Homenaje a Héctor Lavoe, el jíbaro de La Cantera

Homenaje a Héctor Lavoe, el jíbaro de La Cantera

Junio 25, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Medardo Arias, Especial para GACETA
Homenaje a Héctor Lavoe, el jíbaro de La Cantera

El empresario Lary Landa, el cantante Héctor Lavoe y el periodista Merdardo Arias en la discoteca Juan Pachanga en Juanchito.

El escritor y periodista Medardo Arias evoca en estas líneas cómo la muerte siempre persiguió al cantante de los cantantes. Todo tiene su final...

Eso fue por allá a inicios del otoño de 1983. Yo era reportero de la revista Sucesos Nacionales e Internacionales en Bogotá, que dirigía Elvira Mendoza. La sede era una casona señorial de Teusaquillo; Elvira me señaló un escritorio que había sido del crítico de cine Alberto Duque, un costeño que vino a los pocos días para llevarse fotos y textos que había dejado en el cajón. Al poco tiempo de estar ahí, le manifesté a Elvira que deseaba ir a Nueva York y ella escribió una bella carta para la embajada. Por esos días, Avianca ofrecía vuelos baratísimos a Miami. Semanas después, me hallaba en Hialeah, uno de los conglomerados cubanoamericanos más grandes de La Florida. Lo de entonces ahí era una rumba pesada que terminaba en Coconut Grove, al amanecer, o en ‘After hours’ (amanecederos) de Biscayne, donde tocaban bandas como la orquesta Inmensidad, de Roberto Blades.Emprendí la ruta de Nueva York en el carro destartalado de dos ‘Marielos’ —como llamaban a los cubanos recién inmigrados— a través del puente de Mariel, cuando Fidel dijo que toda la escoria de la isla podía irse a Estados Unidos. Viajé con ellos desde Hialeah pues me ofrecieron viaje barato; después supe que con los US$200 que pagué hubiera podido tomar avión. Pero la experiencia de ir con ellos, no tuvo precio. Fue un viaje de 24 horas, con relevo, mientras yo dormía como un sultán en el puesto de atrás. A la altura de Cabo Cañaveral, desperté en la noche ante la pregunta del cubano: “¿Crees que el M-19 tomará el poder en Colombia?”; era una pregunta que muchos se hacían en el exterior.Cruzamos las Carolinas y aspiré, cerca de Richmond, en Virginia, el aroma de tabaco que expelían las chimeneas de la tabacalera más grande del mundo, anunciada en el camino por una valla enorme del Hombre Marlboro. Desayunamos en ‘South of the Border’ y cruzamos la noche de Baltimore, New Jersey y Atlantic City, antes de buscar a la mañana siguiente la isla de Manhattan.Desde Atlantic City, un chófer sirio me llevó a las puertas del Marymount Manhattan College, donde era profesor el poeta Harold Alvarado Tenorio. Harold me acogió en su casa y desde ahí inicié la aventura de convertirme en corresponsal de prensa en Nueva York.La primera crónica que envié fue sobre el discurso de Belisario Betancur en la ONU. Luis Fernando Caicedo le dedicó una página en Occidente, además de un informe especial en la revista dominical.Descubriendo a LavoeHabía conocido a Héctor Lavoe en Cali, través de los primeros conciertos programados por Larry Landa, el empresario que trajo la Fania All Stars a Colombia. Lavoe me pidió que le escribiera una canción dedicada a Colombia, que en ella nombrara a Cali, a Buenaventura y al río Magdalena. Eso fue en el desaparecido hotel Petecuy. Escribí unos versos, —sin música— y los entregué al cantante antes de partir a Nueva York. El tema nunca se grabó, aunque en el ‘lobby’ del hotel Lavoe la tarareaba, imaginando un poco cómo sonaría. Acabábamos de llegar de Buenaventura, tras un concierto histórico en el coliseo cubierto. En el retorno desde el Puerto —el bus venía compartido con la orquesta de Piper Pimienta— el cantante hizo detener el automotor para comprar Ron Viejo de Caldas, su favorito, y también por una urgencia estomacal. Dijo que no necesitaba baño alguno, y se internó en el monte; “en Puerto Rico nos limpiamos el culo con hojas”, gritó, antes de desaparecer en un paraje tupido cercano a Cisneros, ante el abucheo de toda la orquesta.Ya a punto de descender hacia Cali, a la altura del kilómetro 18, el conductor empezó a dar bandazos contra las defensas metálicas que separan la carretera del abismo. Lo hizo al menos en tres ocasiones. La gritería cundió por todo el bus. Yo venía dormido, no había tenido tiempo de descansar antes del viaje. ‘La Puchi’, mujer de Héctor Lavoe, estaba histérica e instaba a Larry a que golpeara al conductor: “¡Cañonéalo Larry, cañonéalo!, gritaba, y el chofer empezó a llorar como niño y pedía ser perdonado por su falla involuntaria.Mientras recibía agua en el rostro y un lamparazo de ron que le pasó Lavoe, Piper no salía de su asombro. “¡Nos salvamos, hermano, nos salvamos!”, decía. Pero otra experiencia límite, en viaje, volvería a unirme a Lavoe en Nueva York.Junto a la estrellaHéctor vivía en Jamaica Boulevard, al final de la ruta del Tren D que remontaba Queens; era el otoño del 83 y tenía un toque en Miami y otro en Cali. Yo había desistido ya de la idea de ser corresponsal y todos los días miraba mi tiquete de