'La paz no se rinde', el libro de Olga Behar que narra cómo se gestó el acuerdo con las Farc

'La paz no se rinde', el libro de Olga Behar que narra cómo se gestó el acuerdo con las Farc

Abril 22, 2018 - 11:02 a.m. Por:
Santiago Cruz / editor de Crónica y Reportajes de El País 
Olga Behar, periodista y escritora.

Olga Behar, periodista y escritora.

Bernardo Peña / El País

Los diálogos de paz con las Farc comenzaron en secreto el 7 de septiembre de 2010, 30 días después de que Juan Manuel Santos se posesionara como presidente de los colombianos. Era, en principio, un diálogo entre actores que no solo se miraban como enemigos, sino que hablaban idiomas muy distintos.

Para el Gobierno, la paz se traducía en la dejación de armas de la guerrilla; para las Farc, la paz eran cambios sociales; para el gobierno, el paramilitarismo no existía, eran apenas bandas criminales, mientras que para la guerrilla representaba un fenómeno muy vigente. ¿Cómo lograron ponerse de acuerdo?

Dos tableros - uno para los negociadores del gobierno y otro para los de las Farc- fueron fundamentales.

La historia la cuenta la periodista Olga Behar, junto a un grupo de investigadores, quienes reconstruyen en el libro ‘La paz no se rinde’ el día a día de las tensas conversaciones que se sostuvieron en Cuba.

¿Cómo surge ‘La paz no se rinde’?

Este es un proyecto que nació en la Universidad Distrital, como un compromiso con el país de abordar el contexto histórico sobre los acuerdos de La Habana. La editorial quería construir una colección de 6 títulos, uno por cada uno de los puntos del acuerdo, y en los que se involucraran las plumas de diferentes expertos.

Sin embargo, cuando envié mi primera crónica, que trata sobre la muerte de Alfonso Cano, no sé muy bien qué pasó pero se tomó la decisión de no hacer seis libros pequeños, sino uno solo, y me lo encargaron a mí. Tal vez por el tamaño generoso de esa primera crónica tuvieron la idea de que se podría hacer un libro entero. Así nació ‘La paz no se rinde’.

Es un diario inédito sobre la paz. Muchas de las historias que narra el libro no se han contado en la prensa. ¿Cómo logró ese nivel de conocimiento de lo que pasó en Cuba?

El libro cuenta historias inéditas de los Acuerdos de Paz, lo que hubo detrás de cada punto acordado, las distintas posturas tan lejanas en un principio entre los negociadores y cómo poco a poco se fueron poniendo de acuerdo, pese a que hubo momentos en que dialogaron en medio del conflicto.

En la medida en que empecé a entrevistar a los negociadores tanto del gobierno como de las Farc, me fueron contando un montón de cosas que no se sabían pero además me contaron en sí la historia de gran parte del conflicto en Colombia. Tal vez eso se deba a mi metodología de entrevista. Siempre terminamos hablando del pasado y de los contextos. No puedo situarme en La Habana sin contar por qué llegaron a La Habana, qué hubo detrás de eso. Eso hace que el libro sea, también, la historia contemporánea de las Farc y del conflicto.

Fue el gobierno el que pidió que la sede de los diálogos fuera La Habana. ¿Por qué?

En la investigación busqué unos detonantes que me permitieran explicar por qué habían llegado a La Habana. Y la primera hipótesis es que llegan a La Habana después de la muerte de Alfonso Cano para cumplirle el sueño de la paz a él, a Cano, quien tenía la voluntad de buscar una solución política al conflicto. En las Farc consideran que su muerte fue innecesaria, que la paz con Cano en la mesa habría sido más sólida. Pero además el gobierno pretendía que lo que se dijera en la mesa no influenciara políticamente lo que sucedía en Colombia.

El gobierno consideraba que llevar el cuerpo de Cano como trofeo era una manera de acelerar la salida negociada a la guerra. ¿Cómo influyó la muerte de Cano en la paz?

Para mí la muerte de Alfonso Cano fue innecesaria. Ninguna muerte es suficiente argumento para nada. Me parece que la vida humana es lo fundamental que hay que salvar. Y yo siento que para el Gobierno era importante la muerte de Cano para poner esa cabeza sobre la mesa de negociación y sentirse empoderado. Pero fue innecesario. Alfonso Cano era tan fundamentalista como los otros negociadores. En el sentido de la dificultad de la negociación creo que hubiera sido lo mismo. No le veo mayor diferencia a un Alfonso Cano que a un Iván Márquez. Incluso Jesús Santrich es mucho más radical de lo que era Cano.

A propósito de Santrich, ¿qué análisis hace tras su captura?

El caso Santrich me ha conmovido, es algo muy difícil de asimilar. No entiendo cómo alguien puede poner en juego su propia historia, la de su organización y la de todo un país, por negocios mafiosos. Eso es lo que no me cuadra de la historia. Lamento mucho lo que está sucediendo y cómo quisiera que se trate de un error judicial.

Volviendo a Alfonso Cano, se dice que él se confió de que en el Cauca estaba protegido y por eso intentó burlar el cerco militar allí. ¿Qué pudo establecer sobre su muerte?

En las Farc tienen la certeza de que hubo un infiltrado en la guardia de Cano. O más bien, una persona que se torció. Eso fue definitivo. Pero también creo que Alfonso Cano se salió del cañón de Las Hermosas, en el Tolima, y migró hacia Suárez, Cauca, primero por el acoso que había y segundo porque pensaba que estaba en un proceso incipiente de negociación, así que tal vez nunca se imaginó esa ofensiva tan sistemática. Supuso que iban a respetar su vida y que no lo iban a bombardear si él era uno de los que estaba conduciendo la negociación inicial y secreta de paz. Evidentemente se equivocó.

En el libro no aparecen personajes clave de las Farc como Iván Márquez o Timochenko. ¿Por qué?

Desde el comienzo dije: no voy a entrevistar a Iván Márquez ni a Timochenko. Tienen suficiente prensa. Quise buscar gente tras bambalinas; figuras más desconocidas de las Farc pero importantes. Por ejemplo me pareció clave hablar con las mujeres, para tratar de entender a las Farc por dentro. Por eso busqué a Sandra Ramírez, la viuda de Manuel Marulanda Vélez.

Sin embargo no había ese personaje que me pudiera hablar del narcotráfico, que es algo que los guerrilleros poco tocan. Necesitaba que me confesaran qué hicieron alrededor de las drogas, cómo empezó este fenómeno en la guerrilla. Y me dijeron: esa persona es Mauricio, ‘El Médico’. Fue uno de los negociadores importantes de las Farc.

Esa es una de las mejores entrevistas. Es el único que abiertamente intenta explicar qué fue lo que pasó y por qué terminaron metidos ellos allí en ese tema del narcotráfico. En las Farc le temen a la extradición y por eso el del narcotráfico es un tema poco tratado, al menos públicamente, por ellos.

Para Olga Behar, ¿qué es las Farc?

Para mí las Farc son uno de los principales actores de la política contemporánea de Colombia, segunda mitad del Siglo XX y todo el recorrido hasta la actualidad del Siglo XXI. Es una organización que como se concluye tras leer el libro, así como se transformó el país, se transformó ella. Y fue permeada por situaciones específicas de la realidad nacional. Cuando las Farc se fundaron eran como lo era el país: una organización netamente rural, campesina, influenciada por una situación internacional como la Revolución Cubana. Y en la medida en que el país fue cambiando, vamos viendo la transformación de las Farc, que se da en todos los aspectos. No solo en sus formas de lucha, sino también en un aspecto de degradación que sufrió el país en lo ético que también permeó a las Farc. Fenómenos como el narcotráfico, el paramilitarismo, en fin: en esta guerrilla vemos reflejadas todas las manifestaciones del país.

Volviendo al libro, en las crónicas se evidencia una intimidad de lo que pasó en la mesa de La Habana, el lector casi está en un sillón al lado de los negociadores. ¿Cómo logró este nivel de conocimiento de lo que se dijo en Cuba y cómo se dijo?

Tuve acceso a los archivos de las Farc. Estos tipos escriben mucho, es impresionante. Son muy radicales en su forma de concebir la organización. Ellos creen que si la guerrillerada no sabe lo que está ocurriendo, ellos no se sienten autorizados para tomar una decisión. Por eso todo el tiempo estaban escribiendo lo que pasaba en La Habana para compartirlo con los guerrilleros en el país.

Pero además poder hacer entrevistas de largo aliento permite que finalmente, que alguien que no te quiera contar nada, te termine contando todo porque ya hay confianza. Y ese fue el camino para contar desde adentro los acuerdos.

Me pareció muy importante sopesar la información que recibía de las Farc entrevistando a analistas y a negociadores del gobierno como Humberto de la Calle y el General Óscar Naranjo, quienes me suministraron información muy valiosa.

¿Cómo fueron estos encuentros?

Cuando solicité la entrevista con Óscar Naranjo, casi inmediatamente me dijo que sí. Entré a su oficina con el libro ‘El general de las mil batallas’, de Julio Sánchez Cristo. Y le dije: “apreciado General, yo le tengo que decir dos cosas antes de empezar. La primera, a usted, que fue de la inteligencia de la Policía, quiero decirle que nunca fui amante de Carlos Pizarro”. El tipo abrió los ojos, no se lo esperaba. Yo seguí: “Sí conocí a Pizarro, fue amigo de infancia, pero hasta ahí. Y segundo, quiero que me dedique este libro, ‘El general de las mil batallas’, porque nada de lo que está ahí que usted ya contó, es lo que le voy a preguntar”.

En él nació una curiosidad por saber qué era eso que le iba a preguntar, se abrió mucho. Le hice preguntas fuertes, como por qué se tiraron la prueba reina del computador de Raúl Reyes. “Sí, nos la tiramos”, reconoció.

Las víctimas también aparecen en la obra. ¿Es posible perdonar tras un conflicto como el colombiano?

Me gustó mucho el encuentro con Sebastián Arismendy, hijo del diputado asesinado por las Farc Héctor Fabio Arismendy. La entrevista con Fabiola Perdomo (viuda del diputado Juan Carlos Narváez) fue preciosa. En la investigación también recorrimos dos zonas de concentración de la guerrilla en el Cauca y me encontré con Leonel, que era el muchacho que estuvo en el secuestro de los diputados.

Ahora, hablado del perdón, es algo muy personal. La reconciliación puede darse, la reparación también, pero el perdón es algo muy personal, un ejercicio muy difícil, y solo puede darse si a usted le piden perdón.

Esa es la virtud del perdón: permite reconciliar a sectores enemigos cuando ambos hacen un proceso de reflexión sobre los errores cometidos. Ese ejercicio de perdón que se dio en La Habana con las víctimas es inédito en el mundo y creo que es un ejemplo para futuros procesos. Y fue también un punto de quiebre para los líderes de las Farc. Entendieron por fin, a través de esas lágrimas y esos gritos terribles, el mal que habían causado. Nunca fueron tan conscientes de ello como en ese momento. Y eso es muy bonito este país. Aprender a pedir perdón.

Entre las Farc y el Gobierno en teoría se perdonaron. ¿Cómo lograron acordar la paz con discursos tan opuestos? El libro cuenta que el Acuerdo se consolidó palabra a palabra, en dos tableros: uno de las Farc y otro del gobierno.

Yo creo que todos cambiaron durante el proceso. Cambió el Gobierno, cambiaron las Farc. Los guerrilleros conocieron un país que no conocían, porque ellos estaban metidos en su Colombia rural, de guerra. En los diálogos conocieron la sociedad, cómo los jóvenes sintonizaban con la tecnología, es decir que ese ejercicio en La Habana fue muy interesante para ellos, conocer la Colombia que no habían vivido.

En la medida en que ellos fueron entendiendo al país, fueron entendiendo la importancia de la paz, se dieron cuenta de que esto era irreversible, empezaron a cambiar. Si uno coge el discurso de Iván Márquez en Oslo y el de Timochenko en Cartagena, parecen extraterrestres. Todos cambiaron.

¿Se aprendió la lección del Caguán?

La experiencia de los diálogos de San Vicente del Caguán fue fundamental para la paz de hoy. El gobierno sabía hasta dónde podía llegar en la mesa, lo mismo que las Farc. Fueron lecciones del Caguán.
Sin embargo nos tenemos que tragar muchos sapos….

Yo siento que todos estamos dispuestos a tragarnos todos los sapos del mundo, las víctimas los primeros, siempre y cuando haya verdad, justicia, reparación y no repetición. Eso tiene que ser real. Sin embargo, la paz con las Farc produce una serie de efectos en quienes tienen determinados poderes y corren el riesgo de perderlos. Por eso polarizan al país. La disculpa de la impunidad no es tan cierta. La Justicia Especial para la Paz no ha empezado a operar. Dentro de diez años preguntémonos si hubo impunidad o no, ahora no lo podemos determinar.

El 90% de las víctimas me dice: prefiero ver a Iván Márquez en el Congreso que comandando un frente militar. Tenemos que poner en una balanza el costo - beneficio. Si el costo es que hagan política aunque les asuste a algunos, el beneficio es que esa guerrilla desapareció. Cuando mis hijos y mis nietos lo lean en los libros de historia, ahí estará la respuesta que yo ansío que encuentren. Viven en un mejor país porque esta gente no está alzada en armas.

Aunque terminar con las Farc no es terminar con el conflicto. Y 57 años de guerra no pueden arreglarse en un año de posconflicto, el posconflicto está programado a diez, 12 años. Hay que tener paciencia.

¿Estamos en un mejor país?
Totalmente.

Equipo

“Este trabajo no hubiera sido posible sin la participación de mis dos coequiperos: Pablo Navarrete, un joven muy talentoso, estudiante de comunicación, y quien es, desde hace un año mi asistente de investigación. Pablo recorrió las zonas veredales del Cauca, participó en las entrevistas y en la escritura. Y de nuevo, Carolina Ardila Behar, mi hija. Su gran capacidad como politóloga les da un carácter mucho más preciso a las investigaciones”.

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