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La búsqueda incansable de una madre para hallar a su hijo reclutado por las Farc hace 17 años 

Mayo 13, 2018 - 11:30 p. m. Por:
Mateo Uribe Sáenz / Semillero de Periodismo UAO / El País 
Farc ELN guerrilla

Los guerrilleros que sostienen procesos penales ante la Fiscalía no pueden entrar aún en la Jurisdicción Especial para la Paz. pues esta aún no ha sido creada.

Colprensa

Mientras muchos colombianos miramos los noticieros con puro interés informativo, María Dilsa Espinoza se ha fijado por años con sumo cuidado en cada imagen con el afán de encontrar a su hijo, aquel que el 13 de julio del 2000 le fue arrebatado por la guerrilla de las Farc.

Luchando contra comandantes, ríos y montañas, perdió el rastro de su pequeño, a quien ahora presume vivo y dejando el uniforme y fusil a un lado.

“Ya uno no se va a encontrar con ese niño, con ese joven que uno crió, ya se va a encontrar con un adulto con otras ideologías, de matar y de robar”, esta es la gran incógnita que Dilsa expresa día tras día por el hecho que un miércoles de julio su vida quedó partida en mil pedazos, al saber que su hijo mayor fue capturado por la guerrilla en la vereda El Sábalo, cerca a San Miguel de Putumayo, mientras jugaba billar a las 12:00 del día con algunos amigos.

La madre de Didier no entendía nada, no podía creer lo sucedido, pues su hijo, aunque con gran gusto por el dinero, vivía para ayudarle en todas las tareas que San Miguel de Putumayo, un pueblo sin agua y luz, le imponían. En aquel instante cayeron en su mente miles de preguntas, pero las iniciales eran: ¿Qué había hecho mal?, ¿por qué, si su hijo era bueno?

Óscar Lin Troches, su padre, había recibido la lamentable noticia de boca de los clientes que transportaba. Tomando una de las camionetas en las que trabajaba salió de La Hormiga y se dirigió a El Sábalo, aquella vereda que le había quitado a su pequeño. Sin respuesta alguna sobre lo que había pasado, contactó a un miliciano que lo citó el domingo para obtener la información que necesitase.

Ese domingo Dilsa se levantó lo más temprano posible. Junto a su esposo emprendió aquel camino hacia la vereda, aquella vereda donde su hijo fue por el trabajo prometido y que sin saber la razón, le arrebató su libertad. Después de unas cuantas charlas con algunos milicianos de la zona, las repuestas no daban ningún indicio. Ese fue un día perdido, pues la información era escasa y la única probabilidad era que se encontrara con el comandante en la cordillera. Durante la semana vivieron sin noticia alguna. Dilsa no dio espera y recorrió todo San Miguel recogiendo 300 firmas con las que pediría la liberación inmediata de su Didier.

– ¿Ustedes qué hacen por acá?- fueron las primeras palabras que expresó el miliciano al ver a estos dos padres el siguiente domingo recorriendo una carretera y dirigiéndose hacia un punto de encuentro donde muchos uniformados, con fusil al hombro, se encontraban.
– Yo necesito hablar con su comandante. Yo estoy viendo un mundo de gente y no sé si es Ejército, paramilitares o guerrilla.

– ¿Y a usted no le da miedo que la maten?

– A mí, con tal de buscar a mi hijo, no me importa nada.

Pasando un río por medio de una chalupa, Dilsa conoció por primera vez el Frente 48 de las Farc. La separaron de Óscar y la postraron en una butaca para que dejara de llorar. Los guerrilleros empezaron la plática con Óscar, quien, intentando abrirles el corazón, explicaba cuan duro sería la pérdida de un hijo para Dilsa. No consiguió remover ni un pedacito de lástima o ternura de sus interlocutores. Tiempo después, Dilsa, con su llanto incesante, tomó la vocería y fue escuchada por los guerrilleros, esos que no habían escuchado los lamentos de Didier en el momento de su captura, pues en la memoria de sus captores solo quedaba la imagen de ese joven llorón que fue tratado bajo expresiones de “nena” y “marica”, ya que para ellos sus lágrimas solo representaban debilidad.

Minutos posteriores conoció a alias Lucho, el comandante del Frente 48.

– Buenas tardes mi comandante.

– Buenas tardes compañera. ¿Cómo está?

– Pues, muy mal, muy mal. Porque yo necesito a mi hijo.

En ese instante alias Lucho increpó a la madre de ser una maltratadora y esta con sus cinco hojas atiborradas de firmas y las lágrimas en sus ojos, se desprendió de cualquier sentimiento de miedo, pues sabía que solo su fuerza y valentía eran las que le permitirían regresar a su hijo con sus cuatro hermanos a su casa de madera en el pequeño pueblo de San Miguel.

– ¿Esas hojas para qué? Eso no te sirve de nada– dijo Lucho. Y añadió:
– Si en verdad la gente quiere ayudarte, ¿por qué no vienen personalmente ellos? Toda esa gente que usted tiene ahí son comerciantes y ellos nos deben vacunas a nosotros.

Después hizo una pregunta:

–¿Y usted, cómo la va con la Policía?

– A mí no me pregunte ni de Policía, ni de guerrilla. Nosotros somos personas neutras. Mi esposo nos trajo aquí para tener un futuro y mire qué futuro estoy viendo yo.

– Para terminar esta conversación le voy a decir que se prepare en 15 días, que le vamos a tener listo a su hijo para que dialogue con él. Y otra cosa es que se sienta orgullosa de que su hijo haya cogido las armas, ahora tiene con qué defenderse.

– Un momentico comandante, yo como madre me sentiría orgullosa de que mi hijo siguiera estudiando, fuera un profesional y le estuviera sirviendo a la comunidad, a la patria, no con el culo en el monte escondiéndose como si fuera un delincuente, un subversivo.

Entre el llanto y la fuerza que no encontraba continuó con palabras que sorprendían a los demás guerrilleros por su desparpajo y falta de miedo ante la muerte:

– Ustedes dicen que tienen un ideal, pero nunca van a obtener un ideal, porque ustedes no saben para dónde van. Para obtener el objetivo que ustedes quieren les falta mucho, porque salen a hacerle maldad al pueblo y al gobierno. Yo no he escuchado que ustedes vean gente muriendo de hambre y hayan dicho ‘vamos a llevarle’ una remesa a esa gente. A mí no me digan que me sienta orgullosa de eso.

El tiempo pasó y a los dos meses la guerrilla la dejó verlo. Dilsa fue acorralada por un centenar de guerrilleros y a lo lejos con un espíritu tranquilizante venía Didier, uniformado y con fusil al hombro, pidiéndole primero la bendición que tanto necesitaría. Después miró a su hermana, una pequeña de 1 año, la luz de sus ojos y con un gran abrazo le dijo: “algún día nos volveremos a ver”. Luego, le advirtió:

– Mami cálmese, no vaya a hacer ningún show aquí, vamos a hablar- y así se dirigieron a aquellas bancas de madera de la cancha de reuniones guerrilleras, se sentaron y el diálogo empezó, un diálogo que necesitaba ser oído pero que no debía ser escuchado.

Didier contó aquella historia que los guerrilleros le habían relatado a su padre y su expresión facial cambiaba cada vez que exponía los detalles, pues sabía que estaba en un problema y las soluciones no estaban a la mano. Mirando a su madre, Didier le dijo que saliera del Putumayo y por el bien de la familia se llevara a sus hermanos lo más lejos posible.
Escóndanse, porque yo pienso desertar. Ellos me dan ‘papaya’ y yo me vuelo.

Esa fue la última vez que Dilsa lo vio, sabiendo que su nuevo nombre era Nelson, el alias que le habían designado, pero descubriendo tiempo después que aquel dato era de carácter irrelevante, pues Nelson era un alias común en aquel mundo.

Desde allí recuerda las muchas veces que escuchaba bombardeos o los veía en las noticias. Para ella esos días eran grises, pues en su corazón siempre cabía la incertidumbre de que su hijo pudiese estar allí, allí donde habían matado, allí donde habían muerto muchos, allí siempre estaría sin saber cómo comprobarlo.

Con su cruz en Cali

Desde 2005 vive en Cali, ya que los años intensificaron los estragos que se vivían en San Miguel y las preguntas que con frecuencia hacía Dilsa habían llegado a oídos de la guerrilla, quienes la mandaron a callar amenazándola con perder a los dos pequeños que todavía tenía.

Acción Social la ayudó en Cali para tener su casa, comida y los utensilios que necesitaba. En el programa de reparación a víctimas le dijeron que podrían pagarle por su hijo después de que se firmase la paz, si este se encontraba muerto. Aquella no era la respuesta que sus oídos, ahora cansados, querían escuchar, pues en su corazón no hay dinero que logre subsanar lo que representa una pérdida y una vida de enigmas.

Pero un rayo de luz se asomó a sus ojos cuando supo que Didier había sido visto en noviembre del 2014 en Huila por una cuñada, quien aseguró que estaba bien, que le mandaba saludes. Didier tendría 30 calendarios ese año. Su madre lloró por un momento al recordar y recibir aquella alentadora noticia, pero bien sabía que ‘ojos que no ven, corazón que no siente’ y ella no se sentía plena todavía.

Entró a trabajar en servicios generales en una entidad del gobierno y no dejaba de mirar las noticias para notar si lograba ver o saber dónde se encontraba su hijo, vivo o muerto. Lo único que lamenta es que si Didier vuelve algún día, encontrará su familia reducida. Su padre y una de sus hermanas ya no están para recibirlo.

El proceso de paz con las Farc en La Habana fue algo alentador y todavía una esperanza para esta mujer que ya ha pausado el andar, pero siempre hay algo en la mente que no la deja dormir, pues ella sabe que volver a ver a su hijo sería la alegría más inmensa del mundo, y las lágrimas y abrazos no sobrarían para tal recibimiento, pero hay algo que la inquieta:
¿Quién es Didier ahora? Ella sabe que no crió a aquel joven que tendría 33 años ahora y que a pesar que ella le perdonaría lo hecho durante la guerra, él habrá cambiado de mentalidad. Se repite constantemente que los guerrilleros eran formados para ser monstruos.

No sabe con qué se encontrará, su hijo trigueño, de ojos cafés, pelo ondulado y juventud a flote no será el mismo que ella conoció, ese es el más grande miedo que llega a su mente luego de pensar si aún se encuentra con vida.

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