Historia y educación

Julio 31, 2022 - 11:40 p. m. 2022-07-31 Por: Víctor Diusabá Rojas

“Asimilar la historia del Siglo XX y llegar a un acuerdo sobre ella ha sido una tarea muy complicada en la mayoría de los países europeos. Las dos guerras mundiales se recuerdan de formas diferentes(...). Lo que se celebra en algunos como ejemplos de heroísmo se percibe en otros como acciones criminales”.

Son apartes de una columna titulada ‘Guerra de memorias’, puesta en El País de España. Su autor: Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y profesor visitante en la Central European University de Viena. La historia, lo demuestra Casanova con su extensa obra, es erudición. Ese “conocimiento profundo de alguna materia (en especial, relacionada con las humanidades) adquirido mediante el estudio directo de textos y fuentes”.

Sin aspavientos, apenas con el brillo propio que da ese conocimiento al que hace referencia la definición. Y los historiadores, cuando en realidad lo son, responden a esas exigencias y en ese mismo tono. En consecuencia, no es historiador, como lo dice el propio Casanova, “quien no conoce las fuentes y los métodos de investigación”. Tampoco, “quien oculta la información que encuentra porque no se ajusta a sus ideas”.
Menos, “quien no indaga en el pasado que molesta”. Para hacer ese oficio, concluye, “hace falta formación (durante) mucho tiempo. Eso que, remata el profesor, los opinadores no entienden”.

Aunque diría yo que esos opinadores (algunos muy influyentes) no sólo no entienden sino que, en muchos casos, se empeñan en no hacerlo. O porque no les conviene y, por lo tanto, eligen el olvido como fórmula perversa. O porque prefieren reescribirla a su antojo, mientras, a la vez, descalifican el trabajo juicioso de otros desde la rotulación ideológica.
Tanto el “mejor dejemos así” o el “eso es pasado y nada más” como aquel “esto es una conspiración”, no prosperan jamás.

Tarde o temprano surge la verdad. Ya sea, entre otras razones, porque no hay crimen perfecto, porque el arrepentimiento ayuda a excavar hasta dar con el fondo, o porque las huellas guían el camino a quienes se atreven a dar con esa verdad, y no de cualquier manera.

Por supuesto, la historia, todas las historias, siempre tendrán más elementos. Por encima de, casi siempre, los hechos concretos que no pueden desmentir ni los partes oficiales ni las versiones amañadas. Claro, a veces requieren del paso del tiempo como aliado. O de situaciones impensables que desvían la atención. Solo que al final queda expuesto lo que en efecto sucedió. El propio Casanova evoca en su escrito una situación poco conocida. Digo, por los no expertos:

“Desde 1945 hasta la mitad de la década de los sesenta, la historia de la primera mitad del Siglo XX, y sobre todo la de los años de la II Guerra Mundial, se difuminó, adaptándola a una amnesia colectiva en la que los ciudadanos olvidaban lo que ellos o sus padres habían hecho, lo que habían visto o lo que sabían”. Fue el caso de los herederos de la Alemania nazi.

Por todo eso, se justifica que en el caso nuestro el informe de la Comisión de la Verdad se convierta, a partir del 12 de agosto, en material de estudio de escuelas y colegios del país. Extensivo al conocimiento, análisis y discusión en hogares y otros entornos. De frente y sin temores.

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Sobrero: En España, en la farmacia de la esquina, un test de antígenos para Covid-19 cuesta el equivalente a doce mil pesos colombianos. En Canadá son gratuitos. Aquí no ha habido poder humano que permita que los ciudadanos contemos con ellos, mientras los exámenes de laboratorio son caros, al alcance de pocos. ¿Cuáles son las extrañas razones, ministro Fernando Ruiz? Cuéntenos, antes de irse.

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