Informe exclusivo: denuncian mafia detrás de mina de San Antonio, Santander de Quilichao

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Diana Carolina Ruiz G. | Reportera de El País

Barequeros de todo el país llegan hasta el socavón buscando la fortuna, pero encuentran la muerte. Dicen que en la mina de San Antonio ya han muerto por lo menos 40 personas. Reportaje.

Miedo y silencio. Eso es lo que siembra la minería ilegal a donde llega. ‘Agualimpia’, como llaman al socavón a cielo abierto en el que un derrumbe en la noche del miércoles mató a tres personas y sepultó a otras 13, no es la excepción. En San Antonio, corregimiento de Santander de Quilichao, referirse a la operación de la mina puede significar la muerte. Por ello, pocos hablan y nadie revela su nombre. “Lo que tiene que saber es que los dueños de esta mina no son unos ‘chichipatos’, que están forrados en plata, que tienen escoltas, que hay vigilancia armada de noche y que a uno lo tienen vigilado. Si uno da nombres lo fichan y lo matan”, dice un minero.A diferencia de lo que afirman algunas autoridades locales, como la Secretaría de Gobierno de Santander de Quilichao, en el sentido de que la guerrilla está detrás del funcionamiento de estas minas, lo que dicen los lugareños es que hay una mafia organizada a la que muchos miran con beneplácito y agradecen la generación de empleo en la zona.La historia que circula en la región es esta: hace cuatro años, un minero llamado Alberto descubrió que los terrenos junto al río Quinamayó estaban llenos de oro. Cuentan que poco a poco Alberto, en asocio con mineros de Pasto, contactó a los dueños de terrenos para montar los primeros entables.Por prestar la tierra, el dueño recibía entre 15 % y 18 % de la ganancia de cada entable, tarifa que aseguran, se mantiene. Las vetas de oro, al principio, dieron millonarias ganancias. La zona tomó fama y el rumor se propagó. Pastusos, caucanos y paisas comenzaron a dominar los entables. De las ganancias, según testimonios, también se sacan porcentajes de vacuna para pagar a la guerrilla y a algunos representantes de las autoridades que dicen que ayudan a evitar los controles.El manejo de las más de 150 retroexcavadoras en la zona está a cargo de sus propios dueños. Uno solo puede tener entre tres y cinco máquinas. Cada retro puede costar $300 millones. Algunos dueños la alquilan a $100.000 el día. Se estima que más de dos mil personas de zonas como Buenaventura, Caldas y Nariño hoy extraen oro de estas tierras (Más información: Minería ilegal: ¿qué impide ponerle freno?).“Se mueve tanto poder que aquí, bajito, en el último año, han muerto 40 personas. No solo porque les caen piedras o se ahogan en los socavones. También porque hay mucha disputa por el oro. Fichan al personaje y lo desaparecen”, dice una habitante de San Antonio, que como la mayoría en esta historia no se atreve a dar su nombre. Como la mina de la tragedia, hay por lo menos 50 más a lo largo del río Quinamayó. Las autoridades, en cálculos extraoficiales, señalan que más de 50 hectáreas de terreno han sido intervenidas por las retroexcavadoras y los barequeros.“Lo paradójico de esto es que son poquitos los que en San Antonio se benefician de la mina. El daño ambiental para nosotros es terrible porque se están acabando las tierras para la agricultura”, sentencia un líder del Consejo Comunitario de San Antonio.Mineros errantesComo ocurre en la mayoría de minas de este tipo, la fuerza de trabajo está compuesta por cientos de trabajadores itinerantes que van de un pueblo a otro siguiendo el rastro del oro. La clave es asegurar el pasaje para llegar al destino. Jhon Jairo Rojas, de Tarazá, Antioquia, llegó a la mina de San Antonio empeñando el televisor de la casa. Vino del Urabá porque en una finca no se ganaba ni la mitad de lo que alguna vez recogió en minas ilegales de Briceño (Antioquia), el litoral Pacífico, incluso en Zaragoza, en el Valle.