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Diálogo sí, bloqueo no

Mayo 31, 2021 - 11:55 p. m. 2021-05-31 Por: Editorial .

Treinta y cuatro días completa ya el paro convocado para buscar reformas y transformaciones. En ese tiempo, las conversaciones para establecer una posible mesa de negociación con el Gobierno a duras penas están en un preacuerdo sobre los compromisos que el Estado asumiría para respetar y proteger la protesta social, mientras las vías de hecho continúan causando estragos en la economía, en los bolsillos de los colombianos, en las empresas y en la tranquilidad de la Nación.

En ese tiempo, suficientemente largo para tener avances y evitar las consecuencias ruinosas que está padeciendo el país, no aparecen las soluciones. Los voceros y organizadores de ese movimiento no parecen satisfechos con el retiro de la reforma tributaria que les generó gran respaldo a la protesta, ni el que se haya adoptado la educación universitaria gratuita o que el Congreso haya enterrado la reforma a la salud presentada por la bancada de Cambio Radical.

Ante esas decisiones que se empeñan en mostrar como el triunfo del paro, siguen presentando más y más exigencias, algunas imposibles de realizar. Y en desconocer que la legislación colombiana es lo suficientemente amplia y explícita en la protección de la protesta como un derecho, así como en establecer sanciones ejemplares para los servidores públicos que lo desconozca, para quienes abusen de sus atribuciones y desconozcan la abundante legislación que Colombia ha establecido para los derechos Humanos.

Hoy, su gran argumento son las vías de hecho, es decir, la continuidad indefinida de la parálisis en la cual pretenden mantener el país. Y no se preocupan por condenar como corresponde los bloqueos a los cuales están sometidos sectores importantes de Cali, del Valle y de centenares de vías, calles y carreteras, lo que ha obligado al Gobierno Nacional a usar figuras jurídicas legales y legítimas para hacer respetar los derechos de los millones de colombianos que son afectados en sus derechos a la libertad, a la locomoción, al acceso a los alimentos, a la atención a su salud, en fin, al ejercicio de la libertad que garantiza una democracia.

Y el llamado paro nacional sigue, aunque se apaga el respaldo popular. Sus organizadores se obstinan en usar la parálisis para presionar al Gobierno, mientras los ciudadanos, el empleo y la actividad que lo genera, son las víctimas de la anarquía que algunos impulsan. Sabedores del uso que los promotores del vandalismo hacen de la protesta, los dirigentes del paro se niegan a condenar los bloqueos y se empeñan en mostrar a nuestro Estado como el propiciador de la violencia y a la Fuerza Pública como la personificación del mal.

Por ello, el paro continúa sin que sus organizadores, que no aceptan a los jóvenes que reclaman en las calles, se preocupen por el daño que le causan a la sociedad. Y no aparece alguna luz que indique la cercanía del diálogo sensato y patriótico, mientras la barbarie incrementa su presencia, restándole legitimidad a los promotores que se niegan a condenar los bloqueos como instrumento para doblegar la voluntad del Gobierno y de la inmensa mayoría del pueblo colombiano.

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