El agua sucia

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El agua sucia

Octubre 06, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Hasta dónde es válido lavarse las manos? ¿Cómo se hace para sacar el cuerpo y no morir en el intento? ¿Hay, acaso, un límite a la hora de echarles la culpa a los demás y salvar el pellejo? Evadir responsabilidades es humano, y muy colombiano.

Ahí está no más esa entrevista que le hicieron la semana pasada en Blu Radio al ahora destituido director del Inpec, general William Ruiz. Créanme, una auténtica pieza de colección.

Primero, porque, como si no fuera con él, quiso tirarle toda el agua sucia de la fuga de Aída Merlano a los subalternos rasos del Inpec que acompañaban a la excongresista cuando ella decidió, con quién sabe cuántas complicidades de por medio, reírse de todos nosotros y tomar las de Villadiego.

Cuando Ruiz vio que esa versión no cuajaba ante la prensa, entonces intentó apuntar como mayor culpable a otra tan responsable de la fuga como él, la directora del centro penitenciario donde estuvo recluida la excongresista y ahora prófuga de la Justicia.

Y en vista de que al alto oficial tampoco le funcionaba ese intento de despiste, recurrió a las fallas en protocolos y manuales para hacer un recorte digno de la plaza de toros de Valencia en España.

Ustedes ya saben el resto, pero este episodio sirve para recordar cómo funciona (casi siempre con increíble eficiencia) esto de la cadena de mando al revés.

Nada más hace unos días hubo otra prueba de ello. Hablo del súper oso en la ONU por cuenta del dossier antiMaduro que le costó el puesto al general Oswaldo Peña Bermeo, jefe del Comando Conjunto de Inteligencia. En cualquier país serio, Peña tenía que irse. Y así fue. Pero también en cualquier país serio el ministro del ramo tenía que irse con su subalterno. El ministro Guillermo Botero debió renunciar, por físico decoro. Un costo tan alto para la credibilidad de un gobierno y de un Estado (disculpen, esto de las fotos que no eran no tiene nada de ‘anecdótico’) merece, mínimo, gestos de grandeza, pero…

Sí, pero no pasa de ahí, lo que no es nuevo. Aquí, unos no vieron el elefante. Otros dijeron solo enterarse mucho después. Y ya sabemos cómo el teflón se queda en pañales frente a la capacidad de algunos de aislarse de líos en los que terminó envuelta su guardia pretoriana. Todos, con esa capacidad única de sacar a última hora las manos del sartén sin quemarse. Este es un país donde se particularizan los éxitos y se democratizan los fracasos, porque siempre habrá un pendejo de turno para achacarle la culpa.

Claro está, todos cuantos se ven enfrentados a situaciones como la que nos ocupa tienen derecho a la defensa de su cargo. Y también, del puesto que tenían, lo que no es lo mismo. Pero otra cosa es esquivar el golpe de realidad y confiar en que, una vez bajen las aguas, la amnesia colectiva hará el resto.

En ese sentido, quienes terminan en la picota pública por no cumplir con sus obligaciones pueden estar más o menos tranquilos. Ya aparecerá otro de nuestros cotidianos capítulos macondianos que merecerá atención y hará pasado lo que antes sonaba duro.

Si es que no se caen para arriba, como ejemplos sobran. Porque si hay linaje o plata habrá cómo escapar, primero, a la indignidad y, luego, al ostracismo. Aquí hay estratos para vivos y muertos. Y también para presos, como se ha sabido siempre y nos lo recordó Aída Merlano. Igual pasa a la hora de poner la cara. La fórmula común es echarles el agua sucia a los demás, mejor si son la parte más débil del lazo, y escapar sin mancha de responsabilidades.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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