“Fíjese: Jorge, mi amigo que quedó sepultado, había empeñado la moto. Cuando cayó la tierra ya tenía pepitas de oro en el canguro para salir. Eso pasa mucho, si no se arriesga un huevo no se tiene una gallina”, explica Jhon Jairo.Ser un minero errante, dice Rodrigo Mosquera, tiene sus ventajas. “Usted trabaja a su modo, con su horario, sin que nadie moleste. Los $500.000 que invierto para venir los recupero en una hora”. Él, hace tres meses, llegó a San Antonio después de un largo viaje por minas de Santa Marta, Barbacoas (Nariño) y Popayán. Encontrar gente de Chocó, Caldas, el Litoral Pacífico y otras regiones en este rincón del Cauca, no es coincidencia. “Todos hablamos con todos y donde haya minería ahí verá a los errantes. No importa el peligro, lo que importa es comer”, dice Fernando, un barequero que espera que la tragedia pase para retornar “a la normalidad”, a la búsqueda del preciado oro.“Barequeo con hambre, con lluvia”: el relato de una minera de San Antonio“Yo vengo de Buenaventura, toda la vida me dediqué a la minería. Comencé desde pelada en Raposo, en el Litoral, y después me fui de desplazada al Puerto. De aquí (San Antonio) decían que estaba buena la cosa, que había buen oro. Me llamaron y vine con nueve amigas, todas desplazadas. El minero no sirve para estar en un solo sitio, porque no siempre la cosa está buena. Por ejemplo, en Zaragoza, uno sacaba $20.000 o $30.000, nunca me tocaron los millones.Luego me fui para Timbiquí y allí estaba malo, malo. Me devolví a Raposo y nada. Uno va preguntando y así llega a los sitios, se ‘noticea’ entre los conocidos.¿Que si me han pasado accidentes? ¡Claro! Una vez me cayó una piedra en la cabeza y se me durmió la lengua por tres días, la tenía encalambrada. Eso fue en una mina en Raposo. No crea, esto es muy duro. Míreme el dedo (muestra el índice de la mano derecha), se me quedó tieso de mover la batea. Es que no crea, este cuerpo tiene 45 años y se queja. Hay días en los que a uno le duelen los brazos, la espalda, la cadera. Yo me pongo una piedra en la espalda, me la amarro con un trapo y me meto a raspar la tierra. Uno toma aire, se mete al agua, raspa y vuelve y sale y así se está todo el día cuando está hondo. Sin mentirle, a veces yo siento que los músculos de las piernas se me engarrotan, vea, ese dolor no se lo deseo a nadie. Me he cortado hasta tres dedos, míreme las uñas, ni me volvieron a crecer. La gente cree que uno disfruta esto, pero es falso, a mí me toca barequear con hambre, con lluvia, como sea. Las punticas de los dedos se le abren a uno y eso bota sangre y sangre.Cómo no me voy a aguantar el dolor. Es que no hay de otra, no hay empleo en ningún lado y uno no se puede poner a esperar. Tengo cinco hijos, tres de ellos están en bachillerato, al de 8, la de 12 y la de 15 les piden cada cosa y cuando no hay para darles uno se desespera. Toca pagar internet, cartulina, que lo de la semana deportiva... Imagínese, la semana pasada les pidieron plata para unas camisetas y pues me vine para acá a San Antonio para ver si les mandaba algo y justo ocurre la tragedia. No he hecho la primera lavada de oro y ya estoy sin lo del pasaje para devolverme a la casa. Es que igual, allá no hay trabajo, pasa uno hoja de vida para barrendera de calle y nada. Estuve trabajando de cocinera, pero eso es muy esclavizante. Dígame, a mí dónde me van a contratar a esta edad y sin saber leer. Yo ni estudié... por eso les digo a los hijos que estudien pa’ que no les toque la suerte de la mamá. Donde uno ve la oportunidad del oro, uno pega para allá sin pensarlo. ¿O qué quiere? ¿Que me ponga a robar?”.

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