Historias de perdón y reconciliación en medio de la violencia en Cali

Historias de perdón y reconciliación en medio de la violencia en Cali

Agosto 29, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas El País
Historias de perdón y reconciliación en medio de la violencia en Cali

En la misma calle de Fanny han ocurrido otras tragedias. Jeison, al fondo, de 13 años, quedó en silla de ruedas por una bala imperdonable que vino quién sabe de dónde.

En esta ciudad no solo los asesinatos dejan huellas. Siguiendo el camino de la violencia, también es posible hallar historias inesperadas.

Once meses después, Fanny Córdoba Caicedo decidió perdonar todo aquello. Entonces, dice, fue como si se quitara un peso de encima. La frase de cajón tiene efecto sobre ella: cuando la repite, se endereza, acomoda la espalda, respira. En realidad algo parece ya no estar más ahí, encima de sus 43 años, hundiéndolos contra el suelo. Perdonar es un verbo que se conjuga en el corazón pero que se escribe sobre los cuerpos. En el tobillo derecho Fanny lleva tatuado el nombre de su esposo. Carlos, se lee allí, en una caligrafía despegada, de bordes mordidos. Aunque alguna vez pensó en tatuarse el nombre de su hijo asesinado, a John Mario Carmona prefiere llevarlo tan solo como recuerdo. El perdón, tal vez sea verdad, puede limpiar el cuerpo.A John Mario lo mataron el 16 de septiembre del 2012. Era domingo y esa mañana el sol caía en Petecuy como gotas de plomo ardiendo. John Mario se resguardaba bajo la saliente de un techo. Para ese momento su vida ya era distinta, jura Fanny; antes, mucho antes, es cierto, su hijo dio esos pasos que ninguna madre espera: en la foto donde lo muestra, el chico aparece posando al lado de otros cinco muchachos que no sobrepasan los 20. Uno de ellos empuña un arma al aire con el entusiasmo de un soldado callejero.Pero las cosas habían cambiado. A los 25 años, vuelve y jura su mamá, el ‘pelao’ era distinto. Junto a uno de sus hermanos había conseguido una carretilla y un caballo y trabajaba recogiendo escombros, basura, latas. John Mario había reciclado su vida: Dana Valentina y Sari Sofía, sus hijas de 4 y 3 años, habían sido razón suficiente para echar a la basura el pasado.Sin embargo en esta ciudad hay lugares donde la otra vida no puede enterrarse. Ese día a John Mario se lo recordaron con seis disparos en la cabeza. El chico estaba en la esquina de su casa. Su Papá y un sobrino de 6 años, lo vieron todo desde la ventana.Fanny está acomodada en una poltrona de patas ruñidas. Lleva un short de jean y blusa de tiras. A un lado de la sala, en una casa que puede recorrerse sin caminar, la familia guarda figuras para adornar antejardines: perros, garzas, tortugas, liebres. Aquella fauna de cemento, que venden yendo de puerta en puerta, es quizás reflejo de una vida real que afuera petrifica: algunas calles de Petecuy son una selva donde unos corren detrás de otros; donde unos cazan a otros; donde unos mueren a manos de otros.Desde la ventana, es cierto, se ve todo: la esquina, los chicos que pasan aventando miradas, el otro lado. Fanny señala con la boca y cuenta que allá están los ‘pelaos’ de Cinta Larga, la pandilla a la que pertenecía el asesino. El otro lado está quizás a cincuenta pasos. A cincuenta pasos, entonces, la selva. Lo que los estadígrafos de la muerte llaman fronteras invisibles, allá son marcas palpables sobre el asfalto, como tatuajes de bordes mordidos: de tal muro a tal poste, territorio de fulano; del árbol a la puerta roja, de mengano; de la tienda a la calle mocha, el dueño es sutano. Petecuy es uno de los barrios en disputa por varias de las 137 pandillas que hay en la ciudad. En Cali, según cálculos de la Personería Municipal, cada año nacen seis pandillas. Por lo menos 2.200 jóvenes están agrupados en ellas. Pensándolas como un ejército, las pandilla de Cali llegan a sumar casi la tercera parte de hombres que hoy tendrían las Farc. Fanny dice no saber las razones por las que mataron a su hijo. Jura no entenderlo. Si el pasado había quedado tan lejos como insiste, a John Mario Carmona pudieron entonces haberlo matado por las cosas que de ese lado de la ciudad también mata una pandilla: cruzar una calle prohibida, sentarse en un muro sin permiso, detenerse en una esquina que ya tenía dueño. Cuando el cuerpo del chico cayó sin vida, el asesino siguió pateándolo en el suelo. ¿Cómo alguien logra perdonar lo imperdonable? ¿Es en serio posible?***También en el Distrito de Aguablanca, esa otra ciudad donde viven cerca de 800.000 personas, el señor P, cuenta su historia. Es obrero, tiene 42 años y vive en El Vergel, quizás el barrio con más concentración de pandillas de todo Cali: 16. Patrocinados por jefes del microtráfico, varias de esas pandillas se han convertido en microempresas del sicariato. Los Lecheros, Los Calvos, La Tatabrera, El Caguán, Los Piojos, San Pedro, dejaron de ser simples combos para transformarse en despensas de oficinas de cobro. Las fronteras invisibles que entonces defienden de uno y otro lado, no solo son asunto de territorialidad sino de dinero. Cada bando se financia a través de líneas de la droga que se vende en determinados sectores; que alguien de otro lado atraviese una zona prohibida, en realidad, poco tiene que ver con el irrespeto a la territorialidad: de acuerdo con un investigador criminalístico que trabaja para la Personería, cerca de El Vergel hay una olla de droga que arroja