Masivos

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Octubre 13, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Cuánto pueden y deben aprender de la actual crisis de TransMilenio los demás sistemas de transporte masivo que operan en el país? Aunque más bien lo que vale la pena preguntarse es si el MÍO y similares están dispuestos a sacar conclusiones y aplicar correctivos antes de seguir el mismo camino del desprestigiado ‘TransMi’. Los puntos fundamentales a contemplar son capacidad, eficiencia y más vías. Durante un buen tiempo, TransMilenio estuvo a la altura de las necesidades de Bogotá. Eran las épocas en que la ciudad cabía en el sistema. De eso hace más de una década. Su funcionamiento incluso llegó a despertar admiración.Pero un día Bogotá puso a prueba a TransMilenio. Fue durante el paro del transporte público de 2001. Esa vez, unas 300 mil personas descubrieron que había otra forma, rápida y efectiva, de viajar. Mejor dicho, se montaron a los articulados y nunca se volvieron a bajar. Y desde ahí la demanda comenzó a subir, sin que se apurara la respuesta inmediata a ese nuevo escenario. Hoy, esa brecha es insondable: sobra gente y faltan tanto buses como frecuencias y canales.Eso ha ido pasando, en menor escala, en otras ciudades. La queja más recurrente en Cali tiene que ver con el incumplimiento en los horarios, lo que trae como consecuencia inmediata las aglomeraciones, con todas sus consecuencias en términos de incomodidad, inseguridad, estrés y demás factores que inciden en la pérdida de calidad del servicio. Por ahí deberíamos comenzar, por cumplirle a la gente. Dirán los operadores que así lo quieren pero no pueden. Por diversas causas que ellos, y solo ellos, pueden remediar. Si no se cumplen los horarios no se genera confianza. Y si no se genera confianza, el transporte masivo desaparece del círculo de simpatía de la gente. Eso parecería ser un asunto secundario. ¿Saben que no? La única forma de que el transporte masivo, el MÍO en este caso, funcione es mediante una buena relación entre empresa y usuarios. El transporte público es un negocio pero antes que eso es un servicio. A TransMilenio y al MÍO no los defienden solo las autoridades. Debemos defenderlos los usuarios, ahí pasamos buena parte de nuestras vidas. Son espacios colectivos que debemos hacer vivibles. Este, como tantos otros, es un tema de educación. Hay que aprender y enseñar muchas cosas: a dejar salir para poder entrar, a evitar hablar por celular (al menos a gritos), a no comer en los buses, a dejar de comprarles a los vendedores ambulantes, a ceder el asiento a personas que en realidad lo necesitan, a tener el valor de denunciar. En fin, todo eso que cabe dentro de la cultura ciudadana.Eso sí, es responsabilidad de las empresas y de las administraciones locales encabezar esa tarea. Pongo de nuevo el ejemplo de Medellín. Cada vez que uno va a esa ciudad, comprueba el sentido de pertenencia en torno al Metro, un sistema que costó muy caro pero que nadie se atreve hoy a causarle un solo rasguño. Hubo pedagogía efectiva. ¿Cómo hacemos para que el MÍO (y TransMilenio y los demás) se convierta en un buen lugar de transición entre nuestras casas y nuestros sitios de trabajo o de estudio? Esa es la tarea a hacer entre todos. No bastan los decretos, es una construcción colectiva. Esto es lo que hay. El actual modelo de transporte masivo no va a desaparecer. Ni hay plata para hacerlo ni tampoco sería justo retroceder. Lo del cacharro viejo, maloliente y bochinchero es una página que, por fortuna, estamos a punto de pasar. Aquí no hay sino dos opciones: o ganamos todos o perdemos todos.

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