La otra cara

La otra cara

Noviembre 19, 2018 - 11:55 p.m. Por: Editorial .

Luego de sortear un viaje lleno de dificultades y carencias, miles de caminantes de Honduras empiezan a amontonarse en Tijuana, el paso fronterizo que da acceso a los Estados Unidos. Contrario al éxito que pueda pensarse, lo que inicia ahora es el pulso definitivo entre los caminantes y las autoridades del país que ellos han calificado como su meta final y la solución a sus problemas.

Muchos de los integrantes de esas caravanas han regresado a su nación, ante el esfuerzo físico que significa lo que en un principio pensaron era la redención a la falta de oportunidades, la pobreza y la violencia que soportan en Honduras. Es la tragedia que afecta a millones de personas expuestas a idénticas condiciones, quienes en el pasado han realizado el viaje hacía el sueño americano que les ofrezca las posibilidades de trabajo, progreso y dignidad que no alcanzan en su tierra.

Sólo que ahora han constituido caravanas que causan alarma y despertaron la reacción furiosa del Presidente de los Estados Unidos, quien vio en ellos el elemento para la campaña política que acaba de terminar. Aunque no se ha demostrado, es posible que esas movilizaciones hayan sido aprovechadas por opositores al Presidente de Honduras y por quienes pretenden aprovechar la simpatía que despiertan los caminantes para culpar a la gran potencia de América y del mundo.

Es la eterna parábola de David contra Goliat que se reproduce ahora en las fronteras entre México y los Estados Unidos. Por lo pronto, ya se sabe de las precauciones que se han impuesto para detener el acceso de los caminantes, bloqueando los pasos fronterizos y alistando los medios para impedirlo si no cumplen las normas para otorgar asilo.

Pero también se conoce el trauma que las movilizaciones han producido en México y aún en Guatemala. Además, ya se destapa el rechazo inocultable de quienes en esos países sienten afectadas sus vidas por la llegada de los caminantes. Son los gobiernos que deben destinar recursos para atenderlos, darles protección, alimentación y seguridad; y los ciudadanos del común que se sienten inseguros o ya no pueden pasar a las ciudades fronterizas a trabajar debido a las trabas que están padeciendo.


En todo ello hay pues una gran confrontación. Por una parte, el deber de ser solidarios con quienes padecen la pobreza y el fracaso de sus gobiernos. Y por la otra, los gobiernos que deben hacer respetar sus legislaciones creadas para garantizar el orden y las naciones como México que están en la mitad del sándwich y tienen en sus fronteras a miles de personas a las cuales no puede mantener por mucho tiempo.

En esas condiciones el asunto no es sólo rechazar el racismo del presidente Donald Trump ni echar la carga sobre el nuevo presidente de México, el izquierdista Manuel López Obrador. Ambos tienen ante todo la obligación de proteger a sus naciones y hacer valer las normas sobre migración sobre las intenciones de quienes ven en esa movilización la oportunidad para hacer causa política con las necesidades de quienes han caminado miles de kilómetros para alcanzar un sueño que quizás no conseguirán.

VER COMENTARIOS
Columnistas