El verdadero desafío

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El verdadero desafío

Noviembre 08, 2019 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

La indignación que causó la resolución expedida por el Gobierno Nacional que establece las cuotas de pesca de tiburones y rayas para el año 2020 indica que los colombianos comienzan a hacer uso de su conciencia ambiental. Pero en medio de ese apasionamiento es importante tener claridad sobre los alcances e impactos de la norma, y analizar si el problema está en ella o en los controles y el ejercicio de soberanía que se hacen en los mares de nuestro país.

La resolución 350 de 2019 ratifica la cuota máxima de toneladas de tiburón y raya que se pueden extraer cada año en Colombia: 350 en aguas del Pacífico y 175 en las del Atlántico. Es clara en que sólo aplica para la pesca incidental, es decir la que se hace de forma artesanal y de la que viven 65.000 familias, que generan sus sustento de ello. Además, le pone un tope de 15,1 toneladas a la comercialización anual de aletas de escualos, haciendo la salvedad de que el animal debe llegar entero a los puntos de venta.

Según los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente, con la normatividad Colombia no está autorizando la pesca industrial de esos animales, ni la exportación a gran escala del apéndice dorsal, que es apetecido sobre todo en los países asiáticos. Lo que se hace es controlar la venta de los tiburones que caen incidentalmente en las redes de los pescadores ancestrales cuando salen a buscar otras especies, y que valga la pena recalcar, hacen parte de la gastronomía tradicional de las comunidades del litoral, de su cultura y de su seguridad alimentaria.

El problema no es la regulación que se hace desde el año 2011 y que apenas ahora atrae la atención mediática. El análisis y las críticas deberían dirigirse hacia la pesca ilegal que es la gran depredadora así como la que pone en riesgo la riqueza de los mares colombianos. El ejemplo está en nuestro océano Pacífico, en particular en la gran reserva marina de Malpelo, que le pertenece al Valle, y que es el santuario de la mayoría de las 76 especies de tiburones y 62 de rayas que se han detectado en nuestra nación.

En promedio unas cinco embarcaciones de banderas de otros países son detectadas cada semana en aguas de Malpelo haciendo pesca ilegal; si acaso una, o muchas veces ninguna, es capturada por las autoridades colombianas. Cada barco puede cargar cientos de toneladas de peces en una sola faena, son ellos los que capturan tiburones y rayas para hacer aleteo y devuelven el resto de los animales masacrados al mar. Ahí es donde está el verdadero peligro, no en los pescadores artesanales.

Por ello quienes de manera tan emocional han salido a criticar la resolución expedida hace una semana, deberían enfocar sus afilados argumentos a pedir un mayor control y vigilancia de los mares patrios para evitar la pesca ilegal y que desde otros países vengan a arrasar nuestras riquezas; a que se haga un monitoreo real y estricto de las especies marinas y se garantice la conservación de sus ecosistemas; y que se vigile el cumplimiento de las cuotas de pesca artesanal para impedir que se rebasen los topes. Ahí está el verdadero desafío.

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