Café Tabú: el lugar donde se escribió la historia política de Cali

Abril 26, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
Café Tabú: el lugar donde se escribió la historia política de Cali

En el corazón del centro de Cali, en los bajos del edificio Zaccour, allá en la Carrera Tercera, entre calles 11 y 12, se levantaba el mítico Café Tabú, que durante más de medio siglo de historia fue lugar de encuentro de periodistas, escritores, poetas y políticos. Más que eso, un salón sencillo que ayudó a preservar un ‘arte’ escaso en estos tiempos de chats y emoticones: la tertulia.

En el corazón del centro de Cali, en los bajos del edificio Zaccour, allá en la Carrera Tercera, entre calles 11 y 12, se levantaba el mítico Café Tabú, que durante más de medio siglo de historia fue lugar de encuentro de periodistas, escritores, poetas y políticos. Más que eso, un salón sencillo que ayudó a preservar un ‘arte’ escaso en estos tiempos de chats y emoticones: la tertulia.

Fernando Hernández empuja un nuevo sorbo largo de su aromática impregnada con zumo de limón  antes de interrumpir a su compañero de tertulia: “¿Sabés qué creo? Que en el Tabú, más que de política, de lo que se hablaba realmente era del poder”. 

Quien lo escucha con oídos benévolos es William González. Ambos son periodistas veteranos, casi en retiro. Ambos aprendieron a ganarse la vida con la palabra. Y ambos reconocen sentirse ahora desplazados: esta conversación no debería suceder en el  lugar donde están sentados esta tarde; habría resultado más grata en el viejo salón de siempre, ese de piso de mosaico y ventiladores estrepitosos, que se encuentra con solo cruzar la calle, acomodado en los bajos del edificio Zaccour. Allí ha funcionado durante el último medio siglo uno de los espacios más emblemáticos del centro caleño: el Café Tabú.

La charla entre los dos ocurre durante una tarde de cielo plomizo —que amenaza con soltar un pesado aguacero sobre la ciudad—  en  una de las mesas del Café Andino, que como el Tabú ocupa su espacio sobre la Carrera Tercera, entre Calles 11 y 12. 

Fue uno de los refugios que clientes como Fernando y William hallaron mientras se decide la suerte del Tabú, que cerró el pasado sábado 11 de abril, y cuya fachada estrecha parece perderse hoy, sin remedio,  entre  puestos de ventas de zapatos y de medias, de dulces y de cigarros, de películas y de música, de juegos de azar y de casinos que se levantan a lo largo de esta cuadra.

 Ya han pasado diez días desde el cierre y ninguno de los dos está seguro de si el Tabú volverá a abrir sus puertas. “No sabemos qué pasará, unos dicen que simplemente está en remodelación porque lo compró un nuevo dueño”, dice William.  Fernando asiente y agrega que “el sábado que cerró, algunos se rascaban la cabeza y otros iban hasta la esquina y se devolvían en silencio. Otros más parecían viudos, extraviados en una calle que tanto conocían”. 

De la suerte del Tabú tampoco tiene certeza ‘Mayita’, hacedor de declaraciones de renta, lector entusiasta de Óscar Wilde y Lord Byron y sobre todo furioso uribista, que tenía su ‘oficina’ en este lugar. No la conoce Guillermo Muñoz,  embolador, que se vio obligado a prometer zapatos lustrosos en otros lados; ni Luis Álvaro Sánchez, un curtido reportero de canales de televisión locales que solía citar en el Tabú a sus fuentes y los clientes de la pauta.  

Bajo el discreto cartel que anuncia el nombre del Café —escrito en letras rojas y mayúsculas— alcanza a leerse de lejos otro más iluminado que termina de confundirlo todo: Cine XXX Multisex. El café y este teatro porno han compartido la misma entrada durante los últimos cuarenta años. Es lo que asegura ‘Espartaco’, el hombre que vende por $5.500 la entrada a cada una de las dos salas del lugar, a las que se llega por unas escaleras profundas y ligeramente iluminadas con luces azules  bajo las que se apinan  algunos  empaques de condones, destapados por amantes furtivos o parejas que buscan amores de emergencia.

A su lado, el Café Tabú luce desangelado y triste. Mientras, en las calles vecinas, en las esquinas del centro, sus visitantes de siempre intentan reconstruir el esplendor de antaño con las cenizas de sus propios recuerdos.

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Lo curioso, cuenta Luis Eduardo Martínez, periodista radial y visitante del Café Tabú durante tres décadas, es que fue justamente otro 11 de abril, pero de 1947, cuando el lugar abrió sus puertas. Se dice que su dueño original fue Renzo Benassi, un italiano que llegó a la ciudad muy joven, “un 2 de enero de 1945”, como él mismo contó, y que a la postre terminó tan enamorado de esta sultana que acabó por apadrinar y servir de dirigente deportivo al equipo de sus amores, el Deportivo Cali.    

Fueron otros tiempos. Una ciudad que apenas se estaba quitando su traje campesino. Ya desde entonces el Tabú comenzó a cultivar la tradición que sigue viva en la memoria de todos: servir de escenario de tertulia para políticos, escritores, poetas y periodistas. Un lugar para reivindicar el poder de la conversación, de la tertulia, de la palabra. Un lugar para hacer de esta última una necesidad, una vía para encontrarse o para salvarse del extravío.

Lo supo desde niño Eduardo Figueroa que con el tiempo acabaría heredando no solo el mismo nombre sino el oficio de su padre. El hombre cubría la información local para el diario El País, entonces ubicado a pocos pasos, en la 10 con Carrera 5. “Cuando me mandaban de la casa a buscarlo, sabía que si no estaba en el periódico lo encontraría en el Tabú; esa era como su otra oficina”, relata el hijo. 

