Los pastores

Mayo 15, 2017 - 11:55 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Recuerdo una canción pegajosa “a la mierda los pastores, se acabó la Navidad”. No sé por qué al leer todo el tsunami que vuelve a despertar cada año lo de los pastorcitos que vieron a la Virgen en Cova de Iria, me acordé de la rima infantil. Tal vez las delicias de Freud, o ese inconsciente cada vez más consciente que me hace rebelde ante esa clase de historias de histeria colectiva.

Hace unos años, más de 20, corrió en Colombia la noticia de que la Virgen se aparecía al medio día, cerca de Pereira. No sé si los primeros que la vieron fueron pastores, porque por acá no hay... debieron ser campesinos. En todo caso, con unos amigos nos fuimos desde Bogotá a toda, pasando ‘La Línea’, volando en cada curva para llegar a tiempo a verla. Madrugamos, no almorzamos, ni paramos a lo que sabemos. Estábamos obsesionados con poder divisarla encima de una nube, despidiendo rayos de luz bondadosa.

Los periódicos no hablaban de otra cosa. Ya se había aparecido en Piendamó, ahora le tocaba el turno a Pereira. ¡Colombia! País bendecido con apariciones celestiales frecuentes. Nada menos que la Madre de Dios, en cuerpo y nube. Yo me la imaginaba vestida de azul, como esas ‘virgencitas’ que nos daban en el colegio cuando nos portábamos bien, y que devolvíamos cuando hacíamos cosas malas. La mía viajó varias veces de mi pupitre al cuarto de la Madre que nos cuidaba. ¡Era una virgencita viajera!

Llegamos. Paramos en seco en un descampado donde se aglutinaban cientos y cientos de personas; mujeres, hombre, niños, curas. Latas de gaseosa entre las piedras, vasos de plástico, sombrillas para el sol, gafas para no quedar encandelillados. Apretujones. Codazos. Madrazos para estar mejor situados. Un hambre feroz. Pasaban las horas y nada de nada, el cuello ya dolía de estirarse hacia el cielo. De vez en cuando un grito, “Allí viene, se está iluminando todo”. Y los aplausos eran tronadores entrelazados con llantos e hipidos. Varias veces la misma escena. Silencio, expectativa, murmullos, gritos y aullidos, y nada. El sol se fue a acostar. Las nubes se volvieron grises y empezó una llovizna menudita. Nos emparamamos y caminamos hasta el carro. Volver a Bogotá frustrados. No habíamos sido dignos de la visita celestial.

Me encanta María. Así, a secas. La mamá de Jesús. A la que convirtieron en virgen a la brava y nos trataron de embolatar con el cuento de la paloma y “el rayo de luz que pasa por el cristal sin romperlo ni mancharlo”, quitándole la humanidad a semejante mujer. Quitándole todo asomo de pecado original o deseo sexual o dolor al parir, anulándola como mujer para conservarla intacta, pura, eternamente joven y sumisa. A esa Mujer, así con mayúscula, yo la quiero y la respeto.

Creo que ya estamos demasiado vividos para seguirnos creyendo el cuento de los pastorcitos que se ha convertido en el mejor negocio de Portugal, y con todo respeto, creo que Francisco, el Papa humano, tiene cosas más importantes en este momento, en que el mundo se destroza a pedazos por el odio y la incompetencia de sus líderes, que viajar hasta la cueva y canonizar a dos pastorcitos visionarios... o alucinados. Dejémonos de vainas y seamos serios.

Los pastorcitos están bien, de papel, celuloide o plástico en el pesebre navideño unos diítas, después, a guardarlos en sus cajitas. Las histerias colectivas son malsanas pero rentables. María se merece mas respeto, como mujer en toda su dimensión y como mamá de Jesús, el primer revolucionario del amor.

P.D. A Vivianne Morales, ¿no se le habrá pasado por la mente que, con ese vergonzoso proyecto, le esta prohibiendo explícitamente a su única a hija el derecho de adoptar un niño y educarlo con amor y ternura? ¿Otra delicia de Freud?

P.D. ¿Qué quiso decir exactamente Fernando Londoño cuando grito eso de “quemar ese maldito papel de los Acuerdos de Paz”? ¿Otra delicia de Freud?

VER COMENTARIOS
Columnistas