Adoraciones al Niño Dios: la Navidad tardía que se celebra en el Cauca

Febrero 22, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
Adoraciones al Niño Dios: la Navidad tardía que se celebra en el Cauca

Yorleyer y Lisbeth son dos de los jóvenes de Villa Rica que luchan por mantener viva la tradición de las Adoraciones al Niño Dios en su pueblo.

Mientras el mundo católico celebra en diciembre la Navidad, en varias poblaciones del norte del Cauca esta fiesta religiosa se vive en los dos primeros meses del año pues históricamente a los esclavos de la zona no les estaba permitido hacerlo en la fecha original. Hoy, siglos después, la tradición —conocida como Adoraciones al Niño Dios— aún palpita con fervor en pueblos afro como Villa Rica.

Ana Circiliana comienza a contar la historia mientras carga a su nieta de dos meses de nacida. Está parada a las afueras de una casa de dos plantas construida a retazos, mitad en obra gris, mitad en ladrillo limpio. Es aquí donde vive su abuela, doña Cristiniana Balanta, una matrona de 98 años, voz cansada y piel cetrina, que la mira desde la puerta y que se la enseñó cuando Ana era apenas una niñita que jugaba descalza.Arrullar, explicará la mujer enseguida, se parece bastante a este gesto dulce que ella misma hace justo ahora, esta mañana de lunes: bailar suavemente, dando pasos breves a la izquierda, luego a la derecha, con un bebé entre los brazos. Arrullar es cantarle, es mimar a esa criatura. Es celebrar la vida de quien acaba de llegar al mundo. Este año no quiso involucrarse, pero en los anteriores, por esta misma época, era casi una necesidad tropezar con esta negraza de risa encendida si uno quería participar de las Adoraciones al Niño Dios, la fiesta religiosa más importante de este pueblo afro, Villa Rica, que se levanta con sus 15 mil habitantes en medio de un cruce de caminos en el norte del Cauca, en límites con el Valle y centenares de kilómetros sembrados con caña.Sería aquí, en esta casona del barrio 3 de Marzo, donde Ana escuchó por primera vez sobre esa tradición. Donde comenzaría a entender por qué, mientras los niños católicos del resto mundo celebraban el nacimiento de Jesús un 24 de diciembre, ella y los suyos reservaban un día de enero o de febrero, para celebrar una Navidad tardía, sin regalos ni lucecitas.La abuela Cristiniana, una campesina iletrada que como muchas de las mujeres de esta región se pasó media vida recogiendo cacao, resolvía las dudas de la nieta preguntona con la misma explicación que a ella le habían regalado sus mayores: si eso ocurría, si los vecinos armaban un pesebre a destiempo, era por culpa de los ancestros esclavos. La historia cuenta que un día, agobiados por no poder participar de las ceremonias religiosas decembrinas, se las ingeniaron para lograrlo cuando los hacendados vivían ya la resaca de comenzar un nuevo año. “Es que los amos necesitaban a sus esclavos concentrados en las tareas de sus haciendas de diciembre. En las preparaciones de la comida, en las tareas del campo y en atender a sus invitados, que solían ser muchos. Entonces a los esclavos no les daban tiempo para celebrar la Navidad como se debía”, recuerda Ana Circiliana que le contaba su abuela.La anciana la mira de reojo y asiente con la cabeza. La historia, parece decir con sus ojos mansos, está siendo bien narrada.En los comienzos de la tradición, intentaron hacer coincidir la Navidad con la llegada de los Reyes Magos, el 6 de enero. Pero, luego de la abolición de la esclavitud y, muchísimas décadas más tarde, tras la migración de generaciones enteras a los cascos urbanos de los municipios que iban naciendo, se fue corriendo la fecha a los linderos de febrero. Este año el día acordado por la comunidad es el sábado 7 de marzo. Es la primera vez —explica Ana Circiliana con decepción— que se realiza esta pequeña Navidad después de haber comenzado la Cuaresma, después del Miércoles de Ceniza, una regla que se había respetado durante décadas. “Imagínese, se nos juntaron las adoraciones al Niño Dios, que es la celebración del nacimiento, con el tiempo previo a la Semana Santa, donde lo que se recuerda es la pasión y la muerte de Cristo. Es que ya la tradición no es la misma, era más bonita cuando yo era niña”. Sentado junto a ella, Yorleyer, un joven de 26 años, músico y cantador, repasa rápidamente con los dedos lo que ya está listo para la fiesta. Doña Ismelda Lucumí —comienza a contar— ya está preparando a los más pequeños del pueblo y les está enseñando cómo se baila un arrullo. Maemilia Collazos, una de las cantadoras mayores, ya tiene bien ensayadas y repasadas las letras de las loas y las fugas. La vecina Ermilia se encargará de preparar el sancocho y de conseguir el aguardiente caucano para los músicos. Doña Deisy Posso, que es tan creativa, armará el pesebre en el parque central, epicentro de las adoraciones. Faltan algunos detalles, claro. Falta, dice Yorleyer, que la Alcaldía compre el pesebre —“ojalá en Buga”— y les confirme además la plata para el pago de los músicos que tocarán durante la fiesta. Este año lo hará el grupo Manato, doce artistas cuya misión consiste en motivar el baile de la fuga ante el pesebre y mantener los ánimos encendidos hasta el domingo siguiente, al son de trompeta, saxofón, tuba, redoblante, trombón, bombardino y platillos. Por casi dos días enteros de música en vivo se llevan $1.800.000 a los bolsillos. Falta también comprar los fuegos pirotécnicos, que al estallar se convierten en la señal inequívoca de que la celebración inició, y ultimar con los artesanos del pueblo los detalles de las figuras de la vaca, la mula y el buey, sin las cuales es impensable la ceremonia de ese sábado, pues a través de ellas es que se invita a los asistentes a bailar y a cantar. No siempre ha sido así, dice Ana, ya con la nieta dormida en su regazo. “En otros tiempos no dependíamos de que nos dieran plata. Las mujeres del pueblo salíamos un día antes a recoger dinero, de casa en casa; hablábamos con los tenderos, con los panaderos y la gente colaboraba con gusto. El pesebre lo armábamos entre todos, en una cuadra que cerrábamos con antelación. Por eso, creo, se sentía como más propia la tradición y nadie permitía que se hiciera después de la Cuaresma. Por eso también fue que no quise participar este año, porque a veces siento que la tradición se está perdiendo”.No lo cree así Libesth, una de sus hijas, de 23 años, que completa ya dos semanas recorriendo los barrios de Villa Rica y los cuatro colegios del pueblo para explicarles a los más chicos en qué consisten las adoraciones y por qué es importante que se involucren en ellas. En cada jornada, dice, sucede lo mismo: ella se para en una esquina del lugar y comienza cantar viejos arrullos con su voz aflautada: “Que niñito tan bonito que al portal se apareció / ro ro y adorar al niño Dios / Que niñito tan bonito que al portal se apareció / Ro ro y adorar al Niño Dios. / De los brazos de su madre la Madrina recibió / Ro ro y adorar al Niño Dios. / Matica de hierba buena, decime quién te sembró / ro ro y adorar al Niño Dios”... Así es, entonces, como los niños se van aprendiendo los cánticos de las adoraciones. Los que luego, el día de la fiesta, entonan de frente a la figura del Niño Dios, acostada en el pesebre. Lo demás ocurre por imitación. Por lo que ven que hacen sus padres, sus primos, sus tías, sus abuelas, en esa fecha. La ceremonia arranca sobre las siete de la noche con una escenificación dramática, cuyo argumento central es el ‘robo’ del Niño Dios. Alguien, no se sabe quién, tiene la pequeña figura de cerámica del pesebre escondida en su casa. Los habitantes comienzan entonces a recorrer las calles del pueblo en busca del Niño adorado. “Y esa dramatización incluye, por parte de los asistentes, tener que asumir diferentes roles: primera madrina, primer padrino, segunda madrina, segundo padrino, pastoras, indios, la Virgen, San José, los Reyes Magos”. Quien lo cuenta es Manuel Sevilla, investigador y docente de la facultad de humanidades de la Universidad Javeriana, que durante la última década se ha preocupado por documentar el origen y la permanencia de esta tradición que se extiende no solo en Villa Rica, sino en Puerto Tejada, en Suárez y en Quinimayó.Una de las primeras investigadoras interesadas fue Eliana Portes, pianista y musicóloga cubana radicada en Cali, que viajó a las entrañas culturales y sociales de esta tradición en los años 90. Sevilla retomó sus hallazgos y los nutrió desde lo musical, grabando muchos de los arrullos, las fugas y loas que se escuchan durante las Adoraciones al Niño Dios.El año pasado, recuerda Yorleyer, fue su abuela Leonela quien mantuvo al Niño Dios en su casa antes del inicio de la celebración. Y hasta allá llegaron los segundos padrinos del bebé para recogerlo y luego caminar con él hasta la plaza principal de Villa Rica para finalmente depositarlo en el pesebre en medio de canciones interpretadas con instrumentos de viento. Es que la vida cotidiana en este pueblo no se resuelve sin música. Hombres y mujeres bailan y cantan en esta fiesta religiosa y en muchas otras de sus actividades sociales. Se hace en los bundes, por ejemplo, como se les llama a los velorios de los niños. Se hace en las ‘quemas’, una suerte de homenaje musical que un amigo le hace a otro, a manera de desagravio, por alguna ofensa menor. La tradición en este caso consiste en llegar de sorpresa y pasada la media noche a la morada del agraviado con músicos, bebidas y hasta comida. Y se hace en los ‘bailes de socio’, fiestas de fines de semana que ocurren en los patios de las casas. Vestidos de manera especial —ellas con largos faldones y blusas claras y ellos de pantalón y camisas bordadas—, las adoraciones, pese a su connotación religiosa y al fervor que representa para habitantes como Ana Circiliana, no dejan de ser una fiesta más. Porque, ¿no es acaso motivo de jarana que un nuevo niño haya llegado al mundo? Hombres y mujeres, pues, improvisan filas para ir pasando delante del pesebre y así poder entonar sus cánticos y mover el cuerpo.“Vámonos don Juancho que el Niño ha nacido / que el niñito está temblando, está temblando de frío”, cantan las mujeres. “Y en los brazos de su madre la madrina lo cogió / ro ro y adorar al niño Dios. /Los reyes en el oriente se salieron a ofrecer, ro ro y adorar al niño Dios / Ya hasta el año siguiente que lo volvamos a ver, ro ro y adorar al niño Dios”, responden los hombres. Doña Cristiniana Balanta, que durante toda la mañana se ha negado hablar de la tradición, al fin se decide a alzar la voz: “Ya estoy muy vieja para ir a cantarle y bailarle al Niñito adorado. Eso ya les toca a los más jóvenes. No importa la fecha”. Su biznieta despierta y rompe de nuevo a llorar.

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