífico, publicó en 1944 su libro de poemas ‘Evangelios del Hombre y el paisaje’. “Claras son las verdades que la noche me enseña en su idioma de agua, a la orilla del sueño en cuyo limo crecen palmeras consteladas, cuando en la rada miro los luceros bogar, remar, como piraguas”, dijo en su poema ‘Mar en la noche’, como preludio de un destino que entre nosotros, al igual que en España con Rafael Alberti, permitiría nombrarlo “Poeta del mar”.El pasado jueves, mientras caminaba cerca del Café Gardel, alguien sacó la cabeza por un balcón y me gritó: “¿Oiga poeta, qué le pasó a Londoño?”. Como no sabía de qué se trataba, continuó: “Su vecino de columna, parece que le echa unos vainazos hoy…” Leo a muy pocos colegas y, la verdad, nunca al comentarista de Palmira. Como también recibí una llamada, leí su texto y no entendí. No imagino que tenga razones para denostarme, pues siempre le he dispensado un trato cortés. Pero, entiendo que a veces la frustración, el no poder alcanzar ciertas metas, hacen que alguien que escribe para un medio, vuelque su amargura en el lugar equivocado. Error. Mi abuelo me enseñó que las peleas deben tener nivel, deben ser una disputa entre iguales. No puedo descender a trenzarme en un debate aburridor. Como en el boxeo, en el mundo periodístico y literario también existe un ‘ranking’, un escalafón. ¿Por qué en la población mestiza colombiana se produce la mayor discriminación? El zambo no quiere al mulato, el tente en el aire envidia al negro. Esto deben incluirlo también en la mesa de La Habana. Hace parte de la paz.

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