regreso. Mi primer hijo tenía apenas 2 años y su recuerdo tiraba más que una yunta de bueyes. Había dejado Cali casi al tenor de una canción de Héctor: “Ella va/ triste y vacía/ soñando una pasión con amargura/ por aquel que le decía/ que era su amor y su locura…”Pero en el Nueva York de entonces, el ‘Hit Parade’ de Radio Wado, y la ‘Super KQ’ estaba capitaneado por otra melodía: ‘Juanito Alimaña’. Había decidido viajar con Héctor y su orquesta hasta Florida, para remontar luego a Cali. En las noches previas al viaje lo acompañé a una sala de ensayos, ‘Studio Z’, en el Bajo Manhattan, situado en el piso once de un edificio que parecía arrasado por Atila y sus bárbaros. Héctor me presentó a uno de los cocodrilos sagrados de la época dorada con Willie Colón: el pianista Joe Torres: “Este es el hombre que se come los guineos, y se fuma las cáscaras…”, me dijo.Torres, silencioso, sonriente, se entregaba a lo suyo; descargas para acompañar el ‘salsaperiódico’ de Héctor, una virtuosa improvisación en la que, sonero puro, iba creando versos, robateos, dichos chispeantes, a partir de la página de crímenes del Diario La Prensa. Nombraba también a Cali y Juanchaco, a su “amigo Medardo, de Colombia, aquí presente”, y todo lo que le salía del magín.Tomamos un jumbo de Eastern Airlines rumbo a Miami. Por entonces, la sección de fumadores de los aviones estaba en la parte de atrás y la orquesta ocupó ese lugar. Sólo que, para mi sorpresa, encendieron cigarrillos de marihuana. La azafata pasaba sonriente y esta actitud complacida hacía creer que aquello no era delito alguno. Debíamos llevar 20 minutos de vuelo, cuando fui sacado, literalmente, del baño, por una azafata. Había una emergencia y debía regresar a mi puesto. Cuando volví y me ajusté el cinturón, vi que el sacerdote que venía a mi lado tenía la Biblia abierta y le temblaban las manos. A través de la ventanilla vi otra vez las luces del aeropuerto JFK. No sabía lo que pasaba. Ambulancias y máquinas de bomberos hacían girar sus luces. Al enorme jumbo de Eastern se le había apagado una turbina, debió retornar a Nueva York y todo ahí estaba preparado para un siniestro.‘La Puchi’ iba de un lugar a otro del JFK pidiendo que nos pusieran un avión a Miami “inmediatamente” y golpeaba en el mostrador de Eastern. “Esto es una ofensa para Héctor Lavoe, el cantante de cantantes”, gritaba. Él y los músicos, conocedores del temperamento de esa mujer pequeñita y furiosa, pedían calma. Nos sentamos en el piso y ahí empezó una descarga que en minutos atrajo la atención. Milton Cardona, uno de los congueros que más sabe de percusión batá en Nueva York, empezó acariciar los cueros con la yema de los dedos; Lavoe cantaba a ‘capella’: “Aguanile, aguanile… santo Dios/ santo fuerte/ santo inmortal…”Rey de la impuntualidadLo recuerdo ahora y me erizo, pues en esa película en blanco y negro del pasado regresa también la imagen del pequeño club aledaño al aeropuerto de Miami, en Le Jeune Road. Allí, en ausencia de un maestro de ceremonias, debí presentar al Jibarito de Ponce. Subí a su habitación para avisarle que ya la orquesta estaba lista en tarima. Y el club, atestado de caleños y cubanos, reclamaba que apareciera. Pero él era el Rey de la Impuntualidad, un genio caprichoso que hacía lo que le dictaba la marea interna de su destino. Con todo, la gente lo adoraba. Cuando fui a buscarlo, estaba de frente al televisor, abstraído en la película ‘Rambo’. De pronto tomó conciencia, se paró como una exhalación, se metió con ropa y todo bajo la ducha, y salió de ahí echándose una Polo de Ralph Laurent, con el frasco en alto. Se enfundó en un chalequillo y salió corriendo hacia el ascensor. Yo detrás. Una vez lo presenté, brincó al escenario y sin preámbulos inició con ‘El cantante’. El sitio, a reventar. Al día siguiente, el propietario del hotel pidió que le pagaran el “daño” hecho Lavoe en su habitación: con marcador había pintado, a todo lo ancho de una pared —él que era discípulo de Changó— a Santa Bárbara. No dibujaba mal; al pie, había escrito, casi como un grito de auxilio: “Santa Bárbara bendita, ampárame”.Cinco años después me enteré en Panamá que Héctor acababa de saltar del octavo piso de un hotel de San Juan. La noticia venía en primera página del diario ‘La Estrella de Panamá’. A partir de entonces, transcurrieron cinco años de viacrucis hasta su muerte el 29 de junio de 1993.En 1998 fui en viaje de luna de miel a Puerto Rico; andábamos por San Juan en un carro alquilado. Al dar reversa en la zona hotelera, me estrellé contra unos bolardos. Al bajarme a constatar el daño, el botones que acudió en nuestro auxilio dejó saber que era ese el hotel ‘Regency’, donde el cantante había sumado otro apodo a su acervo: ‘Superman Lavoe’, al lanzarse del octavo piso, un domingo de junio, hacía diez años.Entendí la señal. Miré hacia las habitaciones de arriba y fue como si lo viera caer hacia la noche, la misma de la que no ha querido irse, la que no lo olvida.

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