Escuchar este artículo

El 21

Noviembre 17, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Qué pasará el 21, día del paro?

Sectores del Gobierno, y su partido, temen que desemboque en asonadas y destrozos. Será, lo han dicho, nada más que otro eslabón en los levantamientos que sacuden a la región con nombre propio, una conspiración más del castrochavismo.

El caso Chile cayó como anillo al dedo. Porque lo sucedido allí quedó reducido a las imágenes de estaciones del metro consumidas por las llamas y masivos saqueos a supermercados.

Aparte, no resultó nada malo que Evo Morales decidiera eternizarse en el poder en Bolivia. Entonces, qué mejor forma de demostrar hasta dónde iba el ‘peligro’ del paro que asociar a algunas de sus cabezas visibles con Evo y con lo que él significaba en ese momento: fraude y paso al autoritarismo.

Vistos en crudas imágenes, Chile y Bolivia producían angustia. Y más que eso, miedo. Y miedo es lo que se vende y se compra en el mercado de nuestros tiempos.

Solo que en un momento muchas cosas dieron vuelta. Claro que en Chile (a mala hora y sin ser el camino) hubo muertes, decenas de personas afectadas en sus ojos por perdigones, policías heridos, vandalismo y pérdidas millonarias. Pero también hay un viraje en esa sociedad, decidido por muchos estamentos, incluido el de quien representa como nadie a su clase dirigente, el presidente de la república, Sebastián Piñera.

Conclusión: lo de Chile no era castrochavismo. Y si lo fue, ni Revolución Francesa ni la de Octubre tan efectivas.

Y, en Bolivia, Evo, autor de fraude (cierto), terminó siendo víctima de un golpe de Estado (cierto, también) y en el exilio (más cierto aún). Entonces el gobierno colombiano dio vueltas de campana en serie. Primero, pidió pronta transición a la democracia. Luego, en cuanto treparon a las malas a la señora Jeanine Áñez la reconoció, en apuro con tintes ideológicos. Pronto, como otros, Colombia deberá apartarse de Áñez y de su régimen, si no queremos que nos acusen de cómplices de lo que allí va camino a ser un genocidio.

Conclusión: a la teoría de los tentáculos de la infiltración del populismo internacional se le caía otra pata.

Todo hubiera sido más fácil si se hubiera evitado caer en prematuros señalamientos y estigmas, y en cambio se respeta la decisión de parar y marchar por parte de algunos sectores (a los que se han ido sumando cada vez más personas e instituciones, incluida la iglesia católica), cuando lo que hay es simplemente ese derecho a expresarse consignado en la Constitución.

Claro que se puede marchar para disentir. Y en paz. Como en la marcha del silencio del 7 de febrero del 48, para denunciar la pavorosa persecución a los liberales. O la del 4 de febrero de 2008, diciéndoles ¡No más! a las entonces Farc. Hoy son otras las causas, comenzando por la vida (siempre será la vida, que sigue sin valer nada); y la urgente revisión de las políticas sociales, endémicamente secundarias.

El Gobierno debe garantizar ese derecho a salir y a pronunciarnos. Y, como ciudadanos, estamos obligados a aislar a quienes incurran en la violencia y denunciarlos. Para que obren las autoridades y nadie más.

Lástima sí que el viernes 22, sea cual fuere el saldo del 21, los dos extremos que hoy nublan a este país saldrán a reclamar como suyos los éxitos o a achacarse mutuas responsabilidades, con el odio de siempre.

Sobrero: la banda de delincuentes que se mueve a sus anchas en los parqueaderos del estadio del Deportivo Cali golpeó de nuevo el miércoles pasado. Las quejas van desde el saqueo a vehículos (¿acaso, con complicidades?) hasta la acción de pinchar carros, a los que luego hacen seguimiento para caerles en la vía a Cali, o aledañas. Pregunta: ¿La seguridad en el fútbol también incluye los bienes de los asistentes o es solo para cuidar de las barras bravas?

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS