Laura Restrepo habla sobre su nueva novela 'Pecado'

Laura Restrepo habla sobre su nueva novela 'Pecado'

Marzo 20, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Carmiña Navia Velasco* | Especial para GACETA
Laura Restrepo habla sobre su nueva novela 'Pecado'

En la foto, la escritora colombiana Laura Restrepo.

Fotografía: Ekko von Schwichow / Cortesía Alfaguara 

Los siempre difusos límites entre el mal y la bondad son una de las obsesiones de la escritora. En la novela explora una estructura más suelta y usa una pintura, ‘El jardín de las delicias’ de el Bosco, como referencia.

La escritura de Laura Restrepo está siempre habitada por evocaciones, connotaciones, intertextualidades. En su nueva obra nos obliga a pasearnos por el Bosco y el Greco, por Cervantes, Shakespeare y Proust, por los llamados Padres de la Iglesia… porque desde todos esos lados son iluminados los fantasmas que arrojan luz sobre una escritura poblada de imágenes, de sentidos, de premoniciones… de reflexiones en profundidad. 

Todo este paseo tiene sin embargo un anclaje claro y definitivo: el cuadro ‘El Jardín de las delicias’, oleo de Hieronymus Bosch, el Bosco. Un hilo discursivo lo podemos encontrar en ese diálogo permanente con el profundo simbolismo que habita esta pintura. Es como si los relatos que constituyen el nuevo libro de Restrepo quisieran encontrar su lugar precisamente en ese universo extraño y misterioso que es la pintura.

[[nid:518397;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/03/p4gacetamarz20-16n1photo01.jpg;left;{“Muchos de los protagonistas de ‘Pecado’ ya habían dado vuelta por mis escritos previos, tal vez con otro nombre, de otra manera, con otra máscara, pero siempre con un mismo drama: su vínculo con el...Editorial Alfaguara.}]]

En ‘Pecado’ nos vamos a encontrar entonces con los límites entre el mal y la bondad, límites imprecisos que  a veces se oscurecen y en ocasiones se fulguran. Cómo si en el fondo de esta escritura se ahogara una pregunta por los juicios morales más evidentes en nuestra sociedad. Estos límites imprecisos son una de las obsesiones de la autora a lo largo de toda su obra. Muchos de sus personajes destellan ternura o acogida en medio de sus atrocidades y otros dejan ver ambigüedades y sentimientos negativos en medio de su aparente corrección.

En general toda tu obra es de novelas, generalmente extensas. Con este libro has ensayado el relato más corto, el cuento.  ¿Por qué quisiste ensayar un nuevo género? ¿Cómo te sentiste en él? 

Yo te diría que ensayé más bien una nueva estructura, más suelta, de escribir una novela. Tomé un argumento central y lo hice recorrer todo el libro: la peculiar relación que cada uno de los protagonistas tiene con el mal, o la forma como atraviesa por una zona de oscuridad moral en cierto momento de su vida.

 Utilicé también elementos comunes que marcan el libro de principio a fin, reapareciendo en cada capítulo, como el Jardín de las Delicias, del Bosco, cuadro que se vuelve una especie de punto recurrente y referencia unificadora. Quería buscar en la escritura algo cercano a la construcción de ciertas películas de tema único desarrollado en episodios más o menos autónomos, como ‘Amores perros’ u otra más reciente como ‘Relatos salvajes’. Me interesaba un tipo de construcción que puedes ver más en las series de televisión.

En cambio ese género literario que se llama “cuento”, en sentido tradicional, sigue sin interesarme mucho. Ni para escribirlo, ni para leerlo; salvo contadas excepciones, no acaba de empezar cuando ya terminó, y me deja insatisfecha.

¿Y cómo se siente luego de haber experimentado con este tipo de estructura? ¿Y qué piensas que esta experimentación exige a tus lectores, que reto les representa?

En términos de agilidad en la estructura, se ha visto mucha audacia en el cine y en las series de televisión, mientras que en la literatura se conservan las fórmulas tradicionales. Pero yo tengo la sensación de que está entrando en declive el predominio absoluto de la novela larga –el paquetote o ladrillazo-, como género predilecto de los lectores. Ya Cortázar proponía formas más juguetonas y creativas de estructurar…

Con ‘Pecado’ me gustó la idea de que cada capítulo fuera una suerte de novelita corta en sí misma, ligada a las demás por tema y por una serie de señas recurrentes que ya irá descubriendo el lector. Pero que al mismo tiempo tuviera  autonomía de trama frente a las demás. Piensa no más que hoy día miles de jóvenes leen en su celular,  y para eso requieren textos concisos, compactos. 

