Conozca a Aurora Vergara, mujer premiada por su aporte a la población afro

Junio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | El País.
Conozca a Aurora Vergara, mujer premiada por su aporte a la población afro

Investigadora Aurora Vergara Figueroa.

La investigadora cuenta cómo salió de Itsmina a estudiar en Univalle, hasta recibir su doctorado en Massachusetts

Váyase para Cali y vuelva hecha toda una doctora. Este consejo de una amiga resultó una profecía para una adolescente que no tenía el permiso materno para venir desde Itsmina, Chocó, a estudiar a la Universidad del Valle. Once años después, Aurora Vergara Figueroa, a sus 26 años, no solo es doctora en sociología graduada en la Universidad de Massachusetts, Estados Unidos, sino la tercera persona del país distinguida con el Premio Martin Dinsky categoría Conferencia, por su trabajo ‘Raza, género y propiedad en Colombia: una etnografía histórica de las luchas de los afrocolombianos por la tenencia de la tierra’.Dinsky, cuyo prestigio como antropólogo se debe a su compromiso con el conocimiento y defensa de los derechos humanos, da nombre a este galardón de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, Lasa (siglas en inglés) y que solo han recibido el impulsor de la sociología en Colombia Orlando Fals Borda (2007), y Gonzalo Sánchez Gómez, director del Centro de Memoria Histórica (2000).La hoy Directora del Centro de Estudios Afrodiaspóricos (Ceaf) de la Universidad Icesi, le contó a El País la historia de sus logros antes de viajar a Chicago, donde recibió el galardón.¿De qué trata su investigación? Mi disertación es compleja: comprende un análisis histórico sobre cómo se distribuía la tierra en Colombia entre 1851 y 2011 y otro contemporáneo de la masacre de Bojayá (2002), la lucha territorial en la vereda La Toma, Suárez, Cauca, y un proceso de once años del consejo comunitario de Cocomopoca, en Bagadó, Chocó, para que les titularan el territorio legalmente.Qué aporta a la población afro? La contribución es significativa porque los tres casos muestran que para las comunidades afro la relación con el territorio es de propiedad colectiva. No es una escritura de ‘mi casa que me pertenece a mí y a mis hijos’, sino una gran escritura que pertenece a muchas personas y les seguirá perteneciendo en las siguientes generaciones.¿Cuál es la raíz de esta modalidad?Cuando hablamos de población afro o indígena, no podemos olvidar el factor histórico de abolición de la esclavitud que parte la historia del país en dos: las personas que antes del 21 de mayo de 1851 eran consideradas propiedad, pasaron a ser ciudadanos. Antes alguien como yo podía ser vendida, hipotecada, entregada en pago o donación como si fuera dinero o especie. Ese tránsito no fue fácil ni inmediato. Hasta Simón Bolívar dijo: “los africanos pueden ingresar a la Nación lentamente a través de la educación o participación en las guerras”. Pero cinco mil africanos y afrodescendientes lucharon en la Independencia y no obtuvieron la ciudadanía. Entonces no se les entregó tierra legítimamente y esa desigualdad se acumuló.Y tiene repercusiones hasta hoy...Es importante saberlo porque, por ejemplo, la Ley de Restitución de Tierras se construyó sobre un vacío histórico: restituye a las familias y personas despojadas desde 1985, pero las víctimas anteriores continúan en esa desigualdad. Entonces tenemos generaciones de familias que nunca han podido tener acceso legítimo a un territorio ni heredarlo legalmente.Críticos de la propiedad colectiva dicen que esta es más lo que perjudica que lo que ayuda porque les impide ser propietarios y negociar o hacer inversión o emprendimientos... Es una opinión generalizada y en el contexto de capitalismo, donde se privilegia la individualidad, este elemento se pone como una forma de retraso porque se cree que la propiedad colectiva es una práctica primitiva.Sin embargo, está demostrado que la comunidad sí puede administrar políticamente el territorio. El problema no lo tiene la población, lo tiene el sistema financiero que no permite que la propiedad colectiva sea respaldo para un crédito. En Quibdó el director regional del Banco de la República, Juan Esteban Carranza reconoció que “deberíamos tener formas de crédito para ese tipo de propiedad o comunidades, no que ellas se adapten al sistema bancario”.¿Es afrochocoana o caleña?Nací en Cali y crecí en Istmina, mi familia es de allá. Yo tenía 4 años, mi hermano 2 y mi mamá nos llevó allá como una medida de protección. Mi papá trabajaba en Emcali, pero lo desaparecieron durante el apogeo del Cartel de Cali y hubo una orden de matar a los empleados de los teléfonos por lo de las chuzadas. La llamaron y le dijeron: “Ya lo matamos, ya lo enterraron, no lo busque más”. Así como los boricuas se sienten puertorriqueños nacidos en Estados Unidos, yo me siento chocoana nacida en Cali. ¿Cómo regresó a Cali?En Istmina no había opciones para estudiar. Como es fuerte la presencia religiosa, la alternativa más expedita era ser monja porque quería escribir la historia del Chocó, diferente a esas que lo muestran como un territorio alejado y que no le aporta nada a la nación. Mi idea era hablar de su riqueza y de sus desigualdades, pero mi mamá no firmó el permiso para irme al convento.Entonces, ¿cómo hizo?Gané el premio Andrés Bello en historia y así ingresé a Sociología en Univalle, en 2003. Venía con la impresión que me causó la masacre de Bojayá y con la intención de contar eso tan grave, pero no desde la visión de los de afuera, sino de la de los que vivían allá. Fue un camino rápido porque al segundo año gané la beca Martin Luther King, para jóvenes afro.¿Cómo fue vivir y estudiar en Cali?Yo había trabajado seis meses como secretaria de la Universidad Católica de Oriente y había ahorrado $350.000. Con la beca Andrés Bello y esas locuras de joven, dije, me alcanza para sobrevivir y si se acaba, alguien me tiene que ayudar. Mi mamá se oponía porque no me podía apoyar. Un día me llamó una amiga al teléfono de la vecina –en la mía no había– yo estaba constipada de llorar y Clarita, me dijo: “Puede ser muy su mamá, pero no le haga caso a quien trate de detenerla, váyase y vuelva hecha toda una doctora”. No olvido esa frase. Le dije a mi mamá: ‘me hago responsable de lo que me pase y aunque sea de vez en cuando mándeme $10.000’. Fue difícil, hubo llanto, lágrimas, de todo, le dolió tanto mi partida, pero ve que valió la pena.¿A dónde llegó? Llegué a casa de una amiga en Ciudad Córdoba. Empeñé las joyas que me regalaron en mi grado de bachiller para pagar una habitación en el barrio La Playita, junto a la universidad. Hasta que se me acabó la plata, perdí las joyas, pasé trabajos, caminé y aguanté hambre y me tuve que ir donde un tío, en el Distrito de Aguablanca.Hice muchos trabajos, hasta en casas de familia, pero no me pagaban, es un trabajo muy desagradecido, el trato es difícil, subordinador y es alienante, y yo necesitaba cumplir con mis estudios. Entonces me decidí por la academia, me propuse sacar notas altas para tener las monitorías y con el descuento de matrícula me sostuve. Para ello estudiaba y trabajaba todo el día y de noche me iba al Colombo a clases de inglés. Trabajaba en proyectos de investigación y hasta ayudando a niños a hacer tareas escolares, pero tampoco me pagaban. Una familia me quedó debiendo $75.000, que para ese tiempo eran mucha plata. ¿Cómo llegó a Massachusetts?Cuando escribí la disertación de Bojayá, el profesor Agustín Bahamondes, vino de EE. UU. con una beca Fulbright. Hice un trabajo sobre movimientos sociales y dijo: ‘usted escribe mejor que muchos estudiantes de doctorado. Tiene que aplicar’. Me negué, no tenía dinero, y me dijo: ‘yo la ayudo, le presto mi tarjeta de crédito’. Así fue, me asesoró y al terminar la carrera, ya había sido aceptada para el doctorado en Massachusetts.¿Qué la motivó hacia el estudio?En Chocó es una práctica generalizada, estudian y los vecinos ayudan a las familias sin dinero. Mis tías son profesoras, mis tíos abogados y mi mamá me decía: ‘usted estudia y hace las tareas o se va a lavar ropa y platos’. Por supuesto, yo estudiaba. Mientras ella vivió en Cali acumuló libros de cómo hacer todo en 90 días, así aprendí desde manejar la máquina de escribir hasta a cocinar.¿Cuando se reconoció afro?Cuando empezaron a llegar a Istmina las paisas – así llamamos a los claros–, muchísimos mestizos desplazados de San José del Palmar y de Antioquia por la violencia. Y tenía 11 años cuando llegó a Istmina la ONG Planeta Paz y me nombraron representante del Chocó. Al recorrer el país, me dí cuenta de la importancia de esa forma de identificación y de que había muchas personas de condición afro con iguales problemas de los nuestros en Chocó.¿Cómo fue su experiencia en EE. UU.?Muy compleja. Mientras los otros tomaban dos clases, yo tomaba cuatro, porque la universidad está abierta las 24 horas. La primera semana no dormí y pasé a punta de café, manzanas, banano y maní. Terminé hospitalizada y me dijeron: si quiere asimilar todo a la fuerza, se va a morir así que tómelo con calma, esto es un proceso.A los afro les critican que si logran el poder, no lo saben manejar y se les sube la fama a la cabeza – citan al Tino Asprilla– o se involucran en hechos de corrupción como los demás...Cuando se trata de grupos étnicos, lo malo se generaliza, pero lo bueno no, al contrario, se particulariza. Se dice, ‘el Tino no aprovechó su momento’, pero no se dice que la ex ministra de Cultura Paula Moreno hizo una excelente labor y es de las pocas del gabinete del expresidente Álvaro Uribe que no está en la cárcel ni en investigaciones. El caso negativo se utiliza para decir “todos los negros son así”, pero el positivo no. Aprendemos a relacionarnos en términos raciales y a identificar a los grupos étnicos por características y las negativas nos sirven para confirmar estereotipos. Como el de la sexualidad, el derroche y la pereza y si hay un caso, decimos, ‘sí ve, ahí está’. Y como no tenemos paradigmas positivos para ellos, cuando surgen personas o grupos que sí tienen acciones positivas, los ignoramos y no decimos, ‘mirá que sí pueden hacer las cosas bien’.En busca del padre No recuerdo la desaparición de mi padre. Solo que llegué a Istmina y entré a estudiar. Nunca pudimos recuperar el cuerpo y cuando fui adolescente, que uno se desespera por llenar ese vacío, me obsesioné por buscarlo.Mi mamá me dijo que la llamaron y le dieron un número de una tumba por el Seguro Social de Bellavista. Me fui, pedí permiso y revisé todos los libros, pero no hallé registro. Me dijeron que por el tipo de llamada, estaba sepultado en una fosa común. Fui a un sitio donde uno puede revisar los archivos de quienes han sido enterrados en fosas comunes y logré encontrar datos que me permitían reconocerlo.Me remitieron al Hospital Departamental a buscar a la doctora que había hecho el procedimiento. Pero cuando iba llegando al punto final de tan horrible situación, hasta allí llegué, no aguanté más porque fue llanto y llanto y dije, no más, es suficiente y abandoné todo.

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