Fanatismo

Fanatismo

Enero 12, 2015 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Nietzsche definió la fe como aquella intención de no querer saber la verdad. Me parece que exageró. Otra cosa es si esa fe se convierte en fanatismo, ese mal ciego. Ahí están las imágenes de Peshawar y París que sacuden al mundo, imágenes nada extrañas a nuestra realidad.El fanático, igual, dispara contra niños en una escuela como lo hicieron los talibanes en Pakistán en diciembre pasado; ejecuta periodistas en una sala de redacción o acribilla a un policía herido en el suelo (un policía que era musulmán, al que igual hubieran matado si él se los hubiera dicho), tal cual acaba de suceder en Francia. El fanatismo asesina a una pareja de indígenas que cuelgan una pancarta, como sucedió en el Cauca con las Farc; o se encarniza con sus víctimas, eso que hicieron los paramilitares en El Salado en 2008.El fanático cree, en su fe extrema, que esos niños no solo representan a su enemigo sino que son su enemigo; asume que el ingenio de los caricaturistas merece ser objetivo militar; y practica con extraña naturalidad ante víctimas inermes su única forma de argumento, las balas que brotan del cañón de sus fusiles.Hay tipos de fanatismo. Está ese, el que ejecuta. Y está el otro, el que instiga. Por supuesto que detrás de los hermanos Kouachi, y de los talibanes que cazaron con sus armas automáticas a 132 escolares, y de los guerrilleros que jugaron al tiro al blanco con sus hermanos, y de los criminales que se pasearon orondos durante horas y horas por ese pueblo del norte de Colombia mientras sembraban el terror, hay quienes les hablan al oído.Y ellos, los fanáticos de gatillo fácil, escuchan y obedecen. Siguen órdenes, dándole, en parte, la razón a Nietzsche, porque si algo no quieren saber es la verdad. Están dispuestos, antes que a morir por su verdad, a matar por ella. Y en eso de matar, también hay dos lenguajes. Uno, el de la práctica letal. Y dos, el de la ejecución moral. A cuál, peor.El fanatismo extremo, siempre con tinte político, siempre con tinte religioso, es un viejo mal que no tiene cura. Se ha puesto tantos ropajes que no hay épocas de la humanidad sin su rastro de sangre. Esto de Charlie Hebdo es el caso más reciente y tampoco será el último. Claro, ahora nos asombra porque llega cuando quizás más hemos tomado conciencia del valor de la tolerancia.¿Qué hacer? Combatir el fanatismo. No solo frente a Notre Dame o en Nueva York o en alguna Plaza de Bolívar. También, en casa. Son obligatorias las medidas policiales y militares para frenar a los fanáticos, pero también es fundamental la educación. El peor remedio aquí es el ojo por ojo. El mejor, enseñar el respeto por la diferencia.Y recordar siempre el valor que se debe dar a la vida, sin distingos. Me duele mucho que colegas periodistas hayan terminado asesinados sin más defensa que sus principios, y entiendo la solidaridad de cuerpo y el gran impacto que produce este, el más grande atentado de los últimos años contra la libertad de prensa. Pero extraña que hace un mes, cuando fueron inmolados los 132 niños de Peshawar se dijera tan poco.Sobrero: Hoy hay Operación Retorno. Mucha suerte. Espero que esta vez funcione. En el fin de semana pasado hubo viajeros que tardaron quince horas entre el centro del Valle del Cauca y Bogotá. Dejemos de achacar esos pobres resultados a la ínfima malla vial con que contamos y al exceso de carros, más bien miremos si es hora de cambiar de estrategia.

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