Ernesto McCausland revela el secreto del Joe Arroyo para componer sus canciones

Julio 26, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Por Ernesto McCausland Sojo, director de El Heraldo

El reconocido cronista y director del periódico El Heraldo tuvo la suerte de conocer y compartir momentos de gran intensidad con el desaparecido artista. ¿Por qué componía sus canciones en el baño? Esta es la historia.

A lo largo de 27 años de periodismo y amistad, conocí a muchos Joes, como si dentro de un sólo hombre conviviera y revoloteara un enjambre de inquietos espíritus, unos angelicales, otros demoníacos. Al primero de los Joes lo conocí en 1984, en el llamado castillo de Boyé, barrio Abajo de Barranquilla. El músico acababa de pasar por uno de esos momentos que sólo eran posibles en su vida, un instante en que parecía haber bajado a los infiernos y de un momento a otro había terminado bañado en gloria.Ya se ha contado lo suficiente de la primera parte de aquel crucial capítulo, que había transcurrido entre el día de las brujas de 1983 y este carnaval de 1984. Joe Arroyo —como si su marca de nacimiento fuese la supervivencia— había escapado a las volandas de una gravísima crisis de hipertiroidismo, en el Hospital Universitario de Cartagena, reemplazando con creces a Oscar de León en la caseta La saporrita de Barranquilla. De aquellos momentos había surgido una de sus más vibrantes composiciones, Tumbatecho, en cuyas alas el artista voló por el aire hirviente del coliseo en esa tarde de apoteosis. Tan delgado que se hacía irreconocible, tan distinto a aquel mulato corpulento que había adquirido celebridad con Fruko y sus Tesos, Joe Arroyo cantó esa tarde con su voz intacta, logrando llevar al público a un estado de paroxismo sin precedentes en la historia del evento. Joe era en ese instante un canario lastimado, huesudo y de plumas opacas, que sin embargo lograba sacar de adentro el trino majestuoso de siempre. Eso le valió el tercer congo de oro de su vida y el primero con su propia orquesta, La Verdad.Al día siguiente, por la tarde, en medio un carnaval que agonizaba, salí a buscarlo. No recuerdo cómo fui a dar al famoso castillo, que en realidad era una casa muy vieja y descascarada, en la que no había un solo mueble. Alguien debió decirme que Joe vivía allí. El artista, proclive a la reclusión, salió y me atendió. Firmó un autógrafo para los barranquilleros y dijo sentirse agradecido por el respaldo del público en el Coliseo. Luego lo vi caminar lentamente, con la majestad de un rey, a su ruinoso castillo.Años más tarde, en una de muchas conversaciones que sostuvimos, ya en su cómodo y refrigerado caserón de la carrera 38, —su verdadero castillo— Joe Arroyo me relataría un cuento fabuloso del caserón de Boyé, la madriguera mustia de los años bohemios, epicentro de rumbas memorables. Según Joe, en cierta ocasión transcurría allí un fiestón, con la presencia de grandes figuras de la música. Recuerdo que citó varios nombres célebres que para la época ya debían haber muerto, incluyendo a Ismael Rivera. Pero Joe no era precisamente un dechado en rigor histórico. Su mente sabía volar, aunque lo esencial del cuento —pude comprobar después— era cierto. En lo mejor de la rumba, la cual transcurría en medio de una densa nube de sospechoso humo de color oscuro, alguien desde la ventana vio una patrulla de la policía parqueada y a un par de agentes que caminaban directo hacia la casa. El ‘campanero’ dio la alarma y todos los presentes salieron huyendo hacia el patio, volándose la paredilla y desapareciendo del lugar. Sólo quedó allí la dueña de la casa, quien desde la ventana atendió a los policías con expresión inocente y casi estalla en risas cuando los escuchó decirle:—Doña, ¿nos regala una jarra con agua para el radiador de la patrulla?Joe contaba la historia con esa risa burlona que le era inherente, como si no se acostumbrara nunca a los extraordinarios sucesos de su propia vida: los tiempos en que durante el día era el niño prodigio que hacía solos en la coral de la Catedral de Cartagena, mientras que por la noche entonaba boleros y sones en los prostíbulos de Tesca, hasta que el profesor de química del colegio, conocido como "El meteorito", acudió a uno de esos antros y lo sorprendió en el escenario, haciéndolo expulsar de inmediato del colegio; o —muchos años después— la grabación del video de Homenaje a Irene Martínez, el instante fatal en que Joe se negó a ponerse unos lentes de contacto de color ámbar en los que Sony Music había gastado mucho dinero para su caracterización de "Hombre lobo". ("¡Uy, zona, esa vaina me puede dejar ciego", decía Joe mientras los productores intentaban convencerlo de que no desechara aquella costosa pieza de maquillaje.)Resumir la vida de Joe Arroyo en cualquier obra literaria o televisiva será siempre una tarea difícil. Quizá hay vidas más simples, más sintetizables, que no marquen tan categóricamente la diferencia entre lo que se puede y no se puede contar, entre la paradoja de aquella humarada sin fin y la elocuente devoción cristiana; entre la calidez de la amistad sincera y sus súbitos afanes de confinamiento. Los 55 años que vivió Joe Arroyo, desde los tiempos en que hacía resonar su voz sublime en el tanque con el que cargaba agua en el pozo comunal del barrio Nariño, hasta su misma muerte, que no fue sino una última triste verdad en medio de una ola de viejas falsas noticias, fueron intensos.De la confianza que alguna vez me otorgó, guardo un recuerdo en especial, el más grande de todos. A raíz de una entrevista que había concedido a la televisión nacional, en la cual Joe dijo que se inspiraba para componer en el baño, yo pretendí burlarme, diciéndole que esas eran vainas de un tipo ordinario. Sin perder la risilla, Joe me dijo que lo siguiera e ingresó a un baño grande que había en el segundo piso. —Te voy a explicar en vivo y en directo por qué yo compongo en el baño —dijo.Comenzó entonces a cantar a capela sus canciones, una a una. Maravillado ante aquella experiencia cósmica, entendí de inmediato: la resonancia. El eco del baño era un aliado perfecto para sus matices vocales. Joe siguió cantando, yo seguí escuchando, sin grabadora ni prejuicio, y viví allí dentro el momento perfecto de cualquier melómano, mientras el artista parecía vivir una especie de trance, quizá regresando a si niñez y al tanque.Pero ni aun en momentos como ese perdió el desparpajo, ni siquiera en estos meses recientes, cuando regresó a su casa después de una de sus últimas hospitalizaciones y se refirió a su falso fallecimiento, uno de muchos ‘blackberrycidios’.—Cuando me muera les pongo un pin —dijo.De allí que es plenamente posible que —desde donde nos observa llorarlo— Joe mantenga su silenciosa risa sarcástica. En mi memoria quedan todos esos Joes: el que ensayaba desafiante con la insólita decisión que había tomado, de hacer un cover de la balada Bella sin alma, de Ricardo Cocciante; el que lloraba con sollozos de niño luego del horrendo atraco a que fue sometido en su propia casa, junto a su familia; el que hacía equilibrio en una canoa del río Magdalena, mientras cantaba su chandé jubiloso Llanto ven, llanto va; el que escribía canciones con letra de colegial, en una libreta rayada, alternando con pequeños tragos de vino, a la hora de la madrugada en que el resto del mundo perdía el tiempo durmiendo.Era su versatilidad, la misma que conocimos en su música, esa que lo llevaba a componer igual un cumbión de alabanza que una salsa de insurrección. Eran las múltiples maneras de expresarse de un solo ser integral: un ser grandioso, de esos que sólo nacen una vez. Un hombre que, al irse ahora de verdad, y sin que todavía nos haya puesto aquel pin, parece estar más vivo que nunca.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad