Valores vallecaucanos: la historia del caleño invidente que arrasó en Mundial de Suiza

Valores vallecaucanos: la historia del caleño invidente que arrasó en Mundial de Suiza

Diciembre 05, 2017 - 11:45 p.m. Por:
Redacción de El País 
Valores vallecaucanos - atleta invidente

Samuel aún vive en el barrio Tequendama, a no muchas cuadras de la pista. Sus papás, don Diego y doña Patricia, son quienes lo llevan a los entrenos.

El País

El viento. La sensación favorita de Samuel Naranjo es la del viento tocándole el rostro con sus dedos interminables, sacudiéndole el pelo, metiéndose por las aberturas de su ropa, zumbándole en caracoles al oído mientras se anuda en su cuerpo largo de 15 años. El viento, sí. Samuel Naranjo es atleta invidente y no hay nada que le guste sentir más en la vida, dice una tarde sentado en las graderías de la pista de atletismo Pedro Grajales de la Unidad Deportiva Panamericana de Cali, donde suele entrenarse con regularidad después de ir al colegio en las mañanas.

El viento, dice, hablando con el sosiego de un sobreviviente a las sombras capaz de ver allí lo que otros no. Pudo haberse quedado encerrado en la depresión luego de perder la vista a los 8 años, pero desde ese momento se le plantó a la adversidad como un hombre cuajado que decidió caminar hacia el otro lado de la tristeza, salir corriendo, correr bien rápido. Y así lleva un tiempo sin detenerse.

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Nada más en marzo, en los Juegos Parapanamericanos Juveniles de Sao Paulo, ganó oro en 100 y en 400 metros velocidad; después oro en 200, en el Open de Para-atletismo Nacional; y ahora en el mes de agosto, oro en 200, plata en 100, y bronce en 400 metros en el Mundial de Para-atletismo de Nottwill, Suiza.

Paradójicamente Samuel no acumula mucho tiempo corriendo de manera profesional, sobre todo porque ha estado concentrado en sus estudios, que sin rezago adelanta en el San Luis Gonzaga, donde cursa noveno. Como velocista solo lleva entrenando un par de años, cuenta modestamente, tras recordar su primera vez en una pista, de la mano de su mamá, que lo llevó cuando él andaba por los 6 años. Entonces también recuerda el naranja sintético del tartán bajo sus pies, y las rayas blancas que como líneas de azúcar iban marcando los carriles y las curvas en el óvalo de competencia. Luego volvió a los 11, cuando ya no veía. Y luego a los 13, cuando solo por distraerse empezó a ir de la mano de su hermano David; y de ahí en adelante cuando la entretención se le convirtió en plan cotidiano al descubrirse poseído por la adrenalina cada que salía al galope. Y con más razón después de que los entrenadores descubrieran el don de la velocidad en sus piernas.

Valores vallecaucanos - atleta invidente

Antes de llegar al atletismo, Samuel también intentó practicar judo, natación y ajedrez. Nada lo flechó como la velocidad y el viento.

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Para correr, un atleta invidente se desplaza agarrando la mano de un guía a través de un cordón atado a no más de una cuarta de distancia, de modo que los movimientos de ambos vayan sincronizados en carriles paralelos. El guía, en efecto, es su cordón umbilical con la pista, su alimento espacial para saber moverse en línea recta o tomar los giros en el momento exacto. Es de una u otra forma un regalo de luz en el camino, porque sí bien el esfuerzo del atleta se construye invariablemente a oscuras, nunca ocurre en soledad.

Todo eso sin embargo no quiere decir que sea sencillo, dice Samuel, contando de las dificultades iniciales de dos cuerpos desconocidos obligados a moverse tan rápido como puedan, tan coordinados como puedan, y tan silenciosamente como puedan, ya que en carrera el diálogo no existe. Pero justo en esa complejidad es donde brota la belleza de una comunicación que en ocasiones crea lazos mucho más potentes que el cordón que une las manos del atleta y el guía. A la hora de competir, quien va junto a Samuel se llama Juan Carlos Cuero Ballesteros, y en palabras de Samuel, más que compañeros o incluso amigos, ya son prácticamente hermanos de sangre.

El 26 de febrero del 2011 fue el último día que Samuel vio. Estaba montando bicicleta al frente de su casa, en el barrio Tequendama, y en el intento de esquivar un obstáculo, tropezó y el manubrio acabó enterrado en sus ojos. Tenía 8 años apenas. Después de ese accidente, tan inocente y a la vez tan brutal, pudo tener quizás todo el derecho de hundirse y hundir sus sueños en la espesura de las tinieblas. Tal vez no ocurrió simplemente porque hay casos en que la oscuridad está hecha para ser vencida por los iluminados. Así como él. Ahora, junto a su guía, anhela correr una próxima competencia en Argentina, el Mundial de Para-atletismo de mayores y clasificar a los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Y allá entonces, sentir el viento despeinándolo. El hombre que ya se cuajó en ese chico, nunca ha parado de soñar.

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