El discurso de la desunión

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El discurso de la desunión

Febrero 01, 2018 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

Aunque la alocución que cada año el presidente de los Estados Unidos pronuncia ante el Congreso de su país está dirigida a analizar el desarrollo de su gobierno, también es la oportunidad para montar un show. Es lo que ocurrió con el discurso de Donald Trump, el pasado 30 de enero.

En vez de una rendición de cuentas que incluyera respuestas a los innumerables cuestionamientos que ha recibido Trump y su gobierno durante el año que lleva en la Casa Blanca, lo que presenciaron y escucharon cientos de millones de personas fue un discurso cargado de efectos llamados a despertar emociones entre los estadounidenses. Fue una calculada y bien ejecutada obra que tuvo como protagonistas a los héroes militares, policiales y civiles, previo a la presentación de los argumentos que llevan a aislar a Estados Unidos y a mostrarlo como un país dispuesto a la guerra y no artífice de un orden mundial pacífico.

Y tuvo como presentador a un presidente que con sus gestos y reiterados aplausos a sus propias palabras trató de desviar la atención sobre los problemas que él le ha creado a su Nación, desde su campaña al cargo que hoy desempeña hasta su intención reiterada de romper tratados y de aumentar la discriminación contra los inmigrantes o contra cualquiera que no sea de su agrado.

Así uso a los padres de Otto Warmbier, un joven sentenciado a quince años de prisión en Corea del Norte y que murió al regresar a su hogar, para ratificar su intención de atacar a ese país, cuyo régimen es uno de los más odiados del planeta. Como lo hizo con Celestino Martínez, un guarda fronterizo que ha logrado capturar y deportar a cuatrocientos miembros de las maras salvadoreñas, para clamar por el apoyo a su estrategia de construir un muro en la frontera con México.

Y así siguió con el llanto de un matrimonio de inmigrantes latinoamericanos cuyas hijas fueron asesinadas por delincuentes de origen hispano. En su calculada estrategia, se apropió del crecimiento de la economía estadounidense y recalcó las bondades de su reforma tributaria para llamar a sus paisanos a aceptar el concepto de Estados Unidos como el primer país del mundo. Allí no importaba que la posibilidad de un progreso equilibrado sea la mejor arma para detener la migración producto de la desigualdad, sino el mensaje excluyente que aleja a los amigos y divide a los mismos estadounidenses.

Por supuesto, no hubo mención alguna a las posibles relaciones de Rusia con su campaña que lo tienen al borde de una crisis, ni habló de los escándalos frecuentes que causan sus mensajes vía twitter o a las incertidumbres que ocasiona a su país el retiro súbito y alarmante de funcionarios de alto nivel, o de sus asesores que ya no soportan las contradicciones.

Simplemente, Trump hizo lo que él sabe, usar todos los recursos del marketing para defender su polémico gobierno. Se embriagó de los aplausos y vítores tan frecuentes en ese día simbólico en los Estados Unidos para mandar un mensaje que aumenta la división y las preocupaciones, a pesar de los innegables progresos en la economía más poderosa del planeta.

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