Maduro a la mesa

Maduro a la mesa

Septiembre 23, 2018 - 11:35 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Del natural escándalo que desató la imagen en Estambul de Nicolás Maduro y su mujer en el restaurante del chef turco ‘Salt Bae’, apuntados ambos como ‘patos’ al show del famoso cocinero, me pregunto: ¿Hizo escala el dictador para un almuerzo de trabajo con autoridades locales o fue aquello nada más que un capricho?

Quizás, una excentricidad. Porque Maduro pudo haber elegido otro restaurante en esa ciudad, pero no quiso correr dos riesgos. Uno, que no le dieran mesa por tener un enorme parecido con Nicolás Maduro, y dos, que dejarán entrar a la prensa al lugar para sorprenderlo, como en efecto sucedió, con la boca más llena de lo que recomiendan los buenos modales.

En realidad, ‘Salt Bae’ lo esperaba en ese lugar que tiene sus más y sus menos. Allí concurren futbolistas como Cristiano y tenistas como Federer. No tengo nada contra ellos, pero de sus especialidades no voy más allá del remate con tres dedos del primero y el revés a dos manos del suizo. Eso de ir a comer a donde van los famosos suele ser mala receta. El otro día fui a cenar en Tuluá donde frecuenta ‘El Tino’. Y sí, nos reímos mucho, pero salí con hambre.

Pero andábamos con ‘Salt Bae’ y lo que les venía diciendo, lo suyo es un cuento. Con decirles que lo más destacado es una contorsión que hace cuando pone la sal, tal cual sommelier barato en trance. Nada, no vayan por allá a gastarse 250 dólares que vale su plato estrella de parrillero.
Esos mismos 250 que sale de los bolsillos de los contribuyentes venezolanos a los que quiere matar, entre otras, de hambre.

Y eso sin contar que remató con un puro (¿acaso, Cohiba?) e, imagino, cognac. Lo que le da un grado más en tiranía. Con el tiempo, los tiranos (y especies parecidas) se vuelven así: exigentes y gourmets. Más en privado que en público. Adolfo Hitler siempre quiso vender un perfil de vegetariano, como parte de una presunta superioridad moral sobre sus hombres. Aunque lo que escondía era el terrible funcionamiento de un aparato digestivo que demuestra hasta dónde iba el amor que decía tenerle Eva Braun (aunque quizás por eso mismo ella solo aceptó el matrimonio in extremis, sabedora de que no habría noche de bodas).

Stalin si no se guardaba nada, dicen Victoria Clark y Melissa Scott en su libro sobre el mal gusto de los dictadores a la hora de comer. Lo suyo eran las comilonas, a las que era mejor decir que sí. Y el menú, cocina georgiana (la mejor de toda la Madre Rusia, no lo duden), pero en cantidades pantagruélicas que incluso estuvieron a punto de matar a Tito y a Mao cuando ellos aceptaron sentarse a la mesa con él. Aunque quizás esa era la idea, despacharlos por indigestión.

Y a propósito de Mao Zedong, como Maduro (con el perdón de Mao, pero así es la historia), el viejo se hacía traer el pescado fresco del mar que se le venía a la cabeza, sin que su corte pudiera interponer como disculpa las distancias monumentales. Clark y Scott dejan ver que Kim Jong II, el tiranosaurio padre del loco que manda en Corea del Norte, no perdonaba en cambio una copa de cognac que tuviera, antes que buen bouquet, bastantes ceros a la derecha, que para eso, diría él y dirán otros, es la plata del proletariado.

Así que no es Maduro la excepción, sino parte de la regla. Incluida aquella de echar tripa y perder la noción de lo saludable. Que para el caso vale la pena citar a Atila, víctima fatal de los excesos (opíparos) en su noche de bodas. Aunque para salir mal librado de una mesa solo basta atragantarse con un pedazo de carne puesta, por ejemplo, por ‘Salt Bae’ en alguno de sus restaurantes vitrineros. Lo que, de suceder en un futuro con Nicolás, no sería mala idea. Digo, de su glotonería.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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