La dictadura de Nicaragua

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La dictadura de Nicaragua

Julio 11, 2018 - 11:30 p.m. Por: Editorial .

Trescientos cincuenta personas asesinadas por la mezcla de grupos paramilitares del gobierno, policías y agentes oficiales, calles y carreteras bloqueadas y manifestaciones de rechazo de toda la sociedad de Nicaragua es la cosecha que dejan los años en los cuales Daniel Ortega, su familia y sus incondicionales se apoderaron de ese país.

Todo empezó por una protesta contra la reforma pensional propuesta por el régimen y la reacción de éste contra los manifestantes, en abril de este año. Aunque se logró que Ortega reversara lo que era una iniciativa absurda, se inició una movilización que abarcó todos los temas acumulados por años de abusos de la familia presidencial y sus deseos de prolongar su estadía en el poder.

Y se ha transformado en un baño de sangre que lleva centenares de muertos, donde la noche es el amparo de los esbirros embozalados que se transportan en camionetas junto a policías y soldados, se bajan en cualquier esquina y arremeten contra casas, iglesias, locales comerciales, disparando a discreción o produciendo incendios que dejan familias enteras calcinadas. Es el terror como estrategia, al estilo de lo que pasa en Venezuela, y que se origina en las lecciones bien aprendidas que ha repartido la dictadura de Cuba en todo el Continente.

Pero los nicaragüenses que hace cuarenta años se rebelaron contra la dictadura de los Somoza, no se rinden. No obstante, la enorme capacidad de represión y la falta de escrúpulos del nuevo dictador, uno de los líderes de esa triunfante revolución contra el totalitarismo inmoral que no tuvo ningún problema en designar a su esposa como vicepresidenta, continúa descargando su furia selectiva para amedrentar a la nación de Augusto César Sandino, el patriota asesinado en 1934 por Anastasio Somoza al reclamar la independencia y la libertad de su país.

El pasado lunes, un grupo de sacerdotes católicos encabezados por el nuncio apostólico en Nicaragua fue agredido en la basílica de Diriamba, cuando trataban de lograr la liberación de quienes allí se refugiaban, huyendo de la represión asesina. Esa Iglesia, que busca el cese de la conflagración en Nicaragua sin renunciar a su deber de interpretar a una nación que reclama el fin de la dictadura de Ortega y su mujer, fue notificada con violencia y ante la prensa mundial sobre las intenciones aviesas y mortíferas del régimen.

Ante esa amenaza, que reproduce el camino recorrido por Venezuela en los últimos diez años, no queda alternativa distinta que la unión de América y del mundo contra la dictadura cruel que asesina a los ciudadanos para perpetuarse en el poder e imponer un falso socialismo que esconde las intenciones totalitarias que gobiernan en Cuba. Una unión que respalde al pueblo de Nicaragua en su exigencia de democracia y condene la existencia de gobiernos arbitrarios que ahogan las libertades.

No más asesinatos y represiones dirigidas a sembrar el miedo y que sirven de apoyo a regímenes inmorales, debe ser la consigna de una América que ha perdido muchos años en medio de dictaduras como la de Daniel Ortega en Nicaragua

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