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Mujeres rurales

Octubre 18, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Pasan de largo los días internacionales de muchos asuntos. Algunos de ellos inanes (el viernes pasado fue el del jefe y el sábado el del perezoso) y otros, en cambio, dignos de mayor atención y reflexión: el del cáncer de mama, hoy; el de la osteoporosis, mañana; y (y no es chiste) el del corrector (humano) de textos el 27 de este mes, una de las especies en vía de extinción que más lamento y debería lamentar antes que nada este oficio.

Y pasó de largo el Día Internacional de la Mujer Rural, que fue el jueves 15. Aunque en realidad lo que pasa de largo es la terrible situación de la mujer rural en muchos Estados y no menos en este. Bueno, en gracia de que Colombia lo sea en toda la extensión del término.

Pero esa es otra discusión en la que uno corre el riesgo de ser señalado de cualquier vaina y digno de toda sospecha. Volvamos a que ser mujer rural en el mundo es una de las formas más seguras de tener muy pocos derechos y en cambio sí todas las obligaciones inimaginables, aparte de figurar poquísimo en las agendas gubernamentales. Mejor dicho, es vivir al margen de las márgenes.

Y no es asunto de percepción. Ni es cosa del pasado. Es más, no es equivocado decir que mientras muchas cosas, como la tecnología o la industria del ocio, cambian a velocidades asombrosas, las condiciones impuestas a la mujer que vive en el campo son las mismas de hace décadas y, a veces, siglos.

Además de que hoy, en medio de la nueva realidad, les va peor: Las mujeres rurales ya enfrentaban, y se enfrentan, a batallas previas específicas en su vida diaria a pesar de sus roles clave en la agricultura, el suministro alimentario y la nutrición. Ahora, desde el Covid-19 y las necesidades de salud únicas en áreas remotas, les es menos probable tener acceso a servicios de salud de calidad, medicamentos esenciales y vacunas (Naciones Unidas).

Lo que no es todo, porque a eso hay que sumar eso que ese mismo organismo llama normas sociales restrictivas y estereotipos de género.
Es decir, la opresión de siempre. Solo que ahora eso mismo se agrava por las consecuencias sociales directas de la pandemia, entre ellas presiones sobre la propiedad de la tierra y los recursos, donde ellas, y lo que poseen, se convierten en objetivo. ¿De quién, o de quiénes? Por ejemplo, de los efectos de una movilidad que comienza a darse: un regreso al campo de muchos que se ven obligados a abandonar las ciudades a donde se habían marchado.

Si sobre ese panorama mundial llueve, por aquí no escampa. Porque, para pintarlo de la manera más gráfica, en Colombia un pobre rural es el doble de pobre del pobre de las ciudades.

Pero si se ve a la luz de las mujeres, no se puede olvidar que, según El Informe Sombra de Mujeres Rurales y Campesinas Colombianas elaborado hace poco por diversas entidades y organizaciones vinculadas al tema, para 2016, las mujeres representaban el 51,6 % de la población de Colombia, el 21,2 % vivía en zonas rurales y de 3.070.586 hogares rurales un 23 % (707.056) tenía jefatura femenina. De estos, más del 40 %, catalogados como hogares rurales y rurales dispersos, se encontraban en condición de pobreza (DNP, 2018a; Geih, 2017).

Setecientos mil y pico de hogares en los cuales todos los días y noches se lucha sin pausa para ganarle al hambre, al olvido y a la exclusión. Y donde, como lo desconoce esta sociedad, miles de mujeres se juntan en centenares de organizaciones para luchar en defensa de la vida y de proyectos asociativos que (hechos cafés, miel, chocolates, confecciones, etc.), llegan a sus hogares o están a su alcance.

Mientras algún día ellas, y sus hijos, entran en las cuentas de este Estado, apóyelas, compre sus productos. Ellas no esperan el cambio. Ellas lo hacen desde allá, en eso que solemos llamar de manera despectiva, el campo.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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