La historia de una barbarie

La historia de una barbarie

Mayo 30, 2019 - 11:55 p.m. Por: Editorial .

Veinte años han pasado desde que el Eln se adentró en Cali, atacó la iglesia La María y secuestró 194 personas que se encontraban reunidas allí alrededor del sacramento de la misa. Fue una audaz y cobarde acción que causó daños irreparables para las víctimas, para sus familias y para una sociedad que debió padecer que la violencia tocara a sus puertas con saña y detrás de unos cuantos pesos de recompensa.

En su momento, el secuestro causó una enorme confusión. Y aunque la reacción de la Fuerza Pública logró rescatar 86 de los secuestrados, los demás fueron llevados hacia la zona selvática en el Naya, donde padecieron vejámenes, privaciones y abusos de toda clase. Fue un acto criminal que pretendió presentarse como una acción de carácter político, detrás de lo cual apareció el interés por conseguir dinero de las víctimas, de su necesidad de proteger su vida y del afán de sus familias por hacer lo necesario para devolverles la libertad.

Pero esa crueldad no terminó allí. En muchos casos, los secuestrados quedaron atados a compromisos para seguir pagándoles a los secuestradores en cuotas por dejarlos libres. Fue una aberrante extorsión que en no pocos de las víctimas obligó a su exilio. Fue como si existiera la imposición de cumplir los dictados de los criminales bajo la amenaza de muerte o de tomar represalias contra sus hijos, padres, hermanos o cualquier persona relacionada con ellos.

Año y medio después, el Eln repitió su crimen en el kilómetro 18 de la carretera al mar, llevándose 83 personas, de las cuales tres murieron en cautiverio. En esta ocasión, la Fuerza Pública obligó a los secuestradores a soltar a quienes iban a ser objeto del mismo chantaje que padecieron las víctimas de La María. Aunque en su momento se pretendió mostrar esa liberación como gesto humanitario producto de una negociación con el Gobierno Nacional, lo cierto es que el rechazo nacional y la acción del Ejército hicieron posible terminar con el horror que padecieron los 23 que quedaban en poder de la barbarie.

Así fue el accionar del Eln contra ciudadanos inermes que se encontraban en misa o de paseo. Ahora, ese mismo grupo sigue secuestrando, explota la minería ilegal, es autor del terrorismo que asesinó a veintidós personas en la Escuela de Policía General Santander en Bogotá, del asesinato de indígenas en el Chocó, del narcotráfico en el Cauca y en el Catatumbo.

Nada parece haber cambiado en la mente de sus cabecillas. Es el delito disfrazado de política que genera ganancias sin límite mediante el uso del terrorismo sin consideración de la dignidad de los seres humanos, justificado por quienes pretenden obligar al Estado a tranzar con un grupo de violencia que usa la crueldad para mantener sus propósitos sangrientos.

Las víctimas de la Iglesia La María son el testimonio fehaciente de lo que puede causar el terrorismo en los seres humanos. Ellas, como todas quienes han padecido la violencia del Eln merecen la solidaridad que nace desde el momento en que las sociedades se ponen de acuerdo en combatir el terrorismo y el afán de lucro disfrazados de política.

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