El sermón de Lampedusa

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El sermón de Lampedusa

Julio 15, 2013 - 12:00 a. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

“¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas, de todos aquellos que viajaban sobre las barcas, por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto... La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia”.Las palabras del papa Francisco rasgaron mucho más que el aire estival de Lampedusa, esa isla del sur de Italia que ha pasado de ser destino turístico para convertirse en albergue de millares de refugiados o sala de velación de otros tantos infelices africanos que fracasaron en la conquista de un sueño al que, ni siquiera, puede llamársele libertad. El sueño de arañar un pedazo de tierra en Europa.Por eso hace una semana, en su primer viaje oficial y en el que no admitió ni políticos ni jerarcas a su lado, Jorge Mario Bergoglio puso el dedo en la llaga de la historia oficial para denunciar ese genocidio de la indiferencia, que ya suma más de 25 mil vidas perdidas. Lampedusa, que no tiene culpa diferente a estar ahí, apenas a 113 kilómetros de las costas de África, es el último rincón de Italia, y de Europa. Tiene la forma de una angosta faja de cuatro kilómetros que se extiende a lo largo de otros once. No es paraíso ni mucho menos. Hasta no hace mucho, dependía de un barco procedente de Sicilia (está a 205 kms) que la abastecía, luego de ocho horas de navegación. Sus gentes son pobres, muchísimo menos que los que se aventuran a pasar el estrecho, pero pobres también.¿Quiénes intentan llegar en las pateras, esas viejas lanchas a motor que gimen y se tuercen ante el peso de quienes, desesperados, se juegan así su última carta? Gentes de toda África. Tunecinos y libios, por proximidad geográfica. Junto a ellos, somalíes, ghaneses, eritreos, etíopes, sudaneses,…En fin, muchos que no tienen más que su condición de hambrientos y de perseguidos políticos, desplazados de guerras que no interesan a nadie o de tiranos que se mantienen firmes en sus tronos, gracias a sus negocios con occidente.Si se llega a la orilla, existe la posibilidad de alcanzar el estatus de refugiado. Para los que no tienen esa suerte, hay un lugar en el fondo del mar, o en la misma patera, víctimas de insolación, hambre o sed, o intoxicados por los gases del cuarto de máquinas, cuando los apilan como carga en herrumbrosos buques de mediano tamaño. Casi todos mueren en el anonimato. Quizás algún nombre gana figuración, sin que tampoco eso conmueva. Cuando Samia Yusuf Omar, una atleta olímpica somalí, se ahogó en alta mar, en abril de 2012, apenas fue noticia. Samia estuvo en los Olímpicos de Pekin en 2008. Se hizo célebre por llegar diez segundos después de la ganadora de su serie en los 200 metros llanos. De vuelta a su nación quiso seguir corriendo pero los fundamentalistas le prohibieron hacerlo. Prefirió escapar. Esta vez, ni siquiera llegó a la meta. A ella, y a todos los demás, Francisco, que cada día parece ser más Bergoglio, los sacó, por un momento del olvido. Para los medios fue más titular que el Papa dijera que no quería ver más a los obispos en carros de lujo o que prefiriera moverse en Lampedusa en un viejo jeep a hacerlo en un papamóvil, y no que se preguntara: “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos? (…) Te pedimos (Dios) ayuda para llorar por nuestra indiferencia, por la crueldad que hay en el mundo, en nosotros y en todos aquellos que desde el anonimato toman decisiones socioeconómicas que abren la vía a dramas como estos (…), por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”.Si Francisco visita Colombia, un consejo: vayan guardando el incensario.

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