El monstruo detrás de la máscara

Abril 02, 2017 - 07:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Ahora cayó la careta, pero los signos estaban ahí desde hace años. Se acentuaron cuando la oposición venezolana triunfó de forma abrumadora en el 2015 y ganó la mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa.

Con esa mayoría, la oposición podía emprender los cambios institucionales y de legislación por los cuales el pueblo había votado. Para evitarlo, al finalizar ese año los chavistas eligieron de manera inconstitucional a los jueces del Tribunal Supremo (TSJ) y lo llenaron de serviles. Su primera decisión fue arrebatarle a la oposición la mayoría calificada impidiendo que algunos asambleístas se posesionaran.

Desde entonces entre el Consejo Electoral (CNE), también controlado por el chavismo, y el Tribunal, se han dedicado a drenar la democracia y a dejar sin efecto todas las decisiones tomadas por la Asamblea. Por un lado, el CNE embolató el calendario electoral para que no hubiera elecciones, porque con seguridad perdería el chavismo, y la convocatoria del referendo revocatorio que expulsaría a Maduro. Por el otro, el TSJ una y otra vez dejó sin valor, con cualquier argucia y sin pudor, todas y cada una de las leyes expedidas por la Asamblea. El jueves dio el golpe definitivo: arrebató todas las funciones a la Asamblea y, al mismo tiempo, dio a Maduro poderes omnímodos. Si antes estábamos ante un régimen autoritario, ahora no hay sombra alguna de democracia.

Venezuela ya es Cuba. O casi. El monstruo detrás de la máscara es un régimen autoritario, sin separación de los poderes, con aparatos militares y policiales represores, una rama judicial subordinada al ejecutivo, y un sistema económico socialista y en ruinas. La perfecta Venecuba de Chávez.

Fue un autogolpe, pero no un ‘madurazo’. No estamos acá frente a un golpe de una persona sino de un grupo, los chavistas, para perpetuarse en el poder. Acorralados, decidieron huir hacia adelante. Al final se combinan motivos ideológicos, la defensa del modelo socialista, y las razones individuales más bajas. En tanto que son mafiosos, corruptos hasta la médula de los huesos, muchos vinculados al narco, si dejan el poder no solo pierden las gabelas de la burocracia y el presupuesto, sino su libertad y su mal habida fortuna. Por eso nunca lo van a entregar.

Por cierto, de nuevo Santos y la canciller Holguín son pusilánimes, débiles, cobardes. Ya Maduro los tiene medidos, como antes Chávez, con el cierre de la frontera, la persecución a nuestros connacionales allá, los insultos y, hace pocos días, la violación de nuestro soberanía en Arauca. Peor, Venezuela es junto con Cuba uno de los cuatro países a los cuales deben referirse las Farc y el gobierno cuando no haya acuerdo sobre qué hacer en relación con el pacto con la guerrilla.

Quedan el pueblo y los militares venezolanos. ¿Serán capaces de ocupar las calles, de levantarse frente a los opresores? ¿Se sublevarán los pocos militares institucionales y demócratas?

Y sí, por acá hay señales parecidas de irrespeto de la Constitución, de subordinación judicial al ejecutivo, de persecución a los opositores, de gabelas políticas, económicas y jurídicas para los violentos marxistas leninistas. Pero la lección está aprendida. No cometeremos los errores de nuestros hermanos venezolanos, para quienes va toda nuestra solidaridad. Lucharemos sin descanso y sin temor por el respeto a la democracia y por el retorno a la institucionalidad republicana y el estado de derecho. ¡Y triunfaremos!

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