Una película para entender la guerra en Siria

Una película para entender la guerra en Siria

Mayo 14, 2017 - 09:12 a.m. Por:
Por Yefferson Ospina / Reportero de Gaceta
Siria

Raghda, de 40 años, rebelde siria protagonista del film.

Tomada de www.asyrianlovestory.com

Amer, 45 años, conoce a Raghda, de 40, en una prisión siria, a donde ambos fueron llevados por hacer parte de grupos opositores al gobierno. Amer fue testigo de cómo los policías golpearon duramente a Raghda antes de arrojarla a la celda.

Durante los meses en que permanecen en la prisión, se comunican a través de un pequeño agujero que hicieron secretamente a través del muro que divide las celdas. Se enamoran y, una vez son dejados en libertad, contraen matrimonio.

Aquello ocurrió en 1994, cuando Sria era gobernada por Háfez al- Assad, padre de Bachar al-Assad, actual presidente de ese país.
15 años después, en 2009, Amer y Raghda son padres de dos hijos y viven en Yarmouk Camp, Damasco. La Primavera Árabe — las convulsas revueltas que habrían de cambiar el paisaje político del mundo árabe — estaba apenas en gestación y tanto Amer como Raghda hacen parte de grupos opositores del régimen de al-Assad.

Bob, de 4 años, y Kaka, de 14, hijos de la pareja, han visto durante todas sus vidas cómo su madre o su padre son llevados a prisión intermitentemente por sus creencias políticas.

Ambos, también, verán cómo el deseo de una revolución en Siria y la implacable voluntad de al-Assad por mantenterse en el poder y aplastar brutalmente cualquier intento de oposición, destruirán su familia, su país, su vida cómo algún día la conocieron.

Una historia de amor
El documental se llama ‘A Syrian Love Story’, fue dirigido por el cineasta inglés Sean McAllister quien durante 5 años siguió a la familia de Amer y Raghda en Siria, Francia, Líbano y Turquía.

Fue estrenado en junio de 2015 y obtuvo nominaciones como mejor película de no ficción en ‘The British Independent Film Awards’, ‘The European Film Awards’ y ‘The Critic’s Circle Film Awards’. Ganó como mejor documental en el Festival de Sheffield y este año fue presentado en el Festival de Cine de Cartagena como parte de la sección ‘La Guerra y la Paz’.

Las credenciales que acompañan a la película no son excesivas y, de hecho, pueden resultar innecesarias para el espectador que se sumerge durante 76 minutos en la historia Amer y Raghda. Una narración que prefigura todo el desastre que habría de sobrevenir en Siria, que cuenta desde su interior el despotismo del régimen de al-Assad pero que, más allá de convertirse en un filme político, es ante todo una película profundamente humana - universal - sobre las destrucciones que la guerra trae consigo.

Al comienzo el espectador comprende de inmediato lo difícil que resulta para un hombre, para una mujer, profesar de un modo público credos políticos opuestos al de Bachar al-Assad, y poco a poco va comprendiendo que para la pareja la idea de una revolución no es un asunto que se cruce en su mente de cuando en cuando, una esperanza fugaz, sino una necesidad existencial.

Ambos hacen parte de grupos de opositores que se manifiestan en las calles de Damasco contra el régimen y que constantemente están planeando mitines en las calles de la ciudad. Kaka, el hijo mayor, crece en medio de aquella ebullición política y es consciente a sus 14 años de la necesidad de oponerse a al-Assad.

La historia, sin embargo, da un fuerte giro cuando la madre Raghda es detenida por las fuerzas del régimen y es llevada a una cárcel.

Es, en este punto, que la narración se hace más íntima, más compleja, y construye la crónica del derrumbamiento moral de toda una familia. Raghda puede comunicarse por medio de llamadas telefónicas con sus hijos y su esposo: por teléfono, la pequeña de 4 años le pide que le cante para poder dormir y le pregunta cuándo regresará, si podrá verla al día siguiente.

Al tiempo, como una marea silenciosa, la posibilidad del estallido de una guerra se va haciendo cada vez más tangible y la hostilidad de las fuerzas del gobierno para con los opositores es mayor.

Es entonces cuando Raghda sale de la cárcel, en donde sufrió golpizas y torturas, para enterarse de que varios de sus amigos han sido asesinados por las fuerzas del régimen y para emprender una penosa odisea hacia Europa como refugiados. La nostalgia por su patria, la sensación de ser una extraña en Francia, la convicción de su obligación de luchar por liberar a Siria, obrarán en ella todo un derrumbamiento psíquico que acabará por destruir a su familia y hacerla regresar a ella a Medio Oriente.

Kaka, el hijo mayor, quien minutos antes había manifestado su deseo de enfrentarse al régimen de al-Assad, en medio de las ruinas de su familia, dice: “Odio al régimen y también odio a la revolución”.

***
El realizador americano Jonathan Nossiter dijo alguna vez que las películas del documentalista iraquí Abbas Fahdel son un antídoto necesario contra los “venenos racistas” que eran los filmes americanos sobre la guerra en Irak.

‘A Syrian Love Story’ es, de algún modo, un antídoto contra la mediatización del devastador conflicto sirio que pretende ponerlo todo en términos de buenos y malos, siempre, en función de los intereses políticos de algunos. Para Rusia los malos son los rebeldes armados por EE. UU.

Para Occidente, el único responsable del conflicto es el régimen de al-Assad. Un antídoto, sí, porque se trata de una película que, en primer lugar, es valiente: Sean McAllister grabó durante cinco años, recorrió Siria en los albores de la guerra e incluso fue detenido y encarcelado por el régimen durante el rodaje.

Pero además de valiente, es una película de matices en la que, más allá de afirmar, lo que el espectador encuentra es la intención de comprender. Comprender cómo se llegó a aquel estado de guerra; comprender y dar rostro a esos que los medios llaman rebeldes; comprender y dar rostro a eso que los medios llaman represión y, ante todo, comprender y dar rostro a aquellos que los medios llaman desterrados, refugiados, migrantes. Comprender la guerra en sus adentros.

Y, en ese trabajo de comprender, una de las grandes virtudes del documental es que lo complejiza todo, paradójicamente. Y es una virtud porque, justamente, la realidad es compleja, es un conjunto de grises que se niegan al blanco o al negro completo.

‘A Syrian Love Story’ lo pone todo sobre la mesa: la brutalidad del régimen de al-Assad, el deseo irrevocable de los rebeldes por morir intentando un cambio, la indiferencia de Occidente, y, como el teatro en el que todo aquello se desenvuelve, el desmoronamiento lento y cruel de la vida que trae consigo la guerra.

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