La expansión

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La expansión

Diciembre 08, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

La serie de informes publicados por este diario bajo el nombre ‘La expansión del gota a gota en América Latina’ desnuda la dimensión de un delito transnacional que creíamos doméstico. Los tentáculos de ese negocio infame y práctica criminal están más que bien expuestos en este trabajo que nos reconcilia con el buen hacer periodístico.

Ahí, en cada capítulo que pueden encontrar ustedes en elpais.com.co, se puede ver cómo el delito avanza más rápido que la legalidad para, además, sacarle distancia a la justicia, hasta el punto de hacerse casi que inalcanzable.

Es lo que uno concluye, si se detiene en tantas y tan diversas formas elegidas por sus autores y financiadores para abrirse paso en los mercados (casi todo el vecindario) en que ha ido incursionando esta máquina de hacer plata, con la ley como espectadora. Por encima de la intervención que han pretendido hacer los gobiernos, a veces con la presencia misma de primeros mandatarios, lo que indica a las claras la gravedad del asunto.

Pero así como aterra un mapa del que ya forman parte Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Honduras, México, Panamá y Perú (Y claro está, Colombia), impresiona otro tanto esa facilidad del hampa para ampliar sus fronteras, tras saltar sobre las establecidas con una facilidad que ojalá tuvieran mejores causas.

Con una consecuencia más, aparte de todas las que apunta la investigación: la nueva ‘colombianización’ con que nos matriculan en el exterior por acciones al margen de la ley en las que se ven involucrados compatriotas. Aquello que terminamos por pagar de contado los demás ciudadanos, cada vez que por suerte o por necesidad salimos del país.

Eso, la imagen de asociarnos con ellos, es apenas la cuota inicial. Ojalá el mundo se hiciera más con la obra del maestro Gabriel García Márquez y las conquistas (presentes y futuras) de Egan Bernal; y las de Cabal y Farah, más tantas otras cosas buenas.

Pero poco pasa. Quizás a usted le ha ocurrido: una vez nos identifican, el nombre de Pablo Escobar es casi seguro siguiente tema de conversación. Así se ha vuelto costumbre. Con un nuevo matiz, el del tal reconocimiento por nuestro supuesto talento televisivo para hacer (adivinen qué) series sobre narcos.

En ellas, la gente aprende a llamar (y a sentir una simpatía que no disimulan) con ese hombre al que terminan por llamar como si fuese su vecino, con nombre propio: ‘Pablo’. Y en seguida, a todo interlocutor que va de estas tierras le chantan el ‘parcero’ como apellido, o ‘parce’, una vez entran en confianza.

Eso cuesta y pega. Pero lo que más debería preocupar es la suma de modelos de vida ilegales que se dieron a luz aquí y crecieron para, luego, ver cómo se procedía a exportarlos. A ellos sumamos ahora el cobrador del ‘gota a gota’. Un portafolio de la infamia manejado por mafias que incluye trata de personas, ‘mulas’, prostitución asociada con esclavitud, sicarios, ladrones (de a pie y de cuello blanco), entre otras. Por esa misma vía que alcanzamos un siniestro prestigio que cotiza a diario en los anales de la delincuencia del vecindario, y más lejos.

Quién sabe cuál será la siguiente especialidad en esta gama de ruletas rusas que algunos eligen en medio del desespero y otros porque así les viene en gana. Igual, para todos ellos en la cotidianidad lo que hacen es ‘trabajo’, ‘mi trabajo’ (así lo identifican, y así lo creen a veces sus propias familias).

Todo no es más que señal inequívoca del todo vale, ese cáncer capaz de seguir avanzando por generaciones y para el que tampoco se anticipa remedio diferente a la educación, comenzando por la de casa.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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