Opinión: el lado oculto del Salsódromo - Feria de Cali 2017

Opinión: el lado oculto del Salsódromo

Diciembre 26, 2017 - 11:45 p.m. Por:
Ossiel Villada / Jefe de Redacción Online - El País
Salsódromo 2017 Desfile

Treinta escuelas de salsa participaron con figuras y pasos espectaculares.

Agencia EFE

Lo que nadie sabe es que el desfile estuvo a punto de colapsar. Y no precisamente por el aguacero, sino por manos criminales que usaron herramienta especializada para cortar cables de sonido y video en por lo menos cuatro paradas del show, cuando ya los bailarines estaban en escena.

Lo que nadie supo es que media hora antes de iniciar, desde el otro carril de la Autopista, lanzaron una lluvia de pólvora contra la cabina de sonido del punto de partida para generar caos entre el público. Y que, en las 48 horas previas, los operarios encargados del montaje recibieron botellazos, insultos, escupitajos. Que fue capturado un hombre cuando intentaba destruir una consola de sonido. Que un vehículo de carga intentó arrollar una de las graderías. Estuvimos a muy poco de que las mentiras viralizadas en redes sociales le costaran un muerto a esta ciudad.

Nadie sabe que el Salsódromo del lunes fue un laboratorio en el que se probaron exitosamente un nuevo modelo coreográfico y un nuevo esquema de movilidad. Ni que allí se hizo el primer experimento formal para avanzar en la idea de recuperar el antiguo Carnaval de Cali.

Los más de 50.000 asistentes no se dieron cuenta de que a última hora se corrió una ‘contrarreloj’ en la zona de camerinos para aplicar montones de laca sobre los cuerpos de 1.500 bailarines. Porque, ante la amenaza de lluvia, era un imperativo lograr mayor agarre en esas acrobacias que tanto asombran a los caleños.

Tampoco supieron que durante los últimos dos meses fue necesario educar a los 100 percusionistas bogotanos de la ‘Batucada Aainjaa’ en el toque de la campana salsera. Y tampoco vieron sus rostros de ansiedad, sobre el puente de la Carrera 56, cuando se asomaron a la boca del ‘monstruo’ que los esperaba.

Nadie supo que el maestro Andy Montañez, a sus 75 años, no dudó ni un segundo en ponerse una capa plástica, tomar una sombrilla, subir a una carroza y salir a exponer su garganta mientras toda el agua del mundo se le venía encima. “Yo a Cali no le fallo”, dijo.

O que los músicos del Grupo Niche y Guayacán estaban listos para salir, pero debieron renunciar a la idea de tocar cuando supieron que podían electrocutarse allí.

Nadie supo nada de eso.

Yo también, alguna vez, creí que hacer un desfile de la magnitud del Salsódromo era tan sencillo como lo creen esos que hoy escupen sandeces y comparten videos cargados de ligerezas.

Porque muy pocos se imaginan que detrás de cinco horas de goce en la Autopista hay diez meses de discusión de conceptos, análisis de ideas, lectura de documentos históricos, debates sobre políticas públicas, escucha minuciosa de toneladas de música, diagnósticos sobre el nivel artístico de las escuelas de baile, revisiones del estado físico de los bailarines, muchos domingos sacrificados en ensayos, tardes enteras repitiendo hasta el cansancio una coreografía, caídas dolorosas, moretones, esguinces, raspaduras.

Nadie pensaría que para lograrlo es preciso unir la rigidez de la matemática con la fluidez de la danza. Pero así es.

Muchas almas oscuras salieron a festejar el aguacero del lunes como una muestra de “Justicia divina”. Piensan, equivocadamente, que desearle el mal a Cali es la mejor manera de resolver los muchos problemas que la aquejan.

Cuando hablan del Salsódromo casi todos citan dos ideas erradas como si se tratara de una ‘receta mágica’. Que en Cali hay bailarines de sobra para hacer cinco salsódromos simultáneos, si quisiéramos. Y que nuestro objetivo debe ser “hacerlo como el Sambódromo de Río”.

Pero todos ignoran las cifras del éxodo de bailarines élite que ha sufrido Cali en los últimos cuatro años. Y casi ninguno sabe que los desfiles de Río y Cali nunca podrán ser similares, por la profunda diferencia que existe entre el canon del Samba y el canon del ‘estilo caleño’ en la Salsa.

En su discurso visceral, cargado de imprecisiones, no hay una sola alusión al funcionamiento de la cadena productiva que se ha creado en torno a la Salsa en Cali. Y separan, absurdamente, cinco elementos de una misma problemática que es necesario entender para aportar nuevas ideas al Salsódromo: espacio, tiempo, inclusión, financiación y gratuidad.

Por encima de todo, ninguna de esas almas tristes sabe que para un bailarín caleño no hay trofeo más valioso que estar en el Salsódromo. Que nada se compara con poder recorrer, aunque sea una vez en la vida, esa ‘Milla de la Danza y la Esperanza’. Que cuando gritan “¡A romperla!” no están lanzando una frase efectista. Que de verdad están dispuestos a romperse allí la vida.

Para saberlo tendrían que haber estado allí el lunes. Tendrían que haber visto volar sobre la Salsa a Yinessa Ortega, campeona mundial de baile deportivo en los World Games, quien salió con un ala rota, pero con el alma inundada de orgullo. O a Camilo Zamora, fundiéndose con el público en su mejor actuación hasta hoy como abanderado. O a Carmen Rosa Vargas, en la primera línea de un bello grupo de bailadores que dio cátedra de gozadera.

El 25, durante el Salsódromo, en la Autopista Sur hay un poder misterioso capaz de sacar las luces más profundas de los bailarines caleños. Incluso bajo un aguacero monumental como el que tuvimos. Por eso bailaron como tal vez nunca lo habían hecho. Con un energía casi suicida que aceleraba el corazón y los pies.

Lo comprobó un periodista angustiado que, a la mitad del desfile, les preguntó a los coreógrafos Viviana Vargas, Carlos Realpe y Nilson Castro si no era mejor parar antes de un accidente fatal. “¡Pa’lante, esto lo terminamos, hijueputa!”, respondieron todos sin el más mínimo asomo de duda.

Entonces el periodista lloró. Pero nadie lo supo porque sus lágrimas se fundieron con la lluvia. Y Cali era una fiesta bajo el diluvio universal.

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