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La tragedia de Chocó

Noviembre 19, 2020 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

Mientras la atención se centra en el archipiélago de San Andrés y Providencia, donde el huracán Iota causó una tragedia de proporciones aún incalculables, el Chocó lidia con la devastación ocasionada por las lluvias en al menos la mitad de su territorio.

Son dieciséis municipios que están bajo el agua, 35.000 el número de damnificados y 7000 las familias que requieren ayuda urgente.
Poblaciones como Lloró están aisladas debido a que las crecientes se llevaron el puente que la conecta con el departamento, lo mismo sucede en otros lugares por el desbordamiento de los ríos San Juan, Atrato y Baudó, mientras que la vía de acceso entre Chocó y el resto del país está cerrada por derrumbes.

Es un desastre que se multiplica porque sucede en la región más pobre de Colombia, con la mayor cantidad de necesidades básicas insatisfechas. Paradójicamente es una de las más ricas en diversidad biológica del mundo, y afectada por la violencia que utilizan quienes pretenden apoderarse de su riqueza mineral, plagarla de cultivos ilícitos y convertirla en centro de operaciones del narcotráfico aprovechando su posición geoestratégica.

Es ahí donde se pide con urgencia la presencia del Estado, lo que va más allá de enviar unos funcionarios a observar el tamaño de la tragedia y hacer promesas. Lo primero es preguntar por qué si el panorama es tan desolador, aún no se declara al Chocó como zona de desastre, como sí se hizo de inmediato con San Andrés y Providencia. El abandono secular del Estado ha sido constante y aún más evidente en tiempos recientes, pero no se puede permitir más.

El Chocó necesita la ayuda de los colombianos para superar la emergencia, pero sobre todo para mejorar su situación que no le ha permitido alcanzar el desarrollo que se merece. Es un departamento que se debe mirar como lo que es, una región con todas las oportunidades para progresar, para brindarle una mejor calidad de vida a su población y aprovechar esa riqueza natural para convertirla en su principal fuente de sostenibilidad, sustento y prosperidad, tal como se hace en otros lugares del mundo.

Hasta tanto no se le preste atención al Chocó y la indiferencia obligue a sus ciudadanos a buscar otras posibilidades fuera de su terruño, los problemas saldrán de sus fronteras y afectarán al resto de la Nación. No se debe olvidar lo que el impacto de esa suma de factores implica para el Valle del Cauca, a donde por la vecindad son permanentes los desplazamientos primero a Buenaventura y de ahí hacia Cali, donde esperan encontrar refugio y un mejor futuro.

Por ello debe ser un interés del Valle respaldar las soluciones a los problemas del Chocó y exigirle al Estado que además de prestarle la atención que requiere para superar la emergencia actual, le ofrezca las oportunidades que se necesitan para tener una sociedad organizada y capaz de contener la ilegalidad y la violencia producto de la minería ilícita y el narcotráfico, problemas que no se pueden combatir solo con la Fuerza Pública. Que no se olvide que en su riqueza natural y en su biodiversidad están las soluciones y las posibilidades que demandan los chocoanos.

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