La tarea pendiente

La tarea pendiente

Mayo 03, 2019 - 11:55 p.m. Por: Editorial .

La verdad hay que decirla: Colombia ha fracasado en su deber de proteger los bosques y en su compromiso de detener la deforestación.
Por ello ya no bastan los anuncios que prometen lo imposible pero que a la hora del balance muestran su ineficiencia. Hasta hoy, la tarea sigue pendiente.

El país no sólo incumplió la meta de llevar a cero la pérdida de bosques amazónicos y reducir la tala en las demás reservas forestales nacionales, a más tardar en el 2020. Como si se tratara de una burla a los buenos propósitos, las cifras llevan tres años en aumento hasta llegar a números que son un despropósito para una Nación que debería estar volcada en la conservación de la que es su mayor riqueza, aquella que puede hacer la diferencia de su futuro.

Al contrario, si en el 2016 se arrasaron 176.000 hectáreas de bosques tropicales, un año después fueron 220.000 y en el 2018 el aumento fue del 9%, con el agravante de que en el informe mundial conocido el martes de esta semana, Colombia se ubica como el quinto país con mayores índices de deforestación. Cuando se ven esos números se puede entender por qué el gobierno nacional prefiere actuar con prudencia en cuanto a las metas y a los planes a seguir.

En el Plan Nacional de Desarrollo, que marca la ruta del país para los próximos cuatro años, se fijó una tasa de deforestación igual al promedio de los tres últimos años, lo que es realista pero no por ello menos preocupante, pues implica perder otras 800 mil hectáreas de bosques. Para cumplir con ese compromiso ha lanzado la campaña Artemisa que busca reducir en un 30% la tala a través de una estrategia en la que participan las Fuerzas Armadas, las entidades ambientales, la Fiscalía, la Justicia y en la que están involucrados todos los Ministerios.

El propósito, según lo manifestó el Ministro del Medio Ambiente, es hacer un monitoreo permanente, contar con un plan de economía forestal y tenencia de tierras o lo que significa hacer una mayor inversión en sostenibilidad, fortalecer la legislación y, por supuesto, reforestar las zonas devastadas, además de realizar una labor pedagógica más intensa. Es la propuesta de siempre, que ojalá ahora sí funcione porque el tiempo está cada vez más en contra.

Lo cierto es que los plazos se agotan porque la deforestación no sólo significa perder millones de hectáreas de selvas o bosques; es minar las fuentes de agua, acabar los ecosistemas y con ellos matar las especies que albergan. Es poner la vida misma en riesgo y así, con esa alarma, necesita verlo Colombia para sacudirse de la apatía con la que siempre ha tratado sus asuntos ambientales.

Al Gobierno hay que apoyarlo en su propósito de hacerle frente a la deforestación desde una posición realista, pero también hay que tener sobre él los ojos avizores y críticos para que cumpla lo prometido. Hacer esa vigilancia es responsabilidad de la sociedad, como es su deber participar de las acciones que se emprendan para salvar cada árbol de nuestros amenazados bosques.

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