Tecnocentro Somos Pacífico, la ‘máquina de los sueños’ que quiere seguir creciendo

Tecnocentro Somos Pacífico, la ‘máquina de los sueños’ que quiere seguir creciendo

Mayo 30, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Tecnocentro Somos Pacífico, la ‘máquina de los sueños’ que quiere seguir creciendo

De izquierda a derecha, Santiago Andrés Cárcamo y Juan Camilo González, miembros del ‘Clubhouse’ que en julio viajarán a Bostón; a su lado, Carlos Humberto Rueda, su tutor en el programa. Carlos aprendió inglés gracias a un convenio del Tecnocentro y estudia tecnología en mecatrónica.

El Tecnocentro Cultural Somos Pacífico, uno de los mejores inventos ocurridos en el Distrito de Aguablanca, busca recursos para ampliar su oferta de programas de formación.

Suponga que es un sueño. Que en medio del olvido fue construido un lugar donde el abandono no pudiera entrar y que desde entonces algunas suposiciones se fueron extinguiendo por ahí cerca: la forma en que se vería un salón para ensayar coreografías de baile, con pisos de madera y espejos hasta el techo, por ejemplo. Una sala de sistemas. Un curso de inglés. La existencia de alguien más que creyera que el hip-hop y el rap y la pintura no son una pérdida de tiempo sino arte que salva vidas. ¿Cómo sería? ¿Cómo sería si eso pasara todos los días donde lo que ocurre con más frecuencia es el olvido?En el sueño hay una abuela. Se llama Ana González y mientras habla se pasa las manos por la frente buscando un sudor que ahí no cae: atrás, un grupo de muchachos aprende la teoría del color en quince computadores Mac; el sol que comienza a poner la calle caliente hace lo suyo muy lejos de ahí: “Yo tengo mucho que agradecer a este sitio porque esto ha servido para que mermen los muchachos en las esquinas, para que disminuya la violencia. Vea mi nieto: esta es su segunda casa. Yo vivo muy agradecida por todo lo que él ha podido aprender aquí”.El nieto se llama Juan Camilo González y tiene 12 años. Viste camiseta amarilla y una sonrisa incontenible, blanca, sin vergüenza ni freno. En ese lugar también enseñan música y hace casi dos años él llegó atraído por la melodía de un violín, pero luego vio los computadores y ese sonido le gustó más. Entonces yendo todos los días después del colegio aprendió cosas que muestra en la pantalla: retoques digitales, montajes fotográficos en los que aparece recostado sobre los autos de lujo que a ratos se atraviesan en los sueños de los niños, dedicatorias diseñadas en letras regordetas que sostienen muñequitos sonrientes. Últimamente se ha interesado en los principios de la robótica y ahora su empeño es programar el movimiento de un carro que armó con fichas de Lego. “Cuando sea grande quiero ser ingeniero de sistemas”.A ratos, cuando los sueños empiezan a construirse, alcanzan a divisarse al otro lado de la ventana. Santiago Andrés Cárcamo recuerda que cuando estaban levantando ese sitio, podía verlo asomado desde su casa y quizás imaginar que ese panorama cambiante podía ser un buen presagio para el futuro paisaje de su vida. Santiago tiene 15 años, es amigo de Juan Camilo y al igual que él, en el último año largo ha aprendido cosas que sacan chispas de felicidad en su mirada: photoshop, efectos de animación digital, técnicas para hacer videos en Stop Motion, enumera con los dedos como si contara días felices; siempre después del colegio al chico se le ve por ahí, infaltable, como si dejar de practicar en el computador fuera un agravio contra el destino. Santiago es alto, de ojos achinados, tiene ocho hermanos. “Cuando grande también quiero ser ingeniero de sistemas”.En el sueño hay una niña. Se llama Yuli Rivas, tiene 14 años y en ella se repite la historia de Juan Camilo y Santiago. La historia de los aprendizajes alegres. Pronto, todo lo que ellos saben, las destrezas y habilidades adquiridas en ese lugar, podrán compartirlas con chicos de más de veinte países que se reunirán en Boston (Estados Unidos) para hablar de experiencias similares impulsadas en otros lugares del planeta. No es un simple sueño en medio de otro sueño. A veces la realidad puede ser más bella que la fantasía y cosas como estas ocurrir a la vuelta de la esquina: todo esto sucede en el Tecnocentro Cultural Somos Pacífico, levantado hace dos años en la mitad de Potrerogrande, aquí en Cali, en ese trozo de ciudad conocido como Distrito de Aguablanca.Yuli, Santiago y Juan Camilo, hacen parte de uno de los tantos programas que se desarrollan o se ponen en marcha allí. En este caso, el ‘Computer Clubhouse’ que con el patrocinio de Intel ha sido replicado alrededor del mundo buscando lo mismo en todas partes, según dice su página en internet: “Ofrecer un ambiente creativo y seguro fuera de la escuela de aprendizaje, donde los jóvenes (entre los 10 y 18 años) de comunidades marginadas trabajan con mentores adultos para explorar sus propias ideas, desarrollar nuevas habilidades y aumentar la confianza en sí mismos a través del uso de la tecnología”.El viaje de los chicos, que será en julio, es un reconocimiento a los tres alumnos que han mostrado mayor compromiso con su propio proceso. “Lo de ellos ha sido aprender haciendo. Aquí los guiamos a través de talleres, porque no son clases formales, ni hay una calificación formal. La idea es que sean autodidactas y que vayan construyendo el camino del aprendizaje siguiendo sus propios intereses”, explica Carlos Humberto Rueda, 21 años, gafas para leer, apodo de ‘profe’ y camiseta con el logo Google.Carlos, quien ha sido tutor de los futuros viajeros, es un ejemplo de las transformaciones que se van dando en el Tecnocentro Somos Pacífico. Hace año y medio se inscribió en un curso de inglés dictado en convenio con el Colombo Americano, que con el tiempo se convirtió en una beca gracias a la cual ahora es bilingüe. Mientras eso ocurría fue seleccionado para administrar el punto Vive Digital que también funciona en el Tecnocentro y desde hace tres meses su trabajo es estar al frente del ‘Clubhouse’. En septiembre viajará a los Estados Unidos para sumarse a un programa de capacitación igualmente patrocinado por Intel. Carlos vive en Remansos de Comfandi, a unas cuadras de Potrerogrande, con su papá, que es guarda de seguridad y su mamá, que ama de casa. Mientras hace todo lo que hace, el chico cursa sexto semestre de tecnología en mecatrónica.El Tecnocentro se hizo realidad a través de una alianza público-privada entre la Fundación Alvaralice, Comfandi y la Secretaría de Cultura. Su construcción costó cinco millones de dólares y allí, además de poner a disposición de la gente tecnología para que se beneficie de ella, hay programas de danza, de música en asocio con Batuta, idiomas (con el Colombo), artes plásticas, una biblioteca y emprendimientos culturales en alianza con el Proyecto Industrias Culturales del Banco Interamericano de Desarrollo. De mil usuarios contados, el 70% hace parte de programas de formación; el resto son beneficiarios de la biblioteca o asistentes a eventos culturales. La mitad de las personas que trabajan en el Tecnocentro son de Potrerogrande y casi todos los demás viven en el Oriente de la ciudad. El sueño, pues, no es sueño de unos pocos.Andrés Ramírez, director de ese lugar desde hace un año, dice que ahora es importante dotar el Tecnocentro de una sala de producción audiovisual. “Y fortalecer algunos programas porque en varios falta talento humano y en otros, cosas físicas. Las idea es que en un futuro cercano aquí haya una industria sociocultural que permita diversificar las fuentes de ingreso para el Tecnocentro y para los chicos”. Andrés cree que a partir del próximo martes 10 de junio, cuando se realice una cena de gala para recaudar fondos, podrán empezar a dar los primeros pasos. La cena, preparada por el chef Harry Sasson, será dispuesta en 60 mesas del Club Campestre de Cali y su costo será de un millón de pesos por persona. Andrés y Juan Camilo y Santiago y Yuli y Carlos y la abuela Ana, seguro esperan que esa noche todos los platos queden vacíos. Ojalá pase. Es apenas un sueño. Pero ello saben que esas cosas también ocurren.

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