ganancias diarias de cinco millones de pesos. El señor P se sabe la historia de memoria: sus dos hijos, de 17 y 20 años, hacen parte de esas pandillas. Lo que casi nadie sabe es que cada uno de ellos está en un bando distinto. El señor P habla refugiado en la casa de un vecino, implorando ocultar su nombre. Mientras lo hace, a veces sus ojos se llenan de lágrimas que él contiene en un esfuerzo semejante al que hace tratando de aguantar algunas palabras. La explicación para lo que sucedió con sus hijos es sencilla desde ese lado: cuando el mayor nació ellos vivían en una calle y entonces el chico hizo amigos que luego crecieron y lo reclamaron cuando fue más grande; cuando el hermano menor creció pasó lo mismo. La diferencia es que para entonces la familia ya vivía en otro lado; así que fueron otros los que lo reclamaron.El señor P dice que eso es cosa diaria por ahí. Para dar un ejemplo, cuenta la historia de un buen muchacho: su mamá, para blindarlo contra las amenazas, iba a recogerlo todos los días al colegio, lo llevaba a clases de natación, controlaba sus amistades. Los 'pelaos' de la esquina empezaron a molestarlo, mofarse, gritarle “raro”. El chico un día le pidió a su mamá que lo mandara lejos, a la casa de algún familiar donde no escuchara más gritos. Ser raro en ciertos barrios es algo parecido a estar contagiado de peste. Algunos se salvan con el exilio; apenas unos cuantos.En medio del dolor que le arruga la cara, el gesto del señor P cambia cuando habla de lo que ocurre en su casa cada noche: cuando sus dos hijos llegan al fin a dormir, se despojan de odios heredados y vuelven a ser hermanos. No importa que el bando del uno haya atacado al del otro; no importan ofensas ni juramentos hechos con fuego. Ambos pueden compartir el plato. Eso, que parece tan extraño del otro lado de la ciudad, allá también resulta sencillo: en Cali también pasa, es el milagro del perdón. El señor P, por primera vez, hace una mueca que se parece a una sonrisa.Edilson Huérfano es un sacerdote ortodoxo especializado en resolución de conflictos que asesoró a la Alcaldía de Cali. En Petecuy, Huérfano es una suerte de ángel. O eso al menos dicen algunas personas que hace tiempo lo vieron rescatar chicos que todos creían perdidos. Fanny Córdoba es una de ellas. Su hijo John Mario, antes de que todo lo demás ocurriera, un día fue salvado por el padre. Cuatro años atrás, cuando fue asignado para trabajar en ese sector como profesor de primaria, Huérfano empezó a acercarse a las pandillas que impedían que algunos niños llegaran hasta la escuela. Así, cuenta él, conoció algunas de las necesidades de esos chicos que andaban con un arma en el cinto. Y entendió que sus problemas no solo eran de dinero; lo que les dolía, dice el padre, era la invisibilidad: “Todo el mundo sabe que están ahí, que necesitan educación, trabajo, oportunidades. Pero nadie los ve, nadie los voltea a mirar. Eso para cualquiera es doloroso. Imagínese lo que pasa si a ese dolor se suma el hambre”.El padre pues, para tratar de conjurar la invisibilidad, puso en marcha un comedor comunitario, una microempresa de reciclaje, torneos de microfútbol. Dos años después, las pandillas La Tercera, Nuevo Sol, El Hueco y Frescura, decidieron dejar de matarse entre sí. Pero el padre un día se fue. Y con él todo aquello del perdón y la visibilidad. Lo que sucede entre las pandillas no es exageración: en las primeras 33 semanas de este año, la guerra entre bandos ha dejado 218 muertos sobre las calles de Cali; de ellos, 64 eran menores de edad.Huérfano, hablando de esos números, dice que esa es una de las razones por las cuales hace poco regresó a Petecuy. El primer trabajo que desarrolló fue el acercamiento entre Fanny Córdoba y los miembros de la pandilla de Cinta Larga. Es un comienzo, dice el padre. Fanny le da la razón. Alguien tiene que empezar, alguien tiene que dar ejemplo asegura ella, mirando al cielo. Quizás, piensa, otras madres, otras personas, sigan su ejemplo y también perdonen. Fanny dice que tiene otros cinco hijos. Así que aquello también es por ellos.Hacerlo, en todo caso, no fue fácil. Fanny habla de la muerte de su hijo y se toca la barriga como si todavía estuviera allí dentro. Entonces recuerda esos primeros días, los primeros meses cuando la muerte le dolía en el cuerpo. Tiempo después de que capturaran al asesino y ella hablara con los otros miembros de la pandilla, Fanny dice que ese dolor empezó a irse. Cuando hablaron, ella solo se limitó a decirles que los perdonaba. Eso bastó, recuerda para que algo empezara a sanar. Mientras lo cuenta, su cuerpo vuelve a erguirse, a enderezarse, recuperarse. El niño que vio el asesinato de John Mario Carmona se llama Daniel Andrés. Fanny cuenta que hace poco lo encontró afuera de su casa con una pistola de plástico en la mano. Cuando le preguntó lo que hacía, el niño le respondió que estaba esperando al tipo que mató a su tío. Fanny lo entró, le quitó el arma, le dijo que no lo hiciera, que su tío ya estaba descansando, que se olvidará de esa historia. Fanny vuelve a mirar al cielo y ruega que así sea. Ella también perdonó la muerte de su hijo pensando en ese niño que crece. No quiere que la historia se repita. El perdón, cree ella, tal vez pueda heredarse. Daniel, desde hace un tiempo según parece, olvidó donde quedó su pistola de plástico.Vea aquí la segunda entrega de este informe especial

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