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¿Vida nueva?

Enero 03, 2021 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Si uno se tomara el trabajo de anotar cuánto prometemos para el año que comienza (o lo que nos atrevemos a anticipar para los siguientes doce meses), con seguridad sumaríamos a lo largo de la vida un sobregiro de optimismo que no tendríamos con qué pagar.

Pasa todos los 31 de diciembre con esa inveterada costumbre de creer que año nuevo, vida nueva. Así será siempre y así habrá ocurrido por centurias, con base en todo tipo de lecturas sobre lo que es migrar de un dígito a otro.

Aunque el tema es mucho más complejo que doce uvas y un paso de calendario. Porque si para el común de nosotros 365 días es lo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol, eso mismo es para los que saben no solo mucho más ancho sino también largo.

Hablo, por ejemplo, de lo que nos enseña Salvador Casanova autor de su ‘Maravillosa Historia del tiempo y sus circunstancias’ (Iure Editores) cuando explica que si de medir eso mismo se trata (el paso de un año) hay otros tres métodos: sidéreo, trópico y anomalístico. Solo que al final no nos detenemos en ellos porque el calendario que nos rige es el gregoriano, aquel que obedece a razones políticas antes que a científicas.

Quizá por ello mismo, supongo, es que a las doce en punto del día aquel no nos detengamos en la astronomía sino que más bien apliquemos la ‘sientología’, admitamos, sin mucho polo a tierra.

Y no está mal confiar en el mañana, ni más faltaba. Como anota el autor de una columna (al que olvidaron poner su nombre en Vanguardia.com):
“Lo que más me gusta del inicio de cada año es que nos llenamos de una buena dosis de fe y de ganas de voltear la página para emprender otras iniciativas. Sin embargo, no podremos renovarnos si seguimos cargando en nuestros hombros las tristezas del ayer, las añoranzas por los tiempos que no volverán o los rencores y resentimientos. Dicho de otra forma: no podemos comenzar el nuevo capítulo de nuestra vida si seguimos leyendo el último”.

Bien dicho. Bueno, hasta que uno se levanta el 1, y luego el 2, de enero para encontrarse con que el mundo sigue andando como si esto del ¡feliz año! no fuera con él. Ni con el Covid-19 que sigue palo arriba aquí, donde el avión que se nos cae a diario ya no lleva 180 pasajeros sino que ahora ronda los 280 en promedio; o en los Estados Unidos, con casi cuatro mil fallecimientos por día y 20 millones de contagios acumulados. Aunque tampoco puede ser de otra manera con tanta irresponsabilidad en todo lado. ¿Vieron las imágenes de Feria en el barrio Eduardo Santos en Cali o las de una fiesta a tope para centenares de jóvenes en Barcelona (Cataluña, España)?

Y encuentra uno en los portales que la muerte tampoco se fue a dormir en otras de sus terribles expresiones. Como las del odio y la intolerancia con que fusilaron en la noche vieja a Yolanda Zabala Mazo (22 años), reincorporada de las Farc, y a su hermana Reina (17 años), en una vereda de Briceño, Antioquia.

O que no debe haber mayor diferencia para Buenaventura entre la horrible noche del 30 de diciembre y la mañana de luto de hoy, 4 de enero, a la espera de que, por una vez, se cumplan los anuncios que brotan de los consejos de seguridad, esos que siempre se hacen solo cuando asoma la inseguridad. Es decir, ‘reaccionitis’ pura y dura.

Sin contar muchas cosas más, como la colección de nombramientos del más rancio clientelismo por parte del Gobierno Nacional de personas que no reúnen los requisitos para ejercer cargos diplomáticos. Y las enormes limitaciones para ir y venir por tierra del centro al occidente del país.

Y entonces recuerdo que menos mal está Fernando Pessoa y su ‘Año nuevo’ (1923):

¡Ficción de que comienza alguna cosa!
Nada comienza: todo continúa.
En la fluida e incierta esencia misteriosa
del pasar fluye sombría el agua desnuda.
Los recodos del río sólo esconden movimiento.
Allí donde se mire, fluye el mismo río.
Comenzar sólo comienza en el pensamiento.


Sobrero: Igual, feliz año.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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