Me imaginé este libro como un racimo de uvas: cada uva vale por sí misma, y al mismo tiempo integra el racimo junto con las demás. El capítulo inicial se cierra en el último, y ambos operan como caja que contiene a los demás. Ojalá funcione, y los editores encuentren que valió la pena apostarle a la novedad. Yo por mi parte ya tengo otro par de novelas imaginadas de esa misma manera: un tema central que sea magnético, y un desarrollo, por decirlo así, “federalista”.

Y profundizando un poco en uno de los ejes que atraviesa el texto: ¿Por qué el Bosco? Es cierto que  se cumplen 500 años de su muerte, pero ¿qué te obsesiona o seduce en este cuadro que fascina a algunos de tus protagonistas?

[[nid:518396;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/03/p4gacetamarz20-16n1photo03.jpg;left;{La obra 'El jardín de las delicias', de el Bosco.}]]

Vamos a ver. ¿Qué es lo que narra ‘El jardín de las delicias’? Ni más ni menos que la gesta del pecado original. Ese momento enigmático y tremendo en que el hombre y la mujer comen la fruta prohibida,  en las alturas resuena por primera vez esa palabra condenatoria, pecado, y cae sobre la humanidad la maldición. Culpa de ellos, porque han pecado. ¿Han pecado? ¿Y cuál ha sido realmente ese grandísimo daño que han hecho? Difícil saberlo, aparte de haber comido unas ciertas frutas aparentemente prohibidas. ¿Por qué prohibidas? Difícil saberlo. Pero las consecuencias de ese acto son trágicas e irreversibles: a partir de entonces la humanidad queda condenada. Los cientos de personas que se paran todos los días frente al ‘El jardín de las delicias’, en el Museo del Prado, y lo observan con fascinación y perplejidad, no se estarán preguntando, bueno, ¿y al fin de cuentas qué fue lo que hicimos tan mal que amerita castigos tan feroces?

Si lo enmarcamos en el conjunto de tu narrativa, ¿cómo inscribes, ‘Pecado’, en ella?  ¿Crees que tiene una cierta continuidad o se aparta?  ¿Qué  aporta esta novela al conjunto?

Podría ser, creo, una especie de balance con respecto a lo anterior. Muchos de los protagonistas de ‘Pecado’ ya habían dado vuelta por mis escritos previos, tal vez con otro nombre, de otra manera, con otra máscara, pero siempre con un mismo drama: su vínculo con el mal. O al menos con aquello que hemos dado en llamar “el mal”, y que es una suerte de marea negra que si vives en un país como Colombia, te va envolviendo, te va envolviendo, sin que acabes de comprender cómo ni por qué. 

Y no solo en Colombia, desde luego: hoy en todo el mundo se vive como un sino la maldad de los pueblos privilegiados frente a los desposeídos, de los fuertes frente a los débiles, de los violentos frente a los pacíficos, la maldad destructora de la naturaleza, la crueldad del ser humano frente a los animales. Sientes que la maldad te envuelve, como la capa de ozono, solo que más compacta, sin tantos rotos. Y te entra la urgencia de algún tipo no de explicación, porque explicación no la hay, pero sí al menos de exploración, de buceo de fondo. Tratar de verle la cara al mal, y tratar de ver ante todo nuestra propia cara, cuando estamos enfrentados a eso tan todopoderoso y apabullante que se llama “el mal”.

Titulas tu libro con un nombre extraño: ‘Pecado’.  Puede levantar polémica, se trata de un término pleno de connotaciones negativas por un lado. Pero por otro, en el mundo actual no parece tener una significación importante. La posmodernidad pasas del pecado, pasa -la mayor parte de las veces- de cualquier exigencia moral… ¿Por qué ese nombre?

Quizá precisamente porque hoy  día es una palabra que suena más bien a misal, o también a bolero. Pero conserva su fuerza, su capacidad de inquietar, su misterio. Tal vez porque hemos visto cómo se derrumba una ética religiosa antes de que logre construirse una ética civil. Y hemos quedado en el limbo moral. Se nos desdibuja la naturaleza del crimen y los márgenes de la ética se hacen ambiguos, pero el sentido de culpa nos acosa igual. El remordimiento no deja de latir. A lo mejor desde algún rincón del pasado sigue al acecho eso que alguna vez se llamó pecado.

Finalmente, ¿qué mensaje especial envías a tus lectores de siempre o a los nuevos que se enfrentan con ‘Pecado’?

Ánimo, vámonos en este viaje por zonas oscuras, para atrás y para adelante en el tiempo en alas de esa vieja acechanza: la tentación, el deseo, el pecado. Por momentos será aterrador, pero por momentos será también soportable, y hasta cómico. Como todo melodrama humano.

*Profesora de Literatura en la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.

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