Hasta allá llegaban no solo Eduardo padre sino decenas de colegas, a la espera del secretario, el concejal, el alcalde o incluso el mismísimo gobernador que, como ellos —después de las 8:00 a.m.— buscaban despejar la mañana con un tintico o un pintado. 

Lo recuerda también con nitidez Fanor Luna, otro veterano reportero, que en los 60 debía llegar con las noticias políticas a El País. “El Tabú era, entonces, como estar en otra sala de redacción”, dice ahora. 

Fue allí, en las mesas de este Café donde Fanor entrevistó a personajes de la vida pública como Marino Rengifo, gobernador del Valle, y a Julio Riascos, alcalde de Cali. A líderes liberales como Gustavo Balcázar Monzón y Carlos Holmes Trujillo; a conservadores de fuste como Humberto González Narváez y a senadores como el abogado Armando Barona Mesa, que lo mismo podía conversar sobre leyes que sobre los autores del Boom. 

Lo hacía en improvisadas ruedas de prensa, apenas interrumpidas por lagartos de ocasión que deseaban un puesto, un contratico o “un billetico del doctor”.  

Era en el Tabú donde se conformaban y discutían los gabinetes departamentales y municipales de los años 60, 70 y 80. Por eso es que Fernando Hernández está seguro de que, más que de política, lo que importaba realmente en las tertulias  del Tabú era el poder.   

William González, que fundó hace cuarenta años el periódico El Reflector, conseguía así, de primera mano, los chismes políticos que después dejaba con letras de molde en sus páginas: “los nuevos nombramientos, las listas para Concejo, para Asamblea, para Congreso. La suerte de Cali y el Valle se ‘arreglaba’ amablemente aquí”.  

Lo propio hacía Francisco González, más conocido como Frisco, quien también sacaba provecho de lo que se decía en esas mesas, pero para convertirlo en sátiras para su legendario periódico El Gato.   

Eran muchos los que llegaban al  Tabú al día siguiente con uno de sus ejemplares bajo el brazo. Entonces la liturgia de la mañana consistía en reír a carcajadas con cada una de las ocurrencias de sus creadores. Las risotadas se escuchaban al unísono, porque “una vez dentro, poco importaba si se era liberal o conservador; eso lo dejabas en la puerta. Podían ocurrir las discusiones más encendidas, pero siempre se debatía con ideas, no con los improperios y ofensas con que la gente habla hoy de política”, comenta William.    

Con los años, los funcionarios públicos dejaron de asomarse por el Tabú, obligados a refugiarse en sus despachos de aire acondicionado, sus escoltas y sus camionetas blindadas. Luis Eduardo Martínez, el periodista radial, advierte sin embargo, que la tradición del Tabú no se perdió del todo.

“Aun se cree que el candidato que no visita el Tabú pierde las elecciones. Por eso por aquí hemos visto pasar, en plena campaña, al propio Álvaro Uribe Vélez, cuando apenas tenía el 1,2% de intención de votos; a Horacio Serpa; a Gustavo Petro, a Sergio Fajardo, a Claudia López y al finado Carlos Gaviria. ¿Qué les podía garantizar más prensa que un sitio  siempre  frecuentado por periodistas?”.

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Si lo cerraran definitivamente, se lamenta Fanor Luna, se acabaría el “último tertuliadero de Cali”. Fabio Marín Ramírez, otro de sus clientes, extrañaría esos dos ‘artes’ que aprendió  entre sus paredes: tertuliar y ‘tintiar’. Y hasta dejaría de tener sentido aquél refrán famoso del que tanto se acuerda Rafael Lema, otrora diagramador y diseñador de periódicos, que salía a relucir cuando se especulaba de alguien con abstinencia sexual: “más cargado que café del Tabú”.

Fernando Hernández, que más que periodista ha sido escritor excelso, comenzará a extrañar, esta vez para siempre, tantas mañanas en las que aquí no solo tropezó con el escenario de sus noticias, sino con el escritorio improvisado donde pulía sus cuentos y poemas. 

Y  Luis Eduardo Martínez tendrá que evocar con más frecuencia, para que a nadie se le olvide, a los personajes infaltables del lugar.  ‘Caravana’, negro elegante, siempre vestido de sombrero, que le debía su buena fortuna a su oficio de importador de carros. Los locos nadaístas Jotamario Arbélaez y Elmo Valencia, que se burlaban a hurtadillas de las trascendentales discusiones  que los políticos atizaban en las mesas contiguas. Y el mismísimo padre Alfonso Hurtado Gálvis, que no tenía reparos en compartir su café mañanero, a sabiendas de que varios de sus contertulios llevaban años sin poner un pie en la Catedral.

Alberto Aguirre lo dijo alguna vez:  el exilio de las fronteras no es igual de fuerte al exilio del corazón. Eso siente ahora Fernando, que piensa si quizás deba colonizar, como otros pensionados, una banca de la Plaza de Cayzedo, para “tomar tintos de termos ambulantes, a $500 y ver loteros, vendedoras de chance y viejecitas con la Biblia perorando sobre las nuevas Babilonias del país. Para comer pandebono de maíz al frente, en Mordiscos. Para ver cómo pasa la vida al aire libre como una oruga con gafas de sol”.

Parados junto al letrero que en los buenos tiempos daba la bienvenida al Café Tabú, al sitio donde la vida olía a tinto recién colado, Fernando y William no dejan de mirarse con resignación.

 

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