Francisco Sanclemente, un hombre que alcanzó con sus manos lo que soñó con sus pies

Francisco Sanclemente, un hombre que alcanzó con sus manos lo que soñó con sus pies

Abril 29, 2018 - 11:40 p.m. Por:
Isabel Peláez R., reportera de El País 
Francisco Sanclemente alcanzó con sus manos lo que soñó con sus pies

El bugueño enfermó de mielitis transversa y en lugar de paralizarlo, lo animó a correr. Este año ganó la Media Maratón de Miami y llegó primero en Madrid. En voz de un valiente.

Periodista: Juan Carlos Pamo - Cámara: Álvaro Pío Fernández - Edición: Álvaro Pío - Sebastián Castro

"Si no pude ser deportista con mis piernas, lo haré con mis manos”, dice Francisco Sanclemente, quien a sus 18 años, cuando tenía un futuro promisorio como futbolista, sufrió una mielitis transversa que le impidió volver a caminar, pero que lo empujó a correr decenas de maratones.

Con su mente y la fuerza de sus manos y de su voluntad, ha sido dos veces campeón en Buenos Aires, Argentina; en enero ganó, por segundo año consecutivo, la Media Maratón de Miami, hace unos días fue primero en la Maratón de Madrid, en 42 kilómetros —con un tiempo de 2 horas, 45 minutos, 54 segundos—, y en diciembre fue el primer colombiano, en silla de ruedas, en terminar un Ironman 70.3, en Cartagena.

“En Madrid correr es complicado, no logré una buena marca. Las grandes subidas que tiene la hacen muy dura y en una de las bajadas, en una curva, me caí y se me dañó un tubular (parte de las llantas de la silla). Así seguí, más adelante se me dañó el otro tubular y lo cambié y continué, muy lento, pero pude terminar y conseguir otro triunfo para Colombia”, dijo a los periodistas.

Lea también: Francisco Sanclemente busca repetir triunfo en la Maratón de Madrid

Francisco, quien ganó el premio Valiente del Año que le otorgó en 2017 el público votante, a través del canal RCN, acaba de lanzar en la Feria del Libro de Bogotá ‘El camino de un valiente’. En este narra cómo fue la travesía para alcanzar con sus manos lo que soñó hacer con sus pies. Él es el protagonista de esta historia, así que dejemos que la cuente en primera persona, ya que lo hace muy bien, pues es motivador, dicta conferencias y tiene su propia corporación para ayudar a otras personas con alguna discapacidad.

Un castillito de arena

“Nací en Buga, una ciudad pequeñita en la que me educaron mi abuela y mi mamá, ellas fueron madres solteras, no conocí a mi papá. Soy mayor que mis dos hermanas. Me crié rodeado de mujeres, viendo telenovelas como La Caponera y Candilejas, por Telepacífico. No podía ver fútbol en la televisión, pero salía a practicarlo en las canchas de mi barrio. Era buen jugador, pero se me dañaban mucho los guayos y dije ‘voy a tener que ser portero, porque tengo que patear menos el balón y se me van a dañar menos’. Era alto y me iba muy bien. Jugaba en la Selección Buga, luego en la Selección del Valle y a mis 17 años iba a llegar a las inferiores del Once Caldas, de Manizales.

Así fue mi niñez, llena de sueños, como un castillito de arena, que se desmoronó cuando cumplí mis 18 años. No había terminado el bachillerato y me convertí en papá, iba a nacer mi hija Julieth Alejandra —con una novia de adolescencia— cuando me dio una enfermedad de la médula. Pasé de ser un deportista a un paciente en una clínica, de correr rápido y saltar alto a esperar que me empujaran en una silla de ruedas.

La enfermedad, una lotería

La mielitis transversa es una enfermedad huérfana, de esas que pocos conocen. Es una inflamación de la mielina, tejido que recubre la médula espinal, y que corta todo tipo de conexión nerviosa hacia las piernas. Es súbita. Cuando me dio pensé que era una virosis, me sentí cansado, débil, con malestar, dolor de cabeza, fiebre, convulsiones y daño estomacal, pero en realidad era producto de una infección en la médula espinal. En menos de seis horas fui a ponerme de pie y no pude, primero se me inmovilizaron los talones, luego las pantorrillas y después, las piernas.

Dejar de ser una carga

Después de pasar tres meses en la clínica y a las dos semanas de mi regreso a casa, mi abuela me dijo: ‘Mijo, usted ya no mueve las piernas, pero las manos las tiene buenas, tenga dóbleme esta ropita’. Me pasaba unas montañas. Esas tareas eran un reto para mí, pero yo decía: ‘Mi abuela (que ya no está) tiene fractura de cadera, osteoporosis y se levanta a ver qué hace; mi mamá —Liliana Sanclemente— tiene tres hijos, uno incapacitado, va a nacer su nieta y tiene que lidiar con mi abuela, nos atiende, trabaja y va a la universidad —este año se gradúa de abogada—, ellas luchaban, yo quería luchar. ‘Debo dejar de ser una carga’, dije, y empecé a subirme en la silla, a bañarme y a bajar del andén sin ayuda.

Me metí a las carreras cuatro años después, primero fue entender, aceptar, adaptarme. Al nacer mi hija me di cuenta de que debía transformar esa discapacidad en algo bueno. Es mi motivo para superarme, me inspira a que si quiero ser un buen ejemplo, un buen papá, debo ser mejor yo. Me hice cargo de mi vida. Terminé el colegio, estudié administración de empresas, iba solo a la fisioterapia, le hacía mandados a mi mamá pero ahora en silla de ruedas.

Diagnósticos de los vecinos

En la clínica me asaltaron muchas preguntas: ‘¿Por qué a mí? ¿Por qué cuando voy a ser papá? ¿Por qué a los 18 años? ¿Qué hice para merecerlo? Culpé a todos, a lo que viví, a Dios, lloré, grité. Luego llegaron los diagnósticos de los vecinos: ‘Pobrecito’, ‘Está inválido’, ‘Tullidito’, ‘Imposibilitado’, ‘Minusválido’, hasta te dicen: ‘Tan joven que estaba’ y uno todavía respirando. Hay que aprender a gestionar los diagnósticos de los vecinos. Pero aprendí que el diagnóstico más grave no es el del médico, ni el de los vecinos, sino el de uno mismo, porque cuando se culpa, reniega, se maltrata, se hace daño, porque quien en últimas decide creer eso es uno.

“Lo puedo hacer con mis manos”

Después de cuatro años con la mielitis comencé en las carreras. Hice la Media Maratón en Bogotá. Arranqué y lo único que venía detrás de mí era la ambulancia que me seguía para el momento en que quisiera desistir. Al terminar, le pregunté al juez “¿Y de qué quedé?” y me miró como diciendo: “No pregunte pendejadas que eran 69 corredores y usted quedó de 69” y le dije “el otro año me va a ir mejor”.

Me devolví contento a Buga a entrenar, busqué una mejor silla y empecé en Cali en la Media Maratón, en la 10K de la Luz, en la Carrera Verde, en Bogotá fui a Corre mi Tierra, la Carrera de los Héroes, la Maratón de las Flores, la Media Maratón y luego a la Maratón de Buenos Aires y la de Santiago de Chile. Cada triunfo ha sido producto de muchos intentos y de no rendirme. Cuando uno lo intenta pasan dos cosas, triunfas o aprendes para luego triunfar. La Maratón de Buenos Aires la gané en 2016, y era la tercera, la vencida.

“No es lo que haces, es lo que inspiras”

Después una Media Maratón de Cali donde se me dañó la silla de ruedas y aún así terminé, me felicitaban más a mí que al que llegó de primero y yo decía: ‘No es lo que haces, es lo que inspiras’. Esas reflexiones que iba tomando en mis notas de celular fui plasmándolas en mi libro El Camino de un Valiente. La valentía no es un trofeo allá en la cima de la montaña, es el camino mismo, son esos actos cotidianos, como levantarse a entrenar, a leer antes de empezar a calentar y prepararse mentalmente.

A la gente hay que contestarle con hechos, no con palabras. En Cali llegué a donde un entrenador de deportistas paralímpicos y me dijo que yo servía era para lanzador de jabalina, que tenía el biotipo para eso, hoy en día digo: ‘Soy un maratonista con biotipo de lanzador de jabalina que corro escuchando rap’.

El año pasado que gané en Madrid, al llegar al hotel vi unos comentarios de mi Fanpage que decían: “Hace 15 días me amputaron una pierna”, “Hace tres meses me detectaron tal enfermedad y no puedo caminar” y preguntaban: “¿Qué te hizo permanecer en el deporte”, y me dije ‘hay que prestarle menos atención al podio, a la foto y ver de qué manera ese camino recorrido puede inspirar a los demás’. Por eso con los $50 millones del premio Valiente 2017 realizamos, el 16 de marzo el foro inspiracional, fortalecimos mi Corporación Ser Inspiración, que forma, promueve y visibiliza el talento de personas con discapacidad. Y el 26 de agosto haremos en Buga la carrera atlética Ser Inspiración.

Las coequiperas

Pero el evento más importante de mi vida será el 23 de junio, cuando me caso con Isabel Cristina, mi coequipera. Hemos cambiado la fecha dos veces porque se cruza con mis carreras. Ella siempre está pendiente de si me varo, si pinchó y de tomar las fotografías que debemos publicar. La conocí en la reunión de una amiga, la invité a un helado de $1000 y me robó un beso, se aprovechó de mí porque yo no podía correr. Mi otra coequipera es mi hija de 11 años, se fija en todo lo que hago y en lo que hablo, me dice cosas bonitas y le lee mi libro a sus compañeras.

¿Que si cambiaría algún día de mi vida? Ni los más difíciles, porque la superación es poder mirar atrás sin querer cambiar